12. Corea 2017. 19 de marzo, domingo. San José. Séptimo día de viaje. Gochang. Primera parte.

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Hoy ha sido un día en el que hemos pasado de la derrota a la victoria en dos minutos. O de la desesperación al arco iris. O algo así. Y el taumaturgo se llama Pilki.
Por la mañana en Jeonju en un taxi a la estación de autobuses. Y el taxista ha sido tan honrado que en lugar de llevarnos hasta la misma estación como le habíamos pedido, nos ha llevado a una parada más cercana al hotel.
El autobús mejor que el que nos trajo a Jeonju y con un espacio para las piernas mayor todavía.
Hay una gran pantalla plana y echan (mi amiga Marisa siempre me corrige con esta expresión) una peli de Clooney. Lo gracioso es que cuando fuman colocan un círculo borroso en la boca. Como cuando tapan las tetas en algunos programas de televisión en España. Pero solo en el preciso momento de dar la calada. No sé si será moralina coreana o americana.
Y el chofer que iba a mil por hora no ha parado de hablar por el teléfono ni un momento. Que me ocurre en España y le llamo la atención: “Oiga pollo, que la vida de un montón de ciudadanos depende de usted, así que deje de hacer el capullito”. Lo del último diminutivo sería para rebajar la tensión.
Pero aquí no he dicho ni pío.
El paisaje tal como está ahora no tiene demasiado interés: campos de arroz yermos que dentro de un tiempo serán una preciosidad, pero que ahora no dicen nada.
Llegamos a la estación de autobuses de Gochang. Es la única etapa en la que no tengo hotel reservado, ni información de ninguno pues en mi querida guía no hay nada al respecto y todo lo que he encontrado en internet eran lugares en que todo estaba en coreano. También busqué en Wikipedia y decía que esta ciudad tenía 60 mil habitantes, así que pensé que seguro que tiene algún hotel cerca de la estación de autobuses o que incluso puede que haya una oficina de información turística. Así que en el peor de los casos dejaremos las maletas en consigna e iremos a ver el par de cosas que pensamos visitar y luego nos iremos a la ciudad más próxima.
Pues no, no hay consigna, ni nadie que hable inglés. Porque mira que es fácil lo de “hotel”. Pues nada.
Le pregunto a un joven que no habla inglés, pero que maneja su teléfono con gran facilidad e intenta ayudarnos. Busca y busca y me dice (me lo dice su teléfono) que no hay hoteles por allí, que los que hay están muy lejos del centro, a unos 30 km y nosotros necesitamos coger el autobús para las excursiones y que por tanto el hotel esté cerca. Así que después de varios intentos fallidos decidimos irnos a Gwanju, nuestra siguiente etapa, pero chocamos con la venta de billetes: no hay manera de saber el horario de los autobuses. Y entonces aparece Pilki: un joven alto, barbilampiño, que sabe algo de inglés y que en aquel momento está hablándole a su teléfono que tiene situado al final de un palo. “¿Les puedo ayudar?”. Pues no solamente nos ha ayudado sino que ha preguntado por nosotros todos los horarios que necesitábamos saber para nuestros desplazamientos y además nos ha acompañado a un cercano motel y encima nos ha llevado hasta nuestra primera visita: el castillo de Gochang.


Me ha dicho que era de esta ciudad aunque vivía en Seúl y que estaba de vacaciones. “¿Ahora hay vacaciones escolares en Corea?”. Pues no, que él se dedica a los negocios. Yo le echaba 18 años y tiene 37. Y lo más gracioso es que ha estado todo el rato transmitiendo todo lo que hacía con nosotros: es de los que habla de su vida y se lo cuenta a 2008 personas que le están siguiendo en aquel momento. Lo de las 2008 es que me lo ha enseñado en la pantallita del teléfono. Así que además de ser un joven encantador y con ganas de ayudar le hemos hecho parte del programa de hoy. Y de vez en cuando echaba mano de otro teléfono y le preguntaba en coreano con la voz, vaya a gritos, y el aparato le contestaba con el texto en castellano, aunque alguna vez tenía yo que traducir como por ejemplo cuando me ha enseñado lo de “Se puede dar la rueca al castillo”.


Pero un capítulo aparte merece el alojamiento.

