44. Japón 2016. 28 de marzo, lunes. Vigésimo octavo día de viaje. Tokio. Día 6. Segunda parte.

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Acabamos el recorrido matutino por el barrio con una visita al templo de Tsukiji Hong Wanji, que ya visitamos el año pasado y que describí en la crónica de aquel día. Solo recordarte que es enorme, precioso por fuera con un cierto aire birmano y espacioso en su interior y que pertenece a la escuela Jodo Shinshu.

Sentado en una de sus sillas un joven “ejecutivo” trabaja con su ordenador. Mucho mejor eso que la vicepresidenta de un congreso juegue con su teléfono celular en sus horas de trabajo (?).


Quizás no haya wifi gratis en el templo pero creo que sería una buena idea para la iglesia católica española. ¿Te imaginas la cantidad de nuevos fieles que tendrían las ahora vacías iglesias? Claro que los asientos acostumbran a ser jodidamente incómodos y aunque la instalación de wifi cueste dos duros cambiar todo el mobiliario sería un gasto importante, y además me parece que Ikea no toca esa línea de negocio. Pero todo sea por la salvación de las almas. Pienso en mi pueblo y en los adolescentes y jóvenes que andan buscando zonas con cobertura wifi. Claro que allí la mayoría son moros y no sé si les haría mucha gracia el lugar.


Vamos a Kappabashi, el barrio donde venden los productos para restaurantes, famoso entre los turistas por sus reproducciones perfectas de los platos que anuncian en las vitrinas los establecimientos de comida. En este viaje no he buscado en Tokio ningún restaurante recomendado por la guía pero hoy me percato que hay uno cerca de donde estamos. Lo buscamos, lo encontramos y hay una pequeña cola. Siempre colas. No me hace ninguna gracia pero todo sea por el okonomiyaki que es el plato estrella y que tanto le gusta a Marisa. Además es una cola corta, solo de 6 u 8 personas, nada que ver con las colas kilométricas de Tsukiji. Aunque estos restaurantes suelen ser muy pequeños y por tanto la cola es muy lenta. Afortunadamente cuando llevamos unos 10 minutos le echo una ojeada al interior del local: putada. Es de estilo japonés: hay que sentarse en el suelo como hacen ellos y que yo no puedo hacer. Le pregunto a la dueña si tienen mesas con sillas y me dice que sí. Insisto preguntándole la altura de las sillas: 20 cm. Imposible. Hay que tenerlo en cuenta en los lugares en los que no ves el interior y hay que hacer cola en la calle. Así que cambiamos la búsqueda y encontramos uno de una cadena que nos gusta y adonde vamos sobre seguro o casi pues he pedido sopa y a pesar de haber dicho “hot” he debido pedir una que era “cold” y así me la han servido. Pero ha sido una comida estupenda.


En aquella calle hay un museo dedicado al tambor, que no visitamos, pero también hay una tienda donde los venden: unos 8.000€ el más grande. Imagino que no es un precio para turistas pues no veo que haya nadie capaz de cargar con un instrumento así, aunque después de ver a uno con dos tablas de surf en Bali no me extrañaría nada encontrarme alguno con un tambor a cuestas.


Nos topamos, sin buscarlo, con el templo Higashi Honganji. No había entrado nunca aunque creo que sí pasamos el año pasado por delante de él. Hoy si lo hacemos y su interior es imponente y algo parecido al de esta mañana; la gran diferencia es que aquí se está desarrollando una ceremonia que me explica en voz baja una especie de azafata. Tan baja que no entendí nada excepto una palabra porque se la hice escribir sobre el nombre del acto: “tokudo”.


Pues allí nos tiramos una hora. Había unos 20 que recibían una especie de ordenación que acababa con un diploma y una foto de grupo (que Marisa también hizo), un jefe que iba con un uniforme diferente de los demás y media docena que andaban de un lado a otro entre el jefe y los “ordenados”. Y una media docena de fieles que imagino eran amigos o familiares. Pero pocos, porque ni siquiera había un par (papá y mamá o novia y hermana) por cada uno de los de la ceremonia. No pasa como en mi pueblo que traes al cuarteto de Skopje y hay una docena de melómanos que asisten al concierto, pero toca la banda del colegio y se llena de papá, abuelos y tíos de los niños. Pues aquí ni esos fueron.


De mi atenta observación de la ceremonia saqué varias conclusiones:
1. Yo nunca podré ser budista a menos que me amputen las piernas. Que me las tendrían que cortar porque se me gangrenarían por estar sentado una hora sobre ellas.


