32. Japón 2015. Décimo quinto día de viaje.13 de marzo, viernes. Hiroshima. Parte primera.

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 Por fin parece que el mal tiempo desaparece: hoy la previsión es buen tiempo por la mañana, o sea soleado, y nublado por la tarde pero sin la temida lluvia. Lo que no sube es la temperatura: sigue siendo fresca, quizás unos 10ºC de máxima. A pesar de todo nos encontramos con algún joven occidental al que deberían haber impedido la entrada en este país tras hacerles pasar un test psicotécnico. Porque con menos de 10ºC y con un vientecillo que hace que la sensación térmica sea de bastantes menos grados y en un país donde el 97,5% de los varones adultos llevan traje oscuro tú no puedes ir con pantalones cortos, una camiseta de tirantes, por supuesto con el inevitable tatuaje en un hombro, y una gorra de beisbol. El macarra debía ser neozelandés pues ante un mapamundi señalaba ese país a su compañera con la punta del pie.
Macarrez añadida: en Asia lo peor que se puede hacer es señalar algo o alguien con el pie.
Observando al personal he descubierto que en este hotel los únicos que comemos pan de molde con mantequilla en el desayuno somos nosotros. El resto se dedica solo a lo salado: arroz, ensalada, dimsum, un par de cosas desconocidas (para nosotros, claro) muy buenas y la inevitable y rica sopa. También he descubierto que la gente es muy ceremoniosa y amable cuando es su trabajo, como en los dependientes, camareros, recepcionistas,…lo que está muy bien ser tratado así o cuando tienen una relación laboral o de amistad, pero sino es como si no estuvieses. Así, si coges un ascensor nadie te dice nada ni al entrar ni al salir. Ni te miran. Lo mismo en el comedor aunque sea un sitio pequeño como en un ryokan: los comensales entran, se sientan, comen y se van y nadie dice ni una palabra al resto. Y eso me parece perfecto: eres amable y cariñoso con tus amigos pero ¿por qué con el resto del mundo? Porque nosotros muchas veces pecamos por lo opuesto: sumamente educados con el desconocido y terriblemente descorteses con los conocidos.
Otra particularidad: todos los coches son nuevos, no hay coches no japoneses (en 15 días he visto dos Mercedes y dos VW en Kotohira), ni todoterrenos. Y el 93,8% de los coches son medianos y pequeños. Otra: el 75,3 de los japoneses llevan gafas, lo que contrasta con el 1% que lo llevaba en Sri Lanka.

Y no hay gordos. Muy pocos. Es más fácil encontrarte con un occidental obeso (y todavía más fácil obesa) en una ciudad como Kioto o Hiroshima que con uno japonés. Y si tienes en cuenta el escaso número de occidentales (no lo he calculado con exactitud) en relación con el de nacionales ya ves que es una población poco voluminosa. Lo compruebo con datos de la Agencia: el 3,5% de la población es obesa; en España el 26,5. O sea que ellos están más bien alineados en este parámetro con los países donde no hay obesidad porque no pueden comer.
Y antes de salir del hotel la última observación y advertencia: un letrero avisa que el ascensor tiene una cámara de seguridad. Y siempre piensas que esas cámaras las controla un departamento especial o bien que en sitios pequeños como éste lo hace el personal de recepción. Pues bien, en este hotel la pantalla que muestra lo que esa cámara capta está encima de la puerta del ascensor de la planta de entrada. Así que mientras esperas puedes ir viendo quien va y qué hace en esa caja. Te lo advierto por si eres un tío fogoso o simplemente cariñoso que va con su novia en el ascensor y no puedes evitar darle un achuchón: te han visto todos con los que te cruzas al salir del ascensor.
En la calle un registro de hierro en el suelo con dibujos y colores.

Hoy vamos a visitar el parque de la ciudad dedicado a la bomba atómica. Vamos en un tranvía (aquí en Japón “streetcar”) y en la parada le pregunto a una señora si esa es la dirección en la que queremos ir. La señora que no habla una palabra de inglés me dice que sí y cuando subimos les dice a un par de jóvenes japonesas, que debían ser turistas pues andaban con un folleto de la ciudad, que ella se bajaba antes pero que nos avisasen a nosotros cuando debíamos apearnos. Todo eso me lo he imaginado visto como se han desarrollado los acontecimientos. ¡Mira que hay gente amable!

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