31. Bali y Lombok 2015. 24 de septiembre, jueves. Decimoséptimo día de viaje. De Tirta Gangga a Pemuteran.

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Nos da pena marcharnos de aquí, donde hemos estado tan a gusto en el hotel y donde hemos visto paisajes tan preciosos y escenas humanas tan interesantes.
Ahora que escribo “escenas humanas” me suena raro.


Es como cuando intento que mis nietos vean una película que no sea de un gato gilipollas, unos crustáceos estúpidos capitaneados por un porífero más memo todavía o un enano japonés con gafas, tonto del culo y entonces me preguntan: “¿es con humanos?”. Así como para nosotros las películas con dibujos animados era un género lo es para ellos: “películas con humanos”.


La mañana se presenta estupenda aunque tenemos varias marcas importantes en el cuerpo que creo que son picaduras de unas hormigas cabronas a las que debimos pisar el hormiguero en nuestro paseo de anteayer. Nos subieron por las piernas y las fuimos liquidando conforme notábamos su picadura y eso duró más de una hora. Hoy salen los resultados. Y además en mi caso, vaya en mi hombro, siguen las espinas de los cactus de Padangbai. Apenas duelen pero los noto al ponerme la camisa.


Desde Tirta Gangga queremos ir a Pemuteran que está en el extremo noroccidental de la costa. En la guía dice que hay autobuses que salen de Amlapura, la capital de este distrito de Karamgasem y que está a solo 6 kms y desde allí hasta Singaraja, la capital de la costa norte. El problema de esa ciudad es que tiene tres estaciones de autobuses y que deberíamos cambiar de una a otra para ir a nuestro destino.
La dueña del hotel nos dice que pasa un autobús cada hora y que solo tenemos que levantar la mano cuando pase por delante del hotel. Hemos esperado media hora y durante este tiempo hemos comprobado como la familia se afanaba en la limpieza de la “homestay”; nada que ver con la desidia del hotel de Senggigi.
También ha aparcado una furgoneta de reparto de huevos. Por supuesto sin ninguna refrigeración para la mercancía, pero lo gracioso es que tampoco la llevaba sujeta de ninguna manera.


Al cabo de media hora ha aparecido un autobusillo que iba lleno hasta los topes de menesterosos y señoras mayores. Vaya, el personal que no puede ir en moto y en el caso de las “suegras”, las que no están espantando a los pájaros.
El cobrador nos sube las mochilas a la baca y así he logrado al final poder utilizar el escaso transporte público de esta isla.
La dueña del hotel no conocía el precio del billete y la primera tarea es averiguarlo. En los países donde no te dan billete al pagarlo y donde piensan que el turista es un pájaro al que hay que desplumar, hay una gran picaresca. Generalmente intentan no cobrarte hasta el final y a hacerlo sin testigos que les puedan afear la conducta, así que yo intento que me digan el precio en voz alta delante del personal.
Primera constatación: en este autobús de 26 asientos y 40 pasajeros más niños, nadie habla una palabra de inglés. Segunda constatación: el conductor es el tío más ignorante de la isla: no conoce el precio del billete. Que se lo pregunte al cobrador. Este se resiste hasta que en una parada el acompañante de una nueva pasajera se lo pregunta: 50 mil. Pues todos íbamos al mismo sitio y nadie era capaz de decirme cuanto costaba.


