El desastre de Fukushima ha logrado crearme una paradoja. Soy más pronuclear y más antinuclear que antes de ocurrir el terremoto.
De una parte, parece bastante razonable pensar que la tecnología nuclear, al menos cuando se ejecuta en un pais competente como Japón es suficientemente segura. La palabra clave es suficiente, porque los fundamentalistas que desean la seguridad total nunca explican cómo se consigue esa seguridad en la vida humana. Han tenido que darse de forma consecutiva dos de los fenómenos más destructivos de la historia registrada, para que falle la central de Fukushima produciendo un gravísimo peligro y aún con todo no es la tecnología en sí sino consideraciones ligadas a las decisiones de inversión, como la localización de la central, las causantes del daño. Está claro que hay que revisar muchos aspectos de la construcción de las centrales nucleares, pero deducir de la catástrofe de Japón, que el cierre de Garoña es una decisión acertadísima porque evita el próximo y probable tsunami de Burgos es un gran salto que sólo pueden darlo quienes salen beneficiados de darlo, los ecologistas a la violeta y los amigos de otros grupos de presión, sostenibles o no. Porque con motivo de Fukushima ha aparecido en la prensa muchas veces la expresión «el lobby pronuclear», pero todavía tengo que ver por primera vez similares expresiones referidas a grupos de presión que operan con alegría en España y que consiguen su propósito a juzgar por mi tarifa eléctrica, sus alzas exageradas y sus déficits tarifarios incontestables.
Sin considerar los extremismos de quienes desean el cierre inmediato de todas las nucleares, que no confiesan simultáneamente su ambición de regresar a la Edad de piedra.
Tengo claro que la tecnología nuclear debe ser tenida en consideración en la solución de los problemas energéticos de un país como España con escasos recursos propios, pero se me abren las carnes al pensar en la realidad de un desastre en una de nuestras centrales. Si hemos visto en Japón un comportamiento estóico en la población afectada y heróico en quienes están en torno al arreglo de los deterioros ocurridos en la central y a la evitación del empeoramiento de los daños, no puedo pensar en que se diese algo equivalente en España, sino mucho peor. Cuando estamos acostumbrados a hacer trampas hasta en la cola de la panadería, a la discrecionalidad en el trato de los responsables públicos y al escaqueo en el cumplimiento de las obligaciones en general, no querría comprobar esas actitudes en un momento en el que la muerte estuviese acechando a gran escala.
Por lo dicho me temo que voy a continuar siendo proyantinuclear, soportando tarifas eléctricas disparatadas a cuenta de nuestros lobbys amigos y agradeciendo que no se den tsunamis en Burgos ni en Tarragona.