19. Corea 2017. 22 de marzo, miércoles. Décimo día de viaje. Gwanju. Mudeungsan National Park. Jeungsimsa.

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Desde el templo de Wonhyo-sa nos dirigimos al de Jeungsimsa. Primero hay una ligera subida hasta el paso de Neutjae y desde allí al de Baramjae. El camino es fácil pero el problema es que cada vez que pregunto si vamos bien por donde vamos, pues hay múltiples cruces, tengo que enseñar una fotografía que he tomado al comienzo del recorrido de un mapa esquemático. Y lo hago así porque, primero, mi pronunciación del coreano debe ser tan horrible que nadie me entiende nada y, segundo, porque creo que hay mucha gente que tiene problemas para leer los caracteres latinos y en este mapa al lado del nombre “en inglés” está el original coreano. Pues añádele a todo esto el problema de la “romanización” del texto coreano, el “hangeul”, pues parece que hay más de un sistema para hacerlo.
Así que paro a un ciudadano coreano, le enseño la fotografía, interpreta el mapa y me dice que sí, que vamos bien y que siga adelante.
En una de las paradas hay unos cuantos aparatos para hacer gimnasia y uno de ellos es un semicírculo donde un ágil abuelito se echa largo y hace unos estiramientos que me recuerdan a Pinito del Oro. ¿Te acuerdas de aquella famosa artista? Pues igual pero sin trapecio. Si yo me pongo así me tienen que rescatar con un helicóptero medicalizado.


Y el camino, que sigue siendo fácil de andar, se transforma en una larguísima cuesta abajo con muchas escaleras, algunas con el suelo de goma.
Otro cosa curiosa es que hemos encontrado más personas subiendo la cuesta que bajándola, vaya, que cuesta bajo íbamos solos. Eso aumentaba mi sospecha de que podríamos estar equivocados y solo de pensar que tendríamos que volver a subir aquella espantosa cuesta …
Y algunos de los abuelitos subían con los brazos estirados. No caí entonces, pero ahora pienso que quizás eran católicos y lo hacían por ser cuaresma: cuesta arriba y con los brazos en cruz.


Cuando la dictadura (la franquista y la salazarista) había lugares de peregrinación en los que los fieles subían de rodillas hasta los santuarios (que siempre están al final de una cuesta arriba) y llegaban al final con la pierna en carne viva.
Otra cosa: hemos encontrado una hierba en gran cantidad que también vimos en Japón y cuyo nombre me proporcionaron en Tokio: allí se llamaba “Kumazasa” y era la “Sasa veitchii”.

Todo el camino atraviesa un bosque muy denso que dentro de unos meses no dejará pasar el sol y que en otoño será magnífico, pero que ahora está desprovisto de hojas. Solo hemos encontrado una zona despejada donde había un extraño monumento, imagino que funerario, pero del que no había ninguna indicación.
Y esa cuesta abajo que nunca termina casi acaba aburriéndote, pero te alegra pensar en que podríamos haber hecho el camino en sentido inverso (como los presuntos “cuaresmales”) y hubiese sido matador.
El final de la eterna cuesta acaba en el puente de Jeungsimgyo.

Ya ves qué nombres para pronunciarlos correctamente.
Desde allí puedes marcharte hacia la puerta de entrada de esa parte del parque o hacer un kilómetro de una suave subida hasta el famoso templo de Jeungsimsa.
Marisa se pregunta qué tipo de animales debe haber por aquí, pues no hemos encontrado ninguno, pero un cartel nos informa de los de este pequeño arroyo: un cangrejo, un pececito que curiosamente es del género “Moroco”, un insecto acuático, una ranita y un caracol también de curioso nombre, “Semisulcospira libertina”, lo que me lleva a indagar de porqué el malacólogo descubridor le llevó a ponerle ese “libertina”. Fue un americano en el siglo XIX y según Wikipedia el puso ese nombre porque “libertina is from Latin language and means a freedwoman”.

¡Canastos!, como diría una dama eduardiana. ¿Cómo relacionaría el biólogo el caracol con una “liberta” que es la traducción de “freedwoman”? Pues como siempre es el DRAE quien me ilumina: “libertino” tiene una primera acepción de “licencioso”, que es la única que yo conocía, pero también una segunda de “Hijo de liberto, y más frecuentemente el mismo liberto con respecto a su estado, como opuesto al del ingenuo o nacido en libertad”.
Aunque sigo sin saber donde aparece aquí el “Semisulcospira”, pero que si lo ves en un menú no te preocupes, que se come.


La carretera que sube está tapizada en la parte peatonal por una alfombra de esparto que facilita la marcha, evita los deslizamientos e impide la erosión producida por los caminantes. ¡Qué gran idea! Cuando subimos nos adelanta un monje vestido de gris azulado. Estos budistas son de lo más discreto, nada que ver con los llamativos uniformes del sudeste asiático.
Llegamos al conjunto de Jeungsimsa y volvemos a estar solos con la excepción de una joven pareja que está rezando dentro de uno de los pabellones y lo hace como hemos visto esta mañana en Seonunsa: con una colchoneta y tirándose al suelo sin parar.