A mitad de viaje suben un par de chicas jóvenes occidentales y así me entero que ese autobús va hasta Gilimanuk en la punta más occidental de la isla, más allá de mi destino. Así que no tendremos que hacer trasbordo. Normalmente en la guía hay un plano de cada ciudad referenciada pero de esta no o lo había así que ayer busqué un hotel importante cerca del que queríamos ir y le he pedido al conductor que nos dejase allí. De esta manera hemos tenido un viaje de puerta a puerta.
Al comienzo del viaje la carretera atraviesa unos campos de arroz preciosos. Yo diría que incluso más bonitos que los famosos de Jatiluwih. Es una carretera sinuosa que luego desciende hacia la costa norte de la isla y pasa por unos terrenos áridos bastante feos, aunque hay que tener en cuenta que ahora estamos al final de la época seca e imagino que con las lluvias aquello se transformará en un paisaje verde. O quizás no, pues es la parte final del Gunung Aung y quizás sean terrenos que procedan de alguna erupción. Luego cuando llegamos a la costa se parece a una carretera india, donde hay una casa detrás de otra a lo largo de la calzada formando una hilera sin solución de continuidad. Detrás de las casas algunas palmeras y si hay campos de labor deben estar mucho más alejados y no se ven. A veces esa fila de casas se transforma en un pueblecito pero todo es igual de polvoriento y sin ningún encanto. Quizás ocurra como en los campos: cuando lleguen las lluvias se llevarán el polvo de los caminos y limpiará las hojas de los árboles y todo lucirá en su esplendor. Pero también puede ocurrir que el polvo y la tierra se transformen en barro y aquello sea un lodazal.
De vez en cuando un montón de coches aparcados en la carretera y en una ocasión a ambos lados: parece que están celebrando una boda. Entonces se forman grandes embotellamientos pero la gente debe pensar que hoy por ti y mañana por mí, pues nadie parece molestarse. Otras veces colocan obstáculos separados unos 40 metros delante de la casa engalanada.
Y por primera vez en este viaje veo un establecimiento industrial: una central eléctrica.
Así llegamos a Pemuteran en algo más de tres horas y tenemos la suerte de dar pronto con el hotelito que buscábamos que está en una pista de tierra a unos 50 metros de la carretera y que ha resultado junto con el de Denpasar el mejor del viaje y el de mejor relación calidad/precio.
Vamos a comer a uno de los restaurantes de referencia de la guía. Marisa pide cerdo con vegetales insistiendo que queremos vegetales pero sin arroz. Pues lo traen con arroz. Le explico a la joven que arroz no, que solo vegetales. Así 4 ó 5 veces. Sonríe, se va pero dejándonos con el arroz. Cuando estamos marchándonos aparece con otro plato de cerdo y vegetales y sin arroz. Lo que es no saber idiomas. Y lo digo por mí.
Descanso en el hotel y al final de la tarde paseo hasta la playa para ver la puesta de sol que en este caso no es sobre el mar sino sobre unas colinas.
Ya he hablado en alguna ocasión de nuestra pequeña cámara Sony con GPS y con cambio automático de hora y el problema que tuve en Sri Lanka por este motivo. Pues esta tarde en la playa me sale un mensaje diciéndome que me ha cambiado a la hora de Yakarta y así descubro que Indonesia tiene tres husos horarios y al estar ahora tan cerca de la isla de Java (que los indonesios pronuncian “Yafa”) le ha adjudicado la hora de allí, una hora menos, aunque toda la isla de Bali administrativamente esté con una hora más. Maravillas y problemas de la tecnología.
Delante de un templete hay dos fieros leones y les han colocado unos trapos rojos por la cabeza que parecen barretinas. Seguro que le encantarían al Sr. Más.


Oigo rezos islámicos por allí y a un fornido balinés que me saluda le pregunto si hay alguna mezquita cercana. Me dice que sí y que por aquel entorno hay algunos musulmanes. Le digo que dentro de 20 años serán mayoría. Me contesta que él es hindú y que no, que no lo serán. El joven que nos ha atendido en el hotel también me ha dicho que los musulmanes venían de Java, que no eran balineses y por la expresión de su rostro he visto que no le gustaban mucho. Parece que estos días solo le gustan a la Sra. Merkel.


Se nos hace de noche en el paseo y volvemos a la carretera a buscar un restaurante para la cenar. Una cena estupenda.
Regresamos al hotel y tenemos dos sucesos relacionados con la maravillosa habitación.
Al entrar esta noche hay una especie de montículo como un delgado cigarrillo de unos 5 cm que se hubiese consumido de pie y está con muchos bichitos que parecen hormigas pequeñitas casi transparentes. Como el otro día vimos una cagada en la habitación de otro hotel que resultó ser de un dragoncito he pensado que quizás esto también era un producto de otro animal y que se lo estaban comiendo los pequeños bichos. Llamo al recepcionista y me dice que son carcomas; lo coge con la mano y respetuosamente me pregunta si se lo podía llevar. Yo creo que más que carcomas eran del tipo termitas pues he visto alguno otro y parece que están debajo de las baldosas. Una situación cojonuda para alguien que sea insectífobo: dormir pensando que debajo de tu cama hay miles de bichos comiéndose el suelo.
El otro evento ha sido más gracioso: esta tarde en el descanso he oído una especie de medio lamento, como de respiración fuerte y pienso que Marisa se ha quedado dormida y lo producía ella, aunque no lo hace nunca. Pero esta noche mientras escribo y Marisa lee, vuelve a suceder de forma mucho más nítida. Marisa cree que hay algún animal en la habitación pero allí no hay forma de que se esconda en ningún lugar excepto en el dosel de la cama pues esta dispone de uno precioso para sujetar la tela mosquitera.


Con la ayuda de un bastón de los de andar le doy a todo el techo del dosel pero no sale nada ni nadie. Al cabo de un rato y quizás por tener los sentidos más alerta lo volvemos a oír pero mucho más claro. No podemos pensar en dormir con aquella “amenaza”. Nueva búsqueda hasta que me percato de que encima de una repisa de nuestra habitación hay una especie de jarroncito que no es un adorno sino que en su interior hay un espray con un reloj y suelta un chorro de aromas de vainilla cada tantos minutos.


Hay que decir en descargo de Marisa que este cuarto de baño, enorme y precioso, es del tipo de los de Gili Air: en la parte trasera hay una enorme y bonita ducha con un montón de vegetación y sin techo o sea que sí podía albergar a cualquier animal que volase o se desplazase por las paredes. Cuando te duchas tienes la sensación de que lo haces en medio de la selva: como en una peli de Tarzán.
Misterio resuelto.

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