50. Japón 2016. 3 de abril, domingo. Trigésimo cuarto día de viaje. Tokio. Día 12.

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Hoy hay anunciadas lluvias y cuando salimos a la calle lo está haciendo ligeramente. Por ser domingo hay poca gente en el metro a esta hora que sería punta entre semana. Enfrente de nosotros una adolescente gordita lleva un bolso negro en forma de corazón que, además de ser horrible, lleva escrito en grandes letras blancas: “Repipí armario”. Tendré que investigar si es una marca para adolescentes o preguntar a mi amigo Hiro si eso tiene algún significado en japonés. El problema será explicarle la palabra “repipi” y además ver como se relaciona con armario. Creo que no lo probaré. Si le pudiese hacer una foto…pero Marisa me tiene prohibido hacérselas a las gorditas.
Hoy vamos a visitar Chidorigafuchi, lugar maravilloso para la sakura que nos enseñó Hiro el año pasado. Y se nota que es un lugar notable porque en cuanto llegas a la parada ya hay un montón de vigilantes del metro que nos van dirigiendo a todos en la dirección adecuada. Y ya en la calle te das cuenta del porqué: una maravilla aunque el cielo siga gris y llueva un poquito. Pero como los japoneses somos tan ordenados todos vamos pegados al foso del palacio donde están los ejemplares de cerezos floridos más hermosos y lo hacemos todos en la misma dirección.


Aparece un grupo de media docena de monjes budistas, quizás tailandeses, que se hacen una cuantas fotografías y cambian con el color de sus túnicas el casi monocromo de los japoneses y desaparecen en 5 minutos. Nada de contemplación de la belleza natural: la foto del turista precipitado. El budismo parece que es la religión de la paciencia y de la tranquilidad pero aquellos iban toda leche.


Se ven la mayor concentración de máquinas fotográficas profesionales pero también descubro un excéntrico abuelo con una cámara desechable de carrete. No sabía ni que existiesen todavía.


En el camino un letrero advierte que no alimentes a las palomas. ¡Jodidos bichos!


Y como estamos en Japón me encuentro con un “palomo”: un fotógrafo que tiene alegremente abierta su mochila de material con todo al alcance de la mano. De la suya y de cualquiera que pase por allí. ¿Cuánto duraría en Las Ramblas de Barcelona?


De vez en cuando un guardia con megáfono dando consejos, instrucciones, normas de circulación peatonal o quizás recitando algún cuento tradicional japonés.


Un letrero advierte que “está estrictamente prohibido utilizar estos paseos para meriendas” y que cuando te vayas te lleves toda la basura contigo. También que “está estrictamente prohibido fumar mientras paseas y tirar las colillas al suelo”.


Estos del barrio de Chidorigafuchi son muy estrictos. Y muy controladores. Tokio es la ciudad donde he visto a más gente contando gente. Aquí es una agraciada joven con paraguas.


En este foso que rodea al palacio imperial hay un lugar con barcos que alquilan las parejas; siempre he visto a parejas jóvenes, por lo que deben pensar que es una tontada de juventud. Cuando hemos llegado todavía no se habían decidido a sacarlas pues estaba lluvioso pero en cuanto ha parado han puesto en marcha el negocio.


Y hemos vuelto a ver la escena del año pasado: reman y se sitúan debajo de los enormes cerezos llorones cuyas ramas casi acarician el agua.


Pero los transeúntes, a miles en aquellos momentos, solo vemos las flores y nadie las toca excepto unos indios. Y es que estos días hemos visto a bastantes de ellos en determinados sitios.
De vez en cuando una señora con un ridículo carrito que por la forma parecería que lleva un niño sin piernas pero que luego descubres que lo que pasea es un perrito o dos y muchas veces con extravagantes vestidos: perros como niños.
Pero “sakura” está íntimamente relacionado con “hanami” y en cuanto ha parado de llover hemos visto a pequeños grupos de personas, generalmente familias, quizás por ser domingo, comiendo y bebiendo sentados en plásticos azules.


Encuentro un letrero que advierte que no rompas las ramas (¡pero si ni las tocan!) y que circules por la izquierda. Y de esta manera llegamos a un parque más grande, con una pradera donde hay mucha gente. Es el parque de Kitanomaru, Kitanomaru Kōen.