2. Todas las melopeas budistas, sean de un templo perdido del Himalaya o del centro de Tokio, me dejan como hipnotizado. Mesmerizado que dicen los que entienden de esto. O los que dicen que dicen que lo entienden.
¿Os acordáis de las pelis de la época de la guerra fría que a uno de los malvados comunistas le lavaban el cerebro y luego le decían “mata a tal o a cual”? Entonces el “recién lavado” lo ejecutaba sin rechistar. Pues así me dejan a mí. Que me dicen que venda mi patrimonio y se lo entregue a un concejal de Valencia y lo hago. Menos las acciones de Inditex que me dan mucha alegría cada vez que en Japón veo una tienda de Zara. Que me dan ganas de besar el escaparate.


3. Sigo sin comprender la diferente forma de trato de hombre-mujer en el mundo budista: todos los hombres “ordenados” iban rapados, pero la media docena de mujeres no.
¿No queréis ser iguales en derechos que los hombres? Pues también en deberes. ¿Qué lo de cortarse el pelo por religión es una capullada? Pues claro, pero entonces ¿por qué quieres ser de esa religión?


4. No he entendido nada de la ceremonia. Eso es lo que tiene profesar la única religión verdadera, que las demás no te interesan nada, e incluso puedes considerar peligroso intentar enterarte. Y de golpe, un día te das cuenta de eso, de que no sabes nada de la mayor parte de la población del planeta. ¡Qué ignorantes somos los monoteístas!


Como tenía el folleto del templo de la visita matutina y el nombre es muy parecido le pregunto a la joven si son del mismo grupo. Que no. Pero a ti te dicen “Hongwanji”, el de la mañana, y “Hong ganji”, el de la tarde, y los confundes. Además Wikipedia dice que ambos son de la escuela “Jodo shinshu”. No me ha debido entender la pregunta.
Este es la sede principal de la escuela Jodo Shinshu Higashi Honganji, con el que se relacionan más de 300 templos.


Acabamos nuestro día de turistas en nuestro barrio admirando los escaparates y los adornos callejeros por la próxima sakura.


NB
Por si estás interesado en profundizar más en el conocimiento de estos templos debes saber que la “romanización” de los nombre japoneses puede tener diferentes resultados, aunque sean parecidos. De todas maneras Jōdo Shinshū significa “The True Essence of the Pure Land Teaching”. No sé cuál será la traducción budista de esa expresión pero en francés lo traducen como “École véritable de la Terre pure”. El maestro Myoren en una web en castellano lo define como “El Verdadero Budismo de la Tierra Pura “. A mí lo de “verdadero” o “único” siempre me da un poco de miedo.

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6 comentarios to “44. Japón 2016. 28 de marzo, lunes. Vigésimo octavo día de viaje. Tokio. Día 6. Segunda parte.”

  1. Carmen Says:

    No creo que conocer los detalles rituales específicos de las diferentes religiones que en el mundo son sea conocer a poblaciones diferentes. Por desgracia, si hay algo que universaliza a las poblaciones son los sentimientos, comportamientos religiosos. Yo preferiría estudiar los actos de razón, que también son universales pero menos frecuentes.

    • alelsoles Says:

      Gracias Carmen, tienes toda la razón. Lo que me ocurre es que “estudiar los actos de la razón” es para mí muy difícil y más en una sociedad tan diferente de la nuestra como la japonesa y además con la barrera insalvable, para mí, del idioma. Piensa además que esos actos religiosos son como una obra de teatro y en este caso con un bello decorado.
      Un beso

  2. Carmen Says:

    Agradezco a Ángel que introduzca el término mesmerismo que yo desconocía y desconozco y que me parece interesante su consideración en el hipnotismo que producen los rituales religiosos, en todas las religiones que en el mundo son, incluidos los ´discursos políticos de masas, aunque las religiones lo hacen mejor.
    Da gusto leer estas crónicas de las que se desprenden siempre conocimientos del autor que alguna lectora desconoce. Gracias

    • alelsoles Says:

      Carmen, estoy de acuerdo contigo en que “las religiones lo hacen mejor”. Compara un discurso de fin de año de nuestro Rey Emérito (¿se escribirán así con mayúsculas?) o de nuestro líder político Sr. Rajoy con un ritual del budismo birmano cuando leen en pali el tripitaka. ¡Sin punto de comparación! Este te hipnotiza, los otros te adormecen, aunque todos son a veces iguales de ininteligibles.
      Un beso

    • Angel de Japón Says:

      Carmen, investigo sobre el papá del rey y resulta que se escribe con minúsculas, “rey emérito”. Añado a tus saberes reales que es “ex jefe de Estado” pero que no es “exrey”.

  3. Carmen Says:

    Gracias

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