16. Corea 2017. 21 de marzo, martes. Noveno día de viaje. De Gochang a Gwangju.

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Hoy ha sido un día un poco complicado, pero todo ha tenido solución.
Dejamos el “hotel del amor” con una cierta pena pues ha estado muy bien. Además que cada día te pongan como dotación personal tres preservativos te da mucha alegría, aunque solo sea de pensar en tiempos pretéritos. Muy pretéritos.

Antes de salir he ido a comprobar si la habitación más cara tenía un enorme espejo en el techo: pues no, que era como un enorme plafón que había en una especie de sala de espera que tenía delante de la habitación. Ya me extrañaba a mí, porque si no es para el vicio solitario puedes acabar con una contractura de cervicales.
En la estación de autobuses esperando al nuestro que nos va a llevar desde Gochang a Gwangju, Marisa me ha comunicado sus observaciones antropológicas: el 97% (el afinamiento estadístico es mío, que ella solo dice “la mayoría”) de las mujeres llevan bambas. Yo diría que también la mayoría de los varones, pero a Marisa lo que le sorprende es la proporción con respecto a España. También que las señoras mayores suelen llevar anoraks rojos, azules, fucsias,…Nada de negros y grises. Y que además viajan mucho en autobús.
En esta estación hay un “reciclador”, un señor que parece un poco excéntrico que ha montado allí su negocio. Con mucho cuidado va desmontando restos eléctricos de desecho que luego va separando en diferentes bidones. Cuando acaba limpia con esmero los restos de cables y de plásticos. Debe ser un habitual pues el personal de los autobuses le saluda cariñosamente. Lo curioso es que habla bastante, no sé si consigo mismo o con los cables que va limpiando. Pero, ¿no hay dueños de canes que hablan con ellos? ¿No puede un cristiano hablar con un condensador?


Un personaje curioso con el que me hubiese encantado poder charlar.
La carretera atraviesa terrenos como los de estos días: a punto de sembrar pero ahora yermos. Desde el punto de vista paisajístico sin ningún interés. Y también como en estos días el conductor va demasiado deprisa para mi gusto.
Llegamos a la entrada de Gwangju en 30 minutos, pero necesitamos otros tantos para llegar hasta la estación de autobuses y es que esta ciudad tiene casi un millón y medio de habitantes. Pues algo así como Barcelona, pero seguro que todos conocemos esta ciudad y casi ninguno Gwangju.
Desde la estación de autobuses en un taxi al hotel. Y aquí una pequeña desilusión pues es el más caro del recorrido y está algo maltrecho. La verdad es que cogí (en Méjico “aproveché”) una oferta de ese hotel por internet y ha defraudado mis expectativas, no por lo pagado sino por el “precio de catálogo”. Además ahora después del hotel que acabamos de dejar en Gochang no creo que encuentre otro con esa relación de precio/calidad. Además la guía decía de él que “…has English-speaking staff”, pero eso debió ser cuando vino el que escribió la reseña porque hoy había una encantadora jovencita que solo era “Korean-speaking”. De todas maneras ha intentado ayudarme.
Como está cerca de la estación de ferrocarril nos vamos hasta allí porque hay una oficina de información turística. Efectivamente la hay y con la empleada más simpática y servicial de todo el país…, pero tampoco habla inglés. Y yo que tenía un montón de cosas para preguntarle…Pues llama por teléfono y se pone otra colega que sí lo habla y me va dando la información que necesito y de vez en cuando le paso el teléfono a la de aquí y me señala la información en el mapa. Me he tirado un buen rato y ha sido una comunicación bastante difícil, entre otras cosas porque los autobuses urbanos de esta ciudad si solo tienen un dígito le ponen el cero delante y cuando me lo explicaba por teléfono siempre pensaba que no había entendido el número; porque te dicen “the bus number “ounain”” y tú piensas que que será el 109, el 209,.. pero no el 9. Bueno, pues cosas así, que son muy claras con el mapa y un papel delante de ti, pero no tanto por teléfono. Pero al final ha quedado todo claro. O medio claro, como he comprobado a lo largo del día.
Y para colmo de amabilidad la joven informadora sale de la oficina (y estaba ella sola), que deja abierta y nos acompaña por la calle unos 60 metros hasta señalarnos la parada de autobús. ¿Tú crees que eso pasa en tu ciudad?
Los autobuses son fáciles de entender sobre todo si no viaja mucha gente. En las paradas hay un esquema con todo el recorrido de cada línea y con las paradas escritas en coreano y en caracteres latinos, lo que ocurre es que tienen unos tamaños tan pequeños que es difícil leerlos, al menos para mí.
Entras en el vehículo y metes la tarjeta, la “T Money Card”, (imprescindible tenerla), en el lector y te muestra el precio del viaje, 125₩, y el saldo que te queda. En el recorrido esperando tu parada miras ansiosamente que aparezca en el visor electrónico el nombre de tu destino también en caracteres latinos, además de en coreano, pues aunque también lo dicen por megafonía soy incapaz de entenderlo. Como ellos tampoco me entienden a mí cuando pronuncio un nombre en coreano.
¿Qué pasa cuando hay mucha gente? Pues a lo peor no puedes leer el letrero y te pasas, como me ha sucedido esta tarde. Cosas de la edad, pues a mí antes no me sucedía.
Nos bajamos en el “Asian Culture Complex”, que en turismo llaman “ACC” para mayor confusión mía.


Como ya casi es la hora de comer buscamos en este entorno un restaurante que recomienda la guía diciendo que es “una institución en la ciudad” y que funciona desde 1960, lo que en este país debe ser una barbaridad, pues piensa que la famosa guerra de Corea acabó en 1953.
Preguntamos a una joven y conoce el restaurante y se sorprende que nosotros queramos ir allí. Nos indica la dirección, pregunto a un par de abuelos sentados en un parque que me siguen mandando “hacia allí”, y al final a uno que está controlando el tráfico por una obra de la calle, de esos que llevan una porra luminosa, casco y chaleco reflectante para indicar a los camiones que pasan para echar grava. Pues el buen obrero no lo conocía pero como coreano, lo que quiere decir alto nivel de telefonía y muy amable, saca su teléfono, busca el restaurante, los llama por teléfono y nos lleva casi hasta la puerta. Y no hablaba ni una palabra de inglés. ¡Qué gente tan encantadora! Cuando encuentre a un coreano perdido en España haré lo mismo. Pero sin teléfono.
La comida estupenda y la camarera de lo más simpática.
Una constante en los restaurantes populares: tienen los vasos de acero inoxidable en unos armaritos como los de los dentistas; te levantas, coges el vaso y te lo llenas de agua de un surtidor. Lo curioso es que nos hemos servido agua fría, pero luego la camarera nos ha traído otro vaso con agua caliente. Y el café con leche gratis.

Regresamos al ACC y en el camino otra alegría: una tienda de Zara. ¡Ventajas del liberalismo democrático del libre comercio!

PS
Antes de dejar el sorprendente hotel de Gochang no pude evitar hacer una fotografía de las instrucciones de la caja de la “Simplicity Descending Life Line”. Que se me volvieron a poner los pelos de punta pensando en tener que bajar de aquella manera. Y las instrucciones solo tenían traducidas una pequeña parte. Además hasta ese momento no había pensado que nosotros éramos dos y allí no decía nada de bajar juntos o de cómo se recuperaba la cuerda para que bajase el otro. Si vuelvo a este hotel tendré que preguntarlo en la recepción automática.

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