40. Japón 2016. 26 de marzo, sábado. Vigésimo sexto día de viaje. Tokio. Día 4. Primera parte.

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Hoy sábado mientras España rememora la pasión de Cristo yo me siento un poco culpable por estar tan ricamente en Tokio. Y para compensar nos vamos a visitar un monumento funerario muy importante en Japón por lo que supuso la gesta de los que están allí enterrados: Sengaku-ji. Me refiero a los 47 “ronin”. (Pregunta para los filólogos: ¿cuál es el plural de ronin? Es que llamarlos “ronines” parece como un chiste asturiano).
El año pasado estuvimos en el lugar donde empezó la tragedia, el palacio imperial de Tokio, y ahora visitaremos sus tumbas.


En el recinto hay un templo y casi nadie de visita. Alguien (o algo) golpea una campana cada 28 segundos y aquel sonido en aquel lugar provoca una impresión de gran paz. Pienso que los samuráis estarán enterrados dentro de aquel templo y casi no los vemos pues nos marchábamos cuando Marisa se percata de un caminito en un lateral que lleva al lugar de los enterramientos. Y entonces ha empezado a venir personal, no masivamente, pero sí de forma continua. En un puestecito que hay en la entrada compran unas barritas de incienso (imagino que 47) y las van colocando encendidas en cada una de sus tumbas.


Es curiosa esa veneración por un hecho de lealtad que ocurrió a principios del siglo XVII. Se lo comento a Marisa y me responde que también en nuestro pueblo hay gente que le pone velas a la Virgen y yo pienso que además de ser la madre de Dios, no tiene ningún hecho notable en su biografía: hecho que proceda de su esfuerzo y trabajo, porque igual la anunciación, que la inmaculada concepción o la asunción a los cielos fueron actos en los que intervino pero sin hacer nada importante. Y si se trata de educar a un niño que es Dios no te digo las velas que le tendrían que poner a mi hija con los tres hijos que tiene.
Volviendo a los ronin: un lugar muy interesante y sobrio donde hay un mapa en la entrada con la distribución de las tumbas.


Al salir te encuentras con una pequeña y simple fuente-estanque con 47 pivotes (¿serán chorritos?) y un mapa que imagino que indica a quien pertenece cada uno de ellos. Extraño homenaje.


En la calle vemos un imponente edificio, el Kofuku-no-Kagaku. Mira que es difícil que un edifico destaque entre los demás en esta ciudad donde hay tantos singulares; pues este es uno de ellos. Cuando nos acercamos una sonriente y joven señora nos dice que podemos entrar y ella lo hace. Y así hacemos nosotros sin saber si aquello es un templo, una galería comercial o un salón de bodas.


Hay una pequeña recepción y una jovial señorita nos invita a entrar. Le pregunto si aquello es un templo y me dice ni que sí, ni que no, pero me da un opúsculo que se titula “Happy Science monthly” y nos dice que la acompañemos hasta una especie de teatro o iglesia donde hay media docena de personas leyendo en silencio total. Marisa me dijo luego que aquello le produjo una gran paz. A mí esos sitios lo que me producen es una cierta inquietud y cuando ojeé el folleto comprendí que se trataba de una secta. Amable, limpia y educada, pero secta. Y eso me intranquiliza, a pesar de que su nombre no puede sonar más ingenuo: “Happy Science”, que no sé cómo lo traducirán ellos al castellano, pues la ciencia como la religión no pude tener calificativos tipo “happy”, como si fuese una taberna moderna con los “happy hours”. Quizás escriba algo más de ellos al final.


Desde allí vamos a coger el metro y en el pasillo vuelvo a encontrarme con un fenómeno que me sorprendió mucho el año pasado: jóvenes haciendo fotos de carteles de guapas jovencitas que están a lo largo de la pared. El año pasado era una sola chica pero este hay un montón de ellas y los jóvenes (siempre chicos) van haciendo una foto detrás de otra. Ya que no hay macarras que destrozan el mobiliario urbano, estos, más educados, alguna tontada tenían que hacer.


Y de un templo budista, pasando por uno de la Ciencia Feliz, nos vamos a un santuario shinto, el de Nogi-jinja. Este está dedicado al general Nogi Maresuke. Este general tuvo una vida militar muy exitosa y cuando murió su emperador Meiji en 1912 se suicidó junto con su esposa (¡qué tendría que ver, la pobre!) mediante el ritual del seppuku por lealtad a su emperador lo que se conoce como “junshi” o “suicidio por fidelidad”, aunque en la carta que dejó explicaba que lo hacía también por algún fallo que tuvo durante su carrera de armas, como la pérdida de una bandera . Un detalle especial: donó su cuerpo para la ciencia, por lo que imagino que si hay tumba estará vacía. Ahora es venerado como un kami en la religión shinto por su lealtad y sacrificio aunque su seppuku originó una gran controversia en el país.
Pues aquí parece que el personal viene a honrar al héroe y fiel vasallo, pero hoy domingo a lo que acude a este santuario shinto es sobre todo a casarse.


Así hemos tenido la fortuna de ver dos desfiles procesionales de los novios y una boda entera. Ha sido muy interesante, muy colorido y muy fotogénico.


En estas bodas shinto siempre me sorprende el montaje fotográfico que se realiza. Nosotros nos aprovechamos de ello. También sorprende lo sobrio que es todo en comparación con nuestros bodorrios. Me he fijado en que solo asisten de invitados (no sé si luego también habrá refrigerio o es solo un acto religioso y social) los amigos de los contrayentes (unos 40) y los familiares más cercanos (una docena). No parece que se incluyan a las familias lejanas, ni a los amigos de los padres, lo que se llama “un compromiso”: “Tengo que invitar a Romerales porque es un compromiso”.
Y aunque el ritual shinto es colorido y variado en 20 minutos han liquidado el evento.


Como he dicho, una de las cosas que más me sorprenden es el despliegue fotográfico de estas bodas. No he visto en Japón ninguna cristiana, fuese verdadera o falsa, por lo que no puedo comparar, pero en estas suele haber un verdadero equipo de fotógrafos o uno con varios ayudantes. Y además preparan sobre todo a la novia con mucho cuidado y esmero. Y al novio que le den. En una de ellas uno del equipo fotográfico pasaba un rodillo por la moqueta roja donde luego colocaba los novios para el reportaje cada vez que alguien la pisaba: ni una mota de polvo podía haber allí.
Finalmente en el santuario había dos bonitas esferas tipo globo terráqueo con los meridianos y estos totalmente cubiertos de omikujis, ya sabes, esos papelitos con la buenaventura.


Cuando dejamos el recinto vemos en el jardín adyacente a un joven preparando sillas, platos y otros enseres como para una fiesta. Le pregunto y, ¡claro!, es por el hanami. Ahora lo está montando para cuando lleguen los amigos.
Hoy después de los templos funerarios nos vamos a dedicar a la vida profana visitando un barrio que no conocemos: Roppongi.

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