45. Japón 2016. 29 de marzo, martes. Vigésimo noveno día de viaje. Tokio. Día 7.

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Había leído que del 25 al 31 de marzo se abría (no sé si todos los años o solo éste) la “Inui Street” en el palacio imperial de Tokio.
Resulta que lo que se puede visitar de ese palacio es solo el “Jardín Oriental del Palacio Imperial” (“Imperial Palace East Garden” o “Kokyo Higashi Gyoen Garden”) pero no el palacio mismo ni los terrenos que lo rodean aunque hay unas visitas guiadas por algunas zonas para las cuales debes rellenar una solicitud en la “Imperial Household Agency”, que imagino debe ser como la “Casa Civil” de la época de Franco que Don Juan Carlos suprimió. Por cierto que el “Jefe de la Casa Civil” debía ser un general.
Pues bien ayer entré en la web de esa “Agency” y leí los requisitos para ver esa calle tan singular que solo abren 7 días al año. Era fácil: abrían a las 10 de la mañana y te proporcionaban un mapa del lugar exacto para acceder allí, así como una serie de recomendaciones muy japonesas como que podría haber bastante cola y que lo tuvieses en cuenta para que llegases a tiempo antes del cierre a las tres de la tarde, o que controlaban los bolsos a la entrada por lo que sugerían que llevases los menos posibles para evitar congestiones y que aunque la calle es llana es mejor no llevar zapatos de tacón ni los de madera a los que son tan aficionados cuando llevan trajes típicos: “Visitors wearing high-heeled shoes or wooden clogs should take extra care”. Y dentro de las prohibiciones, las normales de aquí, como no beber, ni comer, ni fumar, no utilizar palos autorretratadores, ni trípodes, ni drones, hay una nueva para mí: “llevar vestidos apropiados para la ocasión”. Vaya, estaba expresado al revés pues imagino que como lo he traducido quizás no sepas cual es la etiqueta para la ocasión. Lo que decía era “No llevar vestidos inapropiados para la ocasión”. Y eso sí que todo el el personal lo entiende. Sobre todo porque el adjetivo que lleva la palabra “vestidos” era “extraordinary” que entre otras cosas significa “raro” o “insólito”.
Lo que parecía difícil era el acceso, así que pedí a la encantadora recepcionista que me imprimiese el plano y las instrucciones pues aunque hay dos ordenadores y una impresora en la recepción del hotel no te puedes imaginar lo difícil que puede ser enfrentarse al Windows en katakana. Así que esta mañana cojo las tres hojas de papel en la mano al salir del vagón del metro y resulta que miles de tokiotas iban también a visitar la famosa calle Inuri. No me ha hecho falta ni un segundo el mapa. Antes del salir de la estación, en los pasillos, ya había vigilantes que dirigían el manso y educado río de pasajeros.


Al salir a la calle una furgoneta verde de la policía con una torreta en su techo y un uniformado en ella nos daba instrucciones por megafonía de hacia adonde dirigirnos y de cómo comportarnos. O eso imagino. Y así más policías con más megáfonos, algunos de ellos un simple cono de plástico amarillo, iban dirigiendo la serpiente humana. Y en lugar de ir directos nos hacían dar una gran vuelta para que se pudiera formar una larga y ordenada cola.


Porque no he visto en mi vida, ni creo que pueda volver a verla una cola mejor planificada que esta. Y al final llegabas a un control de equipajes. Delante de mí un joven occidental al que detectan una botella de agua. El guardia le dice algo en japonés y el joven deduce que debe hacer algo como en los controles de los aeropuertos en que no te dejan pasar con líquidos así que se da un buen trago antes de tirarla. Que no, que se la puede llevar. Y es que he entendido que puedes entrar con líquidos pero no beber dentro, como decían las instrucciones. Pues no, no era eso. Es que tienen el mejor control de líquidos que te puedes imaginar y que deberían implantar en los aeropuertos: te hacen beber un trago para demostrar que no explotas. No me digas que no es un sistema cojonudo. Claro que si eres un terrorista suicida te das el trago, explotas y dejas al guardia con tus vísceras por todo el uniforme, que debe dar un asco…
Y no voy a escribir sobre los “agujeros” que he visto, no vaya a ser que me lea un robot (según mi editor casi los únicos que me leen) maligno y coja ideas.
Luego un ligero cacheo y ya estás en la calle famosa.


Tengo que decir que para mí ha sido más interesante la experiencia que la visita misma pues la sakura anda con retraso y aunque hay cerezos no creo que ni cuando estén en plena floración se podrá comparar con otros sitios como por ejemplo los más cercanos jardines orientales del palacio.
Y ya que estamos allí vamos a ver esos jardines y efectivamente no están como el año pasado pero hoy la temperatura ha subido notablemente y eso va acelerar la sakura. O en eso confío.


