25. Nueva Zelanda 2017. 1 de octubre, domingo. Décimo tercero día de viaje. Christchurch. Segundo día. Segunda parte.

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En esta ciudad nos hemos alojado en un albergue de la YHA, “Youth Hostels Association”, de la que nos hemos hecho socios neozelandeses. Y ha sido una sorpresa muy agradable.

 

 

Primero por la situación: al lado de la entrada principal del jardín botánico y del museo Canterbury y a unos 400 m de la plaza de la catedral. O sea, en el centro, centro.
Luego por el entorno: calles tranquilas con unos edificios preciosos.
Y los servicios que tiene este albergue y especialmente por la habitación: enorme y con una pequeña cocina, aunque disponemos de la cocina general del edificio.
Vaya, que hemos acertado con la elección.

Y así como en el de Wellington (que pertenece a otra cadena) había bastante gente mayor, o mejor, no joven, en este son mayoría, casi exclusiva los jóvenes o muy jóvenes
Estoy escribiendo en el comedor del albergue de la YHA, es la hora de cenar y los jóvenes se están cocinando unos platos terribles. Estoy convencido de que estos que se tiran aquí media hora para hacerse una cena, en su casa, o sea en la de sus padres, no abren ni la puerta de la nevera.
Bien es verdad que algunos se limitan a hervir un puchero de pasta y se lo comen como bárbaros, pero otros cocinan durante un buen rato, aunque, visto el resultado, con poca gracia y ninguna habilidad. La excepción fue el alaskeño de ayer por la noche. Para compensar he visto a otro parecido en tamaño (grande) y en juventud que se ha hecho un plato enorme de verdura hervida (imagino que congelada) y que para escurrirla lo hacía cogiéndola a puñados y apretando con su mano encima de la fregadera; no he visto que luego se la comiese.

Una diferencia notable con el hostal de Wellington es que aquí no hay ni un huésped mayor. Ni siquiera de más de 30 años.
Tenemos un pequeño problema doméstico y voy a recepción. Allí un amable joven me responde a todas mis cuestiones: no he entendido ni una palabra. ¡Deprimente!

Hoy estaba previsto un día nublado e incluso con posibilidad de algún chaparrón y hemos decidido hacer vida ciudadana y cultural. Así comenzamos con la visita al cercano “Canterbury Museum”.
¿Por qué ese nombre? Pues porque es el nombre de esta región.


Está situado en un bonito edificio en la entrada del jardín botánico y es un museo de los que llamarían “multidisciplinar”, pero que en realidad es uno de los que tienen de casi todo un poco. ¡Que hasta tienen una momia egipcia! Ahora bien, haciendo hincapié en las cosas de la región y en su historia reciente. Vaya, aquí toda la historia es reciente.

Ahora como “exposición temporal” hay una muy bien instalada, una preciosidad de montaje, pero que a mí me resulta algo muy lejano: se llama “Hakui” y estará abierta hasta el 26 de noviembre por si te interesa el mundo maorí. O mejor: el mundo de la mujer maorí.

Hay una parte importante dedicada a la vida en este país cuando llegaron las primeras remesas importantes de emigrantes europeos. Vemos un cartel de la época donde se intenta reclutar a los candidatos explicándoles que durante los meses de febrero y marzo de 1850 tienen el pasaje gratis para venir aquí desde Inglaterra, aunque solo los que tengan una serie de oficios como pastores, labradores y similares, pero deben tener “el más alto carácter” (ni idea de qué significaba eso), “constancia y respetabilidad”. ¿Y quién decidiría si tenías esas admirables virtudes? Pues un certificado de tu parroquia. ¡Siempre lo mismo!


Cuando era estudiante pedí prórroga del servicio militar y un día un guardia civil vestido de paisano (lo que en un pueblo es la memez más grande del mundo, pues todo el mundo los conoce) se presentó en mi casa para interesare por mi “respetabilidad”, o sea para saber si era un “buen chico”. ¿Y a quién se lo preguntaron? A mi madre. Cuando ella me lo contó no se lo podía creer: preguntarle a una madre si su hijo es buena persona.
Pues en al año 1850 se lo preguntaban al cura del pueblo.

En una vitrina veo un artilugio que me interesa en especial: un “bird-scaring rattle”. O sea, una carraca para espantar pájaros. Dice la nota informativa que era utilizada por los niños desde el amanecer hasta la puesta de sol, pues hasta 1880 no estaban obligados a ir a la escuela. Se lo contaré a mis nietos cuando se quejen de sus obligaciones escolares. Aunque quizás me lleve la sorpresa de que prefieran estar 12 horas en el campo dándole vueltas a aquello que ir al colegio.

Un amigo de mi padre explicaba que un niño (que ahora es un respetable señor de mi edad) le preguntó un día a su padre viendo pasar un ganado de ovejas: “¿Para ser pastor qué hay que estudiar?”. “Nada, hijo mío, nada”. “Pues padre, yo quiero ser pastor”.
Así que miedo me da la respuesta de alguno de ellos sobre la posibilidad del “bird-scaring rattle”.

Volviendo a la carraca.
Cuando estuvimos en Tirta Ganga, expliqué como nos había sorprendido la cantidad de artilugios para espantar a los pájaros. Todos muy ingeniosos excepto uno que había colocado a su suegra (poner a su madre hubiese sido una maldad inconcebible en ese mundo tan espiritual de Bali) para espantarlos dando gritos.

En una vitrina veo una entrada para un concierto dado el 18 de abril de 1861 por la “St. Cecilia Harmonic Society”. Mi sorpresa ha sido porque pensaba que estos anglicanos no tenían santos, y no solamente los tienen, sino que los utilizan para lo mismo que nosotros.

