30. Bali y Lombok 2015. 23 de septiembre, miércoles. Decimosexto día de viaje. Tirta Gangga. Segunda parte.

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Después del desayuno he aprovechado para comprarle unas flautas balinesas a mis nietos (¡problemas de los abuelos y los regalos de los viajes!) a un anciano que trabaja o ayuda en el hotel. Me ha dicho que me escribiría el nombre de cada uno en una especie de sánscrito que utilizan en Bali. Le he dicho el orden en función del tamaño de la flauta (como producción artesana cada una era de su leche) y del nieto. Pues la ha cagado y al segundo le ha “adjudicado” la más pequeña.

El problema es que además de en sánscrito lo ha grabado también con caracteres latinos y no puedo engañarles a la vuelta. Creo que debería ser de obligado cumplimiento que a los que se tatúan en alfabetos extraños como el japonés, sánscrito o zelosinense también se lo pusiesen en su propio alfabeto e idioma. Te sorprendería cuántos verías con “El portador es tonto de los huevos”. Vaya, entonces no lo verías.
Hoy vamos a hacer una excursión más larga que nos ha recomendado la dueña del hotel con un mapita esquemático, por cierto no demasiado claro.
Para evitar errores y pérdidas (que al final no he podido impedir) he preguntado por el siguiente punto del mapa a todos los que me he encontrado e incluso he parado a varias motos.
El recorrido ha sido muy interesante aunque no hayamos visto terrazas de cultivo de arroz tan bonitas como las de ayer pero sí con varios descubrimientos. El primero ha sido el de los cacahuetes.


Vemos a un grupo de gente arrancando unas hierbas y Marisa piensa que debe ser forraje para el ganado. Pues eran cacahuetes. Nos han dejado probarlos recién sacados de la tierra y al que se le ocurrió secarlos, tostarlos y echarles sal le tendrían que hacer un monumento porque mira que son sosos y con poca gracia los naturales.


Han tenido mucha más gracia los “cacahueteros” que han posado con gusto para Marisa.


El segundo ha sido el origen de un concierto de tambores. Había leído que en un pueblecito por el que pasábamos había una sociedad budista-sivaíta. Y yo he pensado que ese ritmo que oíamos debería corresponder a algún rito sectario. En un momento determinado está tan cerca que nos internamos por unos campos de arroz buscando la procedencia. Esperaba encontrar un grupo de gente reunido alrededor de ese continuo redoble, quizás vestidos con extrañas túnicas a punto de degollar una paloma o quizás un cabrito y con lo que me he topado ha sido con un artilugio que no entiendo como no está patentado.


En la parte superior de una caña han situado una hélice que gira al recibir el viento y que está unida a un sencillo engranaje con una pequeña maza que golpea un cacharro viejo, tipo cuenco metálico, y que de lejos parece un tambor.

Como hay varios en aquel campo y no siempre suenan todos al mismo tiempo y dado que cada uno tiene un sonido diferente aquello es como una orquesta. ¿Con qué fin? Pues para espantar a los pájaros y que no bajen a comerse el arroz. Además en uno de los campos había una especie de cometa hecha con un impermeable que al hincharse con el viento parece un supermán gordito volando.


De una forma más sencilla hemos visto dos robots semejantes. En ambos casos era una abuela debajo de un sombrajo. A la primera le he preguntado por nuestro destino (no, no era una nigromante, “nuestro destino” era el lugar del mapa) pero no me ha contestado aunque sí daba algún grito. Marisa creía que hablaba sola y que estaba loca pues no tenía un teléfono celular, pero luego hemos comprendido que un familiar, seguramente su yerno, la colocaba allí desde el amanecer hasta que se hacía de noche. Seguramente le dirá: “Total madre –muchos yernos llaman madre a sus suegras, aunque las traten como a una madrastra- no tiene nada que hacer así que por lo menos se entretiene y respira aire del campo”. A la segunda abuela la hemos visto al final de la tarde, también estaba debajo de un sombrajo –un buen detalle de su yerno- y tenía una larga cuerda que iba a dar a un artilugio, quizás una lata con piedras, que hacía ruido cada vez que tiraba de la cuerda lo que acompañaba con un grito, aunque quizás fuese una jaculatoria hindú del tipo “Sagrado Corazón de Jesús en ti confío” o una maldición como “El bastardo mi yerno no ha traído la merienda todavía”.
Así que ya ves, suegra española la suerte que tienes que solo debes hacer la comida y cena para todos tus hijos, hijas, yernos y nueras y para tus queridos nietos y no te tienen de robot espantapájaros.
Otra cosa que hemos descubierto es que en esta zona hay musulmanes pues tienen una mezquita entre los campos. Me hubiese gustado saber cuántos eran; parece que están solo en uno de los pueblecitos, y cuando he preguntado si hay problemas de convivencia me han dicho un no muy categórico, del tipo “noooo”, pero cuando he preguntado a una joven si se casaría con un musulmán me ha respondido con otro no pero con muchas más oes que el primero. Y luego me dicho en voz baja mi informante que no le gustaban los musulmanes. Y eso que este país es el de mayor población musulmana del mundo.

