14. Corea 2017. 20 de marzo, lunes. Octavo día de viaje. Gochang. Seonunsa.

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Hoy vamos a ir al parque de Seonunsa, famoso porque tiene el templo del mismo nombre.
Después del fracaso en Jeonju con la excursión prevista, pero no hecha, hoy tenemos más suerte. Vaya, lo esperado, que el autobús de las 9 salga a las 9. Además nuestro famoso motel está al lado de la estación de autobuses.
Mientras esperamos me fijo en la cantidad de abuelitas coreanas que hay, o que viajan en autobús, y que además hay muchas muy pequeñitas y algunas muy encorvadas, unas hacia adelante, que para mí es lo normal, pero también otras hacia detrás. También me percato de que los autobuses de mediano y largo recorrido tienen en un luminoso delantero el nombre del destino en caracteres latinos que aparecen de vez en cuando junto con el coreano, pero en los de corto recorrido solo está en este último alfabeto, así que tienes que andar preguntando.
El trayecto desde Gochang hasta el parque atraviesa terrenos llanos todos con el aspecto de que van a plantar arroz pues están labrados pero nada más. Digamos que ahora, a mitad de marzo no es un paisaje por el que merezca la pena venir hasta aquí.
Quizás por ser lunes en el autobús íbamos solos, y eso que solamente hay cuatro servicios al día. Así que seguramente ayer domingo este parque sería un infierno de gente, pero hoy cuando hemos llegado estábamos solos. Y así como en Gochang la guía no hace referencia de ningún hotel, ni restaurante, de este parque dice que en la entrada hay un puñado de ellos, que era donde nos querían enviar ayer en la estación de autobuses. Y también tiene unos aparcamientos enormes lo que te hace sospechar de lo concurrido que debe estar esto.
Al comienzo encuentras un camino peatonal que te lleva a la entrada propiamente dicha con una serie de vendedores que ofrecen sus productos culinarios: zumo de moras y unas cacerolas con crisálidas de gusanos de seda.


En la entrada la sorpresa agradable: un letrero en coreano del que solo entiendo “65”. Le digo al de la ventanilla que tengo más de 65, le enseño mi DNI y me dice que adelante. Sale de la oficina y les dice a los controladores que “sinior”. Y allí casi nos hacen una reverencia a pesar de entrar gratis y además nos dan un plano con todo lo que hay que ver. Está en coreano pero tengo en mi guía una somera descripción de los sitios más importantes, pero sin plano, así que se los pregunto y me los marcan en el suyo.


Lo curioso del precio de las entradas, y no solo aquí, es que suele haber un gran cuadro donde clasifica a los niños, escolares, adultos y grupos y los precios, en coreano e inglés, pero no dice nada de los “seniors”. Así que si ves un “65” es que tienes un precio especial. Vaya, yo aunque no vea el guarismo lo pregunto igual.
Y por un bonito camino al lado de un riachuelo llegas al templo de Seonun-sa.
Antes de llegar un gran letrero te anuncia “Seonunsa Healing Temple Stay”. Porque esta es una característica de algunos templos budistas coreanos: estancia en ellos, abiertos también a extranjeros, donde proporcionan pensión completa a un precio razonable y meditas con sus monjes. Yo miré uno de ellos y el horario era un poco chungo, además de que si me explican en inglés lo de la impermanencia, “impermanence”, budista a las 5 de la mañana me he quedado dormido en 5 segundos.
Otra cosa de la que está bien surtido este parque es de lavabos. Hay muchos y muy bien mantenidos.


Detecto un hecho curioso: el letrero de “caballeros” es azul y el de “señoras” rojo y butano. Pero en el de “ellas” hay dos muñequitos con caras amables jugando y en el de “ellos” un par de niños jugando con anguilas y, especialmente el mayor de ellos, con una cara poco tranquilizadora. Eso sí, el símbolo de la señora sigue siendo el de una testigo de Jehová: único grupo femenino que lleva faldas.


Y así llegamos al famoso templo de Seonunsa. Y digo templo pero es más bien un recinto con varias construcciones, algunas de ellas pequeños santuarios, un gran pabellón y uno que creo que es el templo de ese nombre. El conjunto es una maravilla. Y para acabar de rematarlo tienen en la parte trasera un bosquecillo de camelios de una antigüedad de más de 500 años, pero, ¡ay!, estarán floridos dentro de 2 ó 3 semanas y entonces será algo fantástico. Esto me recuerda lo que te puede pasar si vas a Tokio dos semanas antes de la sakura. Pero la verdad es que jode bastante.


Este templo fue fundado en el 577 y su última reconstrucción es de 1720.
Delante de él una pequeña pagoda de piedra de seis pisos. Y no sé si tendrá que ver con esa estructura pero durante todo el recorrido hemos encontrado piedras apiladas a lo largo del camino.
Cuando llegamos dentro del templo principal hay un monje rezando con un micrófono y acompañándose rítmicamente con algo que no recuerdo. Dentro había otro monje rezando, una fiel que se arrodillaba y levantaba continuamente (ya sabes, una forma de rezar típica budista) sobre una alfombrilla y una sacristana que le ha dicho a Marisa que no se podían hacer fotos en el interior. Hombre, si están rezando lo entiendo, pues los puedes desconcentrar pero cuando acaban… El editor decía algo así como que “dale poder a cualquiera que lo utilizará”. Claro que él no se refería a las sacristanas budistas, que lo decía de los de un departamento administrativo sin ninguna importancia, pero que te puteaban siempre que podían en nuestro quehacer diario.


Esta fotografía no se hizo desafiando las órdenes de la sacristana, que Marisa la hizo antes de la interdicción.
La verdad es que se ha vuelto loca hoy con las fotografías pues todo el día ha sido terriblemente fotogénico.


La melopea del monje me ha recordado a la de los del Himalaya, pero aquellos visten butano y estos de un gris azulado.
Cuando he llegado repetía cuatro sílabas, que quizás eran una sola palabra, sin descanso. No entiendo como de esa manera se pueden comunicar con Dios. Imagínate que dices “calabaza”. Así, “ca-la-ba-za”, durante 47 minutos. O quizás 263. ¿De verdad puedes creer que hay alguien allá arriba o allá abajo al que le encanta eso? La prueba de que no te escuchan es que no te han enviado un rayo para fulminarte.
Mi nieto mayor para molestar durante un largo viaje no paraba de repetir “ma-yo-ne-sa”. A mí no me hacía ninguna gracia, ¿y a Dios sí?
Pues hasta lo he grabado e intentaré ponerlo aquí. Luego hemos encontrado otro templo con un rezo más interesante, lo he empezado a grabar y cuando busco al monje cantor me encuentro con un reproductor electrónico. Fallo de principiante.
Y durante la mañana hemos oído varias veces el vuelo de un avión de guerra, que estos días te intranquiliza bastante. Además aquí tienen que andarse con cuidado pues si se pasan un poco por un lado vuelan por el mar de Japón, y si por el otro por el mar de China y no te digo nada si se despistan y se meten en el vecino del norte. La verdad es que el día ha estado nublado y no lo hemos visto. Pero excepto este “incidente”, el lugar y el entorno es de lo más relajado.

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