El hotel.
La guía dedica un apartado a “Motels & Love Motels”. No sé cuál es la diferencia entre ambos, aunque dice que los segundos, a veces, tienen su hora de acceso sobre las 9 de la tarde. Nosotros hemos llegado al mediodía, así que no sabemos si el nuestro pertenece a una categoría u otra. Pilki, al que se lo he preguntado tampoco me ha sacado de dudas pero me ha dicho que nuestro hotel no tiene personal que te atienda directamente, excepto una recepcionista que está en una oficinita en la entrada con la que solo nos comunicamos al llegar a través de una ventanita que siempre está cerrada. Así que parece que lo más importante es la intimidad.
Estamos en la última planta, la sexta, y al lado de la ventana hay un aparato que es la primera vez que lo veo: una caja de plástico blanca con el siguiente letrero: “Simplicity descending lifeline”. “Simplicity”, pues eso, lo mismo “descending” y “lifeline”, “cuerda salvavidas”. Hay unas instrucciones de uso en inglés y coreano que acojonan un poco. O bastante cuando abres la caja y lo que encuentras es una gruesa cuerda, la dicha “lifeline”, y un arnés para que te lo pases por debajo de los brazos. Porque si yo me tengo que tirar desde un sexto piso con aquel artilugio…Bueno en Corea un 5º, pues empiezan a contar del 1º, como en Japón, y no del cero como en España.


Quizás a los niños coreanos con una instrucción escolar más laica que la nuestra les enseñan desde su más tierna infancia como escapar de un hotel de citas, pero es que yo estudié en un colegio de monjas de los 3 a los 7 años y a partir de entonces en los Padres Escolapios y esos temas ni existían. Y aunque luego fui a un instituto mixto (mixto a partir de 5º de bachillerato), cuando en clase de religión se explicaba el 6º mandamiento (para los jóvenes de hoy: “No cometerás actos impuros”) un día se daba la clase para los chicos y otro para las chicas. ¡Viva el estado laico!
Otro detalle también por primera vez: en la bolsa de primeros auxilios que te ponen en muchos hoteles, en lugar de hilo de coser hay una cajita con tres preservativos. ¡Qué barbaridad! Y las dos bolsitas habituales, una de champú y otra de gel aquí se han multiplicado en otras que quizás sean de mermeladas sexuales, pues una es rosa y la otra azul. Y de este tema y la correspondencia de los colores tampoco nos explicaban nada en esos colegios e institutos. Y me ha sorprendido la caducidad de las “gomas”: 5 años. Porque así se llamaban antes, “gomas”, y de esta manera aparecían en algunos escaparates del barrio chino de Barcelona: “Gomas y lavajes”. También me sorprende que ponga las medidas: mayor que 180 mm. Que eso de “mayor que” no dice demasiado. Y el resto de la información, vaya, imagino que las “instrucciones de uso” y donde reclamar en caso de avería están todo en coreano, excepto que están hechos en Malasia.
Otras dos novedades, estas tecnológicas: hay un ordenador de sobremesa con una gran pantalla, teclado (cubierto por un funda de goma) y ratón y un armarito de esterilizar los vasos, como los que tienen los dentistas.


Te adelanto que el ordenador no sirve para mucho porque, obviamente, el Windows está en coreano y el primer mensaje que te da te deja fuera de combate. Aunque he dado con la tecla que me ha permitido escribir con caracteres latinos ha sido un fracaso: el navegador está anticuado y no puedes hacer nada. Confío en que por lo menos el esterilizador funcione.
Por lo demás la habitación está muy, muy limpia, es muy moderna, tiene una pantalla de televisión muy grande (¡estamos en Corea!) y con el mando de luces más moderno que he visto en mi vida. Y con otra novedad que ha descubierto Marisa al levantar la almohada: un mando eléctrico con una rueda del 1 al 9 y que se metía dentro de la cama. En aquel ambiente he pensado que quizás era un masajeador de colchón que ayudaba en el momento del encuentro amoroso. Pues no, ha resultado ser la calefacción del colchón. Ni idea de que eso existiese.


Y para acabar con el tema: dos preciosos quimonos blancos como de satén y con los bordes dorados. Me lo he puesto por la noche y al mirarme en el espejo he visto que parecía un…. Me he acordado del dueño de Playboy, Mr. Hefner, que siempre aparece en batín rodeado de sus novias y del que decían que se tomaba las pastillas de Viagra a cucharadas. Con este batín-kimono el aspecto es bastante ridículo. El mío.

PS
Al acabar de escribir este post, caigo que el término “Gomas y lavajes” les sonará, aunque no visitasen el barrio chino de Barcelona en aquellos gloriosos años, a los seguidores de Serrat pues lo utilizó en “Temps era temps”.

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