Por si eres un estudioso de la distribución de las creencias en el mundo: la mezquita está en Saren Kanh.
En un pueblo hemos visto como construían los adornos para las festividades religiosas que hacen con una caña enorme engalanada con palmas con trabajos que recuerdan a los de las palmas del Domingo de Ramos. O por lo menos los que se hacían antes.


En otro pueblo hemos visto a un par de herreros trabajar pero a base de fuego y martillo. Como resultado de su trabajo nada de filigranas: hoces y cuchillos.


Y por todos los puebles hemos encontrado los gallos de pelea en sus cestos de caña. De esta manera, allí encerrados no estarán muy atléticos pero deben estar de una mala leche….Imagínate, mientras que los que solo sirven para caldo andan por allí correteando por el campo y fornicando con las gallinas -que ya sabes como son estas aves o por lo menos la fama que tienen- y tú, mientras tanto, tú que eres un luchador profesional, un gladiador aviar te tienen allí encerrado. La dueña del hotel me ha dicho que estos pollos son exquisitos pero que tienen la carne mucho más dura y deben cocinarse durante 2 ó 3 horas.


En otro pueblecito había un templo medio abandonado que hemos podido visitar sin problemas de etiqueta donde había un par de niños tocando un metalófono (gangsa)de los que usan en las orquestas de gamelán y otro grupo jugando con cometas. ¡Pobres infantes sin whatsapp ni Facebook!
Y de manera sorprendente hemos dado con un restaurante en otra aldea donde hemos tomado una de las mejores comidas del viaje. Resulta que tenían un criadero de peces –no me preguntes la especie- y otro de gambas. Hemos comido opíparamente al lado de un estanque, que era el criadero de los peces. Lo curioso es que las camareras cuando los comensales habían acabado vaciaban los platos con las sobras en el agua y los peces se tiraban a por ellas como locos. He pensado que cuando se comiesen la raspa del nuestro quizás alguno se estaría comiendo a su abuelito o quizás al padre: el mito de Saturno al revés.
En este restaurante la carta estaba totalmente en indonesio y no había forma de saber nada sobre los platos. Como muestra he hecho una foto de la parte de menú correspondiente a las gambas.


Imposible descifrar nada, así que con la ayuda de la camarera e insistiéndole que no fuese picante nos han servido un plato con una salsa a base de miel. Que por supuesto picaba.


Había tantas camareras jovencitas por allí que cuando he conocido al dueño –uno de los tipos más gordos de Bali- le he preguntado que cuántos empleados tenía: 7 chicas y 5 chicos. Pues harán muchos banquetes porque hoy éramos solo 8 ó 10 comensales. Luego la dueña del hotel me ha confirmado que es un restaurante famoso en toda la zona. Por cierto que los camareras han posado pacientes y contentas para Marisa.


Aunque no suelo poner los nombres de los establecimientos este sí que se lo merece: Warong Mina Sari Murti.
En varios sitios hemos visto arroz secándose al sol y en algún caso en medio del pueblo.
Así el día ha transcurrido entre aldeas, campos de todo tipo, algún encuentro, pequeñas carreteras, pistas de tierra, caminos entre arrozales, algún trozo de bosque….todo muy tranquilo pero en algún punto al final del recorrido o he preguntado mal o me han indicado equivocadamente y hemos aparecido en la carretera principal a unos 3 kms de nuestro hotel y aquel trecho ha sido bastante malo: eran las 3 de la tarde, todo cuesta arriba, el arcén de unos 40 cms y una circulación muy intensa. Y encima algo que es muy habitual en Bali: algunos dejan el coche o la furgoneta o el camioncito aparcado en la carretera con lo que los que van por ese carril tienen que arriesgarse para pasarlo y tú, peatón, todavía más.
Después de un breve descanso nos vamos a dar una vuelta nocturna por el palacio del agua. Solo hay un grupo de jovencitos del lugar que han venido a bañarse.
Cena en el hotel y escritura.
Mañana a otra ciudad que no tenemos muy claro a cual será pues dependerá del transporte que podamos coger.

PS
Esta tarde en el jardín del hotel hemos visto la oruga más bonita y extraña de mi vida. Parece mentira que la naturaleza nos haga regalos de estas características.
¡Lástima no llevar un macro objetivo!

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