38. Delhi, primera parte.

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Haciendo pastelitos.Ayer al llegar a la estación recibí la primera impresión de esta ciudad: fue buena. Hoy la segunda no ha sido tan buena.

Cuando ayer el recepcionista del hotel  nos enseñó la habitación le recordé que el año pasado nos despertó muy temprano el canto de un humano. No recordaba su afiliación pero sí que era religioso. “No problem. Esta habitación es muy tranquila y sin ruido”.  Pues era verdad: tranquila y sin ruido hasta que a las 6 de la mañana  un brahmán de un templo hindú cercano se puso a rezar y a tocar la campanilla y no paró hasta las 7. Pero es que no paró ni un segundo. Reanudó la tarea a las 7:30 y ya no sé cuando acabó. Y por supuesto con la ayuda de un altavoz. Que ése ha sido el peor adelanto que le ha proporcionado la técnica a la religión (en contra de librepensadores, laicos, seculares, agnósticos y otras raleas parecidas).  Porque si tuviese que hacerlo a pulmón se le oiría en menor distancia y sobre todo durante mucho menos tiempo.  Y como me tuvo maldiciéndole una hora mis pensamientos me llevaron a España y me percaté de que sin llegar a ese extremo también las voces de la religión llegan a donde no debían llegar. ¿No somos un país laico y aconfesional?  ¿Qué hacen en España las procesiones y el voltear las campanas?  ¿Y el folclore de la Semana Santa? Claro, que eso debe ser “ancestral”. Pues más ancestral es el hinduismo. Así que buscamos otro hotel. El recepcionista se cabreó e incluso se atrevió a decirme que es que me había buscado otro más barato. Como lo de las procesiones: lleva tantos años oyendo al brahmán  por las mañanas que debe considerar que es lo normal. Pues no.

Pero gracias a los cánticos matutinos hemos descubierto un par de establecimientos  que pueden convertirse en nuestros hoteles de referencia aquí, en Delhi.

En la calle también se plancha.

Nos vamos hasta Connaught Place, C.P.,  para una gestión y por el camino saludo al que Marisa llama “el cojo de Carmen”: un señor que se mueve solamente en una silla de ruedas, así que más que cojo es lo que en mi pueblo llamaban un “impedido”  y que no sé cómo se llama técnicamente, pero que a pesar de esa circunstancia el tío tiene un puesto callejero de té y siempre con clientela. Y podría volver a escribir lo que dije cuando me encontré con la chica coja en Darjeling: ése sí es digno de admiración y no el que es capaz de pegarle (aquí en la India) con un palo a una pelota y que por ese hecho se convierte en el ídolo de las multitudes.

Antes al llegar a C.P. pasábamos por los más grandes meaderos callejeros de Asia pero ahora han puesto unos lavabos públicos nuevecitos  y parece que ya nadie lo hace en la calle. O por lo menos ya no huele tanto. Error. Cuando están cerrados la gente sigue haciéndolo en la pared al lado de la puerta.  ¿Por qué esa fijación por ese lugar en concreto? Porque lo podían hacer por todo Delhi: pues no, allí todo el personal, en el mismo sitio. Puede que también sea algo “ancestral” (palabra que sirve para justificar acciones injustificables), o que sea algo de tipo fisiológico, no el acto o la necesidad de orinar (además que solo les ocurre a los varones) sino de algún mecanismo que hace que al oler aquella peste el personal tenga una necesidad imperiosa de aliviar la vejiga.

¿Sabes cómo llaman a esos habitáculos?: “Free urinal block”.  Por si tienes que preguntar por ellos.

También hay ahora más pasos de cebra en C.P. pero los conductores indios no los ven. Vaya, que no los han visto nunca y no van a verlos ahora. O sea que te juegas el pellejo al cruzar por uno de ellos.  Y lo más gracioso es que en el único semáforo para peatones que hay, o que yo conozco en la zona norte de esa plaza, allí no han pintado el paso de cebra. Y sigues jugándote el pellejo esperando que los primeros 50 coches que llegan con el semáforo en rojo paren, que no paran, antes de lanzarte a la calzada. Y es muy gracioso ver como los peatones levantan los brazos como para indicar que pasan o quizás para decir que nos rendimos.

Y a C. P. le pasa como a la estación de ferrocarril: la han remozado toda. Ahora los edificios da gusto verlos,  por lo menos por fuera. Y encima han recuperado las letras de los bloques que son las que te sirven para orientarte en ese endiablado laberinto.  Pero lo que sigue igual son los “ganchos”.  Algunos lo hacen bien y enseguida se dan cuenta de que no vas a “tragar” y abandonan  pero otros son tan patosos…

Resulta que ahora en Delhi están muy preocupados por el aspecto que tendrá la ciudad para los extranjeros  así que se han sacado la “Delhi Prevention of Touting Malpractice against Tourist Ordinance 2010”. A los “ganchos” que cogen les cae un año de cárcel ó 10 mil rupias (unos 170€ al cambio actual) o ambos.  Y si repites te expulsan (¿te destierran?) de la ciudad durante un año.

Dicen que desde los Juegos de la Commonwealth han arrestado a cientos en Delhi y que el robo, el mayor delito en las calles de la ciudad ha bajado el 19,61%. No sé quien dice eso pero me he encontrado con los mismos de siempre aunque ahora sabiendo lo de la “Ordinance”, a uno muy pegajoso le dije que fuésemos a preguntarle a un policía por una información  que se empeñaba en darme sin haberle yo preguntado. Rápidamente desapareció.

PS

En Delhi siempre entro en internet y un día me encuentro un “gmail” abierto. Tentado estuve de hacer alguna putada pero al final me contuve. Al día siguiente me encuentro otro que se ha dejado abierta una aplicación de una “red social” con una fotografía de un señorito muy en pose de guapo. Y ahí ya no puede resistirme y  le escribí un mensaje de amor. Espero que no haya provocado una crisis.

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3 comentarios to “38. Delhi, primera parte.”

  1. otra Marisa Says:

    Pero ¿le dejaste foto?

  2. Al de la India Says:

    Bueno no soy un usuario de esas “redes sociales” pero imagino que el o la receptora tendrían en su usuario un mensaje de amor con la foto de aquel señorito.

  3. otra Marisa Says:

    No me extraña que tengas pesadillas y creas que la policía de la India te persigue… Si no lo hace, al menos lo mereces.

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