Como este museo hay de todo tienen hasta una moto, cuya característica especial es que está recubierta de oro. Y esta es una peculiaridad de este país. No, no recubrir las motos de oro, sino remarcar el carácter extraordinario de algo que en otro país, lleno de héroes populares, pasaría desapercibido.

Este de la moto se llamaba Ivan Mauger. ¿Tú lo conoces? Pues según la información museística hizo “lo que ninguno había hecho antes”.

Eso me recuerda los videos que suele ver mi nieto mayor sobre tonterías tipo “Los siete animales más estúpidos del mundo” o “Quien se corta los 5 dedos de la mano más rápido del mundo”. Hombre, este del museo no era así de tonto lo que hacía, pero esa frase de que hizo algo que ninguno había hecho antes, es parecida. Bueno, pues este Ivan ganó varias veces el campeonato mundial de “Speedway”, que como no sé de que va,  tampoco sé como traducir.
Lo estrambótico de esta moto es que al ganar su tercer campeonato y hacerlo con esta misma máquina dos fanáticos americanos de ese espectáculo le ofrecieron dorársela. Se tardaron 18 meses y costó medio millón de dólares. Y es que hay gente muy desquiciada por el mundo.

Hay una parte del museo dedicada a la Antártida y a las expediciones que se realizaron para llegar al Polo Sur. Son de las hazañas humanas que más me han fascinado: lo de Scott y su muerte y lo de Shackleton y su Endurance.
Aquí hay sobre todo ropa. Calzado y material usado en aquellas expediciones y en algunas actuales.

También hay una sección dedicada a los problemas causados por las especies invasoras en Nueva Zelanda. Allí veo unas comadrejas disecadas, esos animales que tanto les preocupan y que yo no había visto en mi vida, pero es que aquí, según ellos, hay unos 70 millones de esos bichos. Que dicen que tocan a unos 20 por cada neozelandés. Que a mí no me salen las cuentas: si son 4 millones y medio, más o menos, me dan 15 bichos. Que tampoco está mal. Además, eso de 70 millones me parece muy poco exacto. Como se nota que a los de la “Agencia” el tema de los “possums” no le importa, porque sino en su informe diría algo así como que “la población estimada en junio del 2017 es de 56.324.513 ejemplares”. De todas maneras ya estoy empezando a preocuparme pues hasta ahora no he visto ninguna y el día que estadísticamente me toque encontrarme con una comadreja si tardo mucho en lugar de una igual me salen 353. Y eso debe acojonar un poco.

Me paso el post hablando de los “possums” como “comadrejas” y realmente no tienen nada que ver. Los primeros se llaman en castellano “falageriformes” y son marsupiales, y las segundas son mustélidos.
Pues bien aquí explican que los “possums” fueron introducidos desde Australia para aprovechar sus pieles y las comadrejas para controlar la población de conejos que era un gran problema al alimentarse de los pastos del ganado. Pero los mustélidos casi acaban con poblaciones enteras de pájaros que al no tener depredadores terrestres apenas volaban o vivían sobre todo en tierra. Así el kiwi, el ave nacional, es devastado por el armiño (otro tipo de mustélido), los más numerosos de este grupo, que matan al 60% de los polluelos de la isla norte cada año. Si a ello añadimos el resto de depredadores solo el 5% de los nuevos kiwis sobreviven.

Ayer dije que tenía un compañero de curso con cara de mustélido. ¡Pobre chico! Pues fue un error, que hoy al ver lo dañinos que son en el ecosistema neozelandés no volveré a pensar así de él.

Hay una gran sala en este museo dedicada a las aves del país. Hemos aprovechado para catalogar algunas de las que Marisa ha fotografiado estos días como un cormorán moteado, Stictocarbo punctatus, de la excursión en el barco correo y a una gaviota vista en una fuente de Wellington, la Larus novaehollandiae scopulinus.

Tienen también un pequeño apartado de paleontología y Marisa se hace una foto al lado de una cabeza monstruosa de un Triceratops para enviársela a mis nietos, grandes seguidores del mundo dinosaurial. Me sorprende que en la cartela informativa a lado de la palabra “carnivore” esté escrito entre paréntesis “meat eater”. Creo que en España (y en Francia) todos los niños a partir del tercer biberón son capaces de relacionar esa palabra, “carnívoro”, con la dieta de carne, pero en inglés se lo tienen que explicar. Bueno, quizás ocurra lo mismo cuando en un museo nuestro digan de un animal que es “ictiófago”.

Una excentricidad de este museo es una exposición dedicada a otra extravagancia: reproducir algunas habitaciones de una casa que estaba totalmente recubierta de conchas en su interior.

Fue obra de una pareja de la que se proyecta un vídeo donde explican como llegaron a esa situación. Es algo muy tierno pero que no deja de ser eso, una excentricidad.

Acabamos la visita con un recorrido por una reproducción de una calle como debería ser Christchurch en el siglo XIX.

Está muy bien representada y Marisa ha hecho un montón de fotografías.

Una de las estrellas de esta sección es una bicicleta de esas con una rueda delantera enorme donde te podías subir y el personal se fotografiaba.

Una de las cosas más curiosas ha sido una casa de muñecas enorme que tenía la hija de los dueños de un hotel en el siglo XIX y que se enseñaba a los huéspedes el alojamiento. Durante el terremoto del 2010 esta casita sufrió daños parecidos a las casas de verdad y así se muestra con cacharros de cocina por los suelos, sillas caídas, lámparas descolgadas…
Y es que el terremoto está presente en todos los aspectos de esta ciudad.

NB
Seguramente por ser domingo había muchos niños en el museo, pero a pesar de ello y de que tienen muchas piezas curiosas, vaya, de las que los niños pueden tener ganas de coger, solo había dos vigilantes dando vueltas por allí. Otra muestra del civismo del personal.

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