Hay muchísima gente. Imagino que muchos han venido directamente pero también muchos que después de ver la calle Inuri hemos recalado aquí. Pasamos por delante de un grupo de bonitas flores y un señor que está sentado en un banco frente a ellas nos dice que nos hace sitio para que nos sentemos y podamos contemplarlas. Vaya, eso he imaginado porque el señor no hablaba una palabra de inglés pero no paraba de explicarme cosas en japonés. Marisa después me ha dicho (con malicia): “Uno como tú”, queriendo señalar que hablo con todo el mundo. Pero a mí no se me ocurre invitar a un japonés en el Retiro a compartir el banco conmigo y después ponerme a hablarle sin parar en castellano y a preguntarle cosas de su vida. Que eso es lo que ha hecho. Pero yo creo que ya lo tenía preparado pues me ha sacado un papel donde ponía 1943, algo en japonés y un 4 y un 73. Así que he entendido que tenía 73 años y había nacido en el 1943 y parece que quería saber cuando había nacido yo. Pero no se ha conformado con el año, quería también el mes. Y en qué trabajaba. Eso ha sido fácil porque me ha preguntado “¿teacher?”. Me ha dado su tarjeta y me ha pedio la mía. Pues no tengo. Me tendré que hacer unas e inventarme una biografía que sea más interesante que mi monótona vida y así cuando esta gente regrese a su hogar pueda contar a sus seres queridos que han conocido a un bucanero o a un peregrino o a un coleccionista de sonrisas orientales o buscador de arcos iris de 5 colores o… ¡Qué gente más rara!


En los jardines, en un lugar muy visible hay un par de pinos pequeñitos de los que dice el letrero que han sido un regalo de los reyes de España. ¡Podían haber elegido un ejemplar más lucido! Espero que por lo menos esos no tengan procesionaria. Por si te interesan las historias monárquicas: el regalo es de la especie “Pinus sylvestris”. O sea un pino.
A las 11 de la mañana el personal empieza a abrir sus bentos y se ponen a comer por allí.
Entre los visitantes descubrimos un “abuelo fashion”. Parece que le sobró lana a su señora cuando le hizo el jersey y aprovechó para tejerle un gorrito. Y además le compró una mochila del mismo color. Una simpática estampa.


Y antes de marcharnos del parque donde el personal no para de retratarse con los cerezos no dejo de visitar el pasillo “Matsu-no-o-roka” donde comenzó la histora de elos 47 ronin, ya sabes, cuando su señor Asano Takumi No Kami Naganori atacó e hirió a Kira Kozukenosuke Yoshinaka. Bueno ahora es solo un recuerdo pero me encanta recordarlo.


A la salida del parque más policías vigilando que la marea humana siga, sigamos, los cauces establecidos y de nuevo un policía a modo de vigía de un barco controlando todo y dándonos las instrucciones precisas.


Ya que estamos allí vamos a dar una vuelta por el barrio de Maronouchi y acercarnos hasta la estación de Tokio, o sea la que tiene el nombre de la ciudad y una de las principales. Los edificios son impresionantes y el personal sigue comiendo en sus bentos sentados en el pequeño parque de Wadakura con sus preciosas fuentes.


El exterior de la estación no lo han acabado de arreglar pero se puede ver el trabajo realizado: va a quedar un edifico precioso, especialmente el patio central interior.


Y como en todas las grandes estaciones hay un montón de restaurantes donde para comer tienes que hacer la consabida cola. Claro que hay alguno sin ella pero tú te preguntas que porqué aquel tiene 10 personas esperando de pie en la puerta y el otro no tiene a nadie. Así que haces cola también. Y una comida estupenda a un precio razonable. La única duda es como se coge y se come una especie de pan relleno. Marisa observa a otro comensal que está a mis espaldas y me dicta la etiqueta: “Lo ha cogido con la mano y lo ha partido”. Ningún misterio así pues.


Con el metro vamos al MOMAT, Museo Nacional de Arte Moderno. Tienen una sala en la que han reunido un conjunto de obras bajo el lema de “Lo más destacado” con una curiosa y divertida explicación. Más o menos dice:
“En 3000 m hay alineadas 300 obras de arte. Estas extravagantes condiciones son el gancho comercial para la colección del MOMAT. Pero en los últimos tiempos hemos recibido muchos comentarios del tipo “Hay demasiadas cosas aquí y no estoy seguro que debo ver” o “Lo que quiero es ver en un rápido vistazo las obras más importantes”. Así hemos aprovechado la renovación de las galerías de 2012 para dedicar un espacio a lo más destacado de manera que los visitantes puedan ver las obras más destacadas de la colección con un énfasis especial en los “bienes culturales importantes”. (Estos tiene una clasificación especial en Japón, son los llamados “jūyō bunkazai”, un escalón por debajo de los clasificados como “tesoros nacionales”)”. Y luego explica el porqué de la elección del azul para las paredes o de los vidrios mates para evitar reflejo o de cómo han optado por el “suelo de color negro mate para que los visitantes se puedan concentrar en las obras expuestas”.
¿Te imaginas algo así en alguno de nuestros encorsetados museos? Que no hablo de la Tabacalera de Madrid, sino de un museo nacional.


Además han aprovechado su situación enfrente de los jardines del palacio imperial para habilitar una sala llamada así “Una habitación con vistas” con una gran cristalera y unas cómodas y modernas sillas para que te sientes y contemples el paisaje urbano y parte de los jardines.
En una de las salas descubro en un panel el significado de la palabra “moro” en japonés: oscuro, confuso, incierto. Así dio lugar a un estilo de pintura llamada “estilo moro”.
Un bonito museo, espléndidamente expuesto (no podía ser menos) y con alguna habitación que ella sola ya es una obra de arte.


Un día muy interesante.

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