Como me parece que son asiduos les pregunto por una imagen de Buda que hay en este complejo y que es de hierro y de la época Shilla (57 a. C.- 935 AD). Sorpresa: no lo saben, pero como un coreano no puede estar con una duda ni un segundo sacan sus teléfonos, lo buscan, lo encuentran y se quedan asombrados de que yo lo conociese y ellos no. Y eso que no sabían que no tengo teléfono celular.


Me enseñan lugar en el que está y vamos con ellos hasta allí.
En el altar de uno de los pabellones una curiosa ofrenda: caramelos. ¿A quién se supone que le gustan? Y más: ¿los cielos estarán a favor o en contra del “azúcar añadido”? Porque, como dicen en mi pueblo, a lo mejor hacen un pan como unas hostias.


También encontramos aquí las tejas de los donantes. ¡Qué buena idea!


Marisa está intranquila pues se ha hecho muy tarde, no hay nadie más por allí y piensa que quizás ya no haya autobuses para regresar. Nueva pregunta a los jóvenes y nueva búsqueda telefónica y final feliz: el último sale a las 10 y media de la noche. Pero teniendo a tiro a aquella encantadora pareja no puedo dejar de aprovechar la ocasión.
La guía dice que cerca hay un restaurante que “is possible the world’s best salad bar” y dado que no hemos comido más que algo de alicante les pregunto si saben dónde está: en un papel me escriben en coreano el nombre de la parada de autobús y algo de “elementary school”, y me dicen que todos los conductores de la zona conocen el restaurante y que se los diga.
La visita al templo ha sido también algo fantástico: la tarde acabándose, unos pabellones preciosos, casi solos Marisa y yo…


Este templo es el más antiguo de Gwangju y uno de sus pabellones fue el único que se salvó de la destrucción de la segunda guerra mundial.
Y ya acabada nuestra vida de turistas en aquel parque casi vacío cogemos el autobús y le enseño al chófer el papel escrito por el joven coreano y le repito dos o tres veces el nombre del restaurante, que esta vez sí es un nombre muy fácil de pronunciar. El conductor para y me enseña un edificio al lado de la carretera. ¡Qué amables que son! Subimos unas grandes escaleras y nos encontramos delante de un gran edificio donde no hay nadie por ninguna parte. ¡Qué raro para ser un restaurante que todo el mundo conoce! Y de repente se me hace la luz: el conductor se ha quedado solo con lo escrito en coreano que era la “elementary school” y allí nos ha enviado. Si había cámara de vigilancia, como hay por toda la nación, los revisadores de las grabaciones se estarán preguntando qué hacían por allí merodeado dos abuelos ya de noche cerrada. Y quizás lo mismo el torpe autobusero. “¿qué querrían hacer por aquella escuela cerrada esa pareja de occidentales?”


(Obviamente esta fotografía no es de restaurante, pero como tiene que ver con la comida…).
Pero llevábamos sin comer desde el desayuno y no nos íbamos a rendir por tan poca cosa. Así que vemos a otro abuelo coreano (hoy debía ser el día del jubilado en este país) y le pregunto por el restaurante. Que le sigamos. A mí estos que no dicen ni que sí, ni que no me mosquean un poco, pero le seguimos. Anda rápido y con la mano nos va haciendo el signo de “venga, venga”. Y así nos lleva hasta el restaurante atravesando un pequeño parque. Antes de despedirnos nos pregunta si somos americanos. Es curioso porque ya nos han preguntado lo mismo otras veces. “No, españoles”. Y aquí surge otro de mis demonios: “¿España? ¡Fútbol!” Pues parece que es un enamorado de ese espectáculo. Tenía que haberle dicho que Puskas era mi tío, pero no sé si me hubiese entendido.
Ahora solo falta encontrar a uno que me miente la tomatina.

El restaurante famoso.
Pensaba que por la tardía hora quizás ya no habría nadie pues aquí empiezan a cenar a las 5 de la tarde y además aquello estaba bastante a trasmano, pero todavía quedaba un buen número de clientes.


Es una sala como de colegio o de mili, o sea muy grande, con unas mesas para 8 ó 10 comensales y con la colección más grande que he visto en mi vida de verduras, sopas, ensaladas, encurtidos (o algo así), arroces…. Y además es de los que se clasifican como “it’s all you can eat” y parece que gestionado por monjes budistas, aunque a las únicas que he visto trabajando eran señoras seglares. Parece que tienen muy claro lo del “ora” pero no tanto lo de “labora”, aunque claro, no son benedictinos. Pero bien pensado a las hormigas, abejas y otros insectos sociales les va bien esa división de los roles.


Antes de irme cuento el número de recipientes diferentes: 16 de vegetales con hoja, 10 de sopas, 6 de arroces, 18 de fritos, 27 de vegetales picantes y 10 de tofu que dan un total de 87 a los que hay que añadir 4 que quizás sean de postres dulces y media docena más de salsas. O sea que cerca de un centenar. ¡Increíble!

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