Pasamos por delante del Budokan y una gran riada de jóvenes vestidos “a lo ejecutivo” accede al lugar. O es una secta o tiene que ver con una oferta de trabajo de una gran empresa o algo relacionado con la educación. Pero es que son cientos y cientos, el 78% varones. Ellos con traje oscuro, corbata y camisa blanca; ellas con traje de chaqueta.


Después nos vamos a Shinjuku-gyoen. El año pasado fue nuestra última visita, el día en el que regresábamos a España pero no queremos dejarlo para mañana pues anuncian lluvias todo el día y así hemos decidido adelantar la visita. Y aquello es una locura de gente, quizás también por ser domingo, pero mucha, mucha.


Veo entre todos a una piadosa familia de musulmanes: él vestido como tú y ellas cubiertas de negro. No llevan la cara totalmente tapada pero casi. Quizás en este país no esté permitido.
Hay una joven vestida de forma estrafalaria y las tapadas se colocan para hacerle una fotografía.


Yo aprovecho para situarme de espaldas a la excéntrica y fotografiarlas a ellas. Ven mi acción y salen pitando. Eso se llama la ley de la reciprocidad: salir echando leches cuando te hacen lo que tú estás haciendo.


También hay un grupo númeroso de jóvenes musulmanas extranjeras. Todo chicas. Me sorprende que estén celebrando el hanami aunque en aquel momento se levantaban y no he podido observar qué comían o bebían. Como se lo prohíben sus creencias y además en este parque no está permitido el alcohol, imagino que se habrán conformado con zumos y té. ¿Qué estarán haciendo en este país? Quizás pertenezcan a una especie de “Casa de Andalucía” en Tokio: “Casa de Java”, por ejemplo. Eso sí, todas bien tapadicas y sin ninguna minifalda japonesa. ¿Tendrán las piernas como las niponas? Y ni un muchacho. ¿Habrá separación de sexos en las casas regionales indonesias como en los colegios de las sectas católicas?


EL lugar además de lo animado con las celebraciones es una maravilla y no solo de cerezos. Pero a las 5 de la tarde cierran y nos quedamos a mitad del recorrido.


Así hemos visitado varios de los lugares más importantes de la sakura a pesar del retraso de la floración: vimos el canal de Naka Meguro antes de ello y no nos ha dado tiempo para volver, pero los dos lugares de hoy, así como Asukayama que vistamos ayer y por supuesto Ueno merecen ellos solos que pasemos unos días en Tokio. No hay muchos espectáculos semejantes al alcance de cualquier persona.
Y como he repetido a lo largo de los días en esta ciudad: una gran lección de civismo y cordura, o como puede uno (ó 20 millones) divertirse sin tener que dejar los espacios naturales o los públicos llenos de colillas, latas, bolsas de plástico, botellas, vomitonas… ¡Deberíamos importar a 100 mil japoneses e irlos llevando de feria en feria y de pueblo en pueblo para aprender!
¡Qué envidia!
Claro que a lo peor los nipones se hispanizaban y acababan como nosotros.
En el hotel ojeo “The Japan News”. En primera página una información en un recuadro que luego amplían con media página en la sección correspondiente: “Slipping down to 2nd Yuzuru Hangu”. ¿Y quién ha sido el primero que le ha “quitado” el puesto a Yuzuru? Pues un español: Javier Fernández. ¿Habrá sido primera página en algún periódico en España?
Me temo que no.

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2 comentarios to “50. Japón 2016. 3 de abril, domingo. Trigésimo cuarto día de viaje. Tokio. Día 12.”

  1. alelsoles Says:

    Pues tengo que hacer una enmienda a mi última observación:
    mi amiga Marisa me comunica que sí se informó sobre la actuación de Javier Fernández en España, por lo menos en “tdp” de donde te dejo el enlace a este maravilloso final:
    http://www.rtve.es/alacarta/videos/patinaje-sobre-hielo/ejercicio-completo-javier-fernandez-oro-mundial-boston-patinaje-sobre-hielo/3550518/
    Realmente merece la pena verlo.
    Gracias Marisa.

  2. Marisa Says:

    A vosotros. Se acerca el final del viaje y ya me da pena pensar que no voy a tener mi ración diaria de AL y su Marisa.

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