37. De Kalimpong a Delhi, tercera parte.

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Delhi, estampa eléctrica.Seguimos solos el viaje hasta que entra un pasajero y nos pide permiso  para conectar el teléfono.  La Renfe india promociona en todos los lugares la carga de esos aparatos. Así los hay en las salas de espera y también en los departamentos de los vagones.  Como solo hay dos enchufes  imagino que los de su departamento están ocupados. Es joven y me dice que es policía del CRPF y que está en Nagaland, uno de los estados del noreste. Se sienta cerca de mí y al poco aparece otro CRPF amigo suyo. Y también se sienta. Cogen mi equipaje, el que había colocado como barrera para “proteger” mi sitio –a pesar de que estábamos solos en el departamento- y lo mueven para sentarse mejor. (Aquí ves una transgresión de mi cuarto consejo). Y es que no puedes estar vigilante todo el tiempo pero en cuanto te descuidas ya te han invadido. Eso sí,  en plan de buen rollete.

Pues el CRPF se ha ido, ha vuelto y al final se ha quedado cargando el teléfono y se ha sentado a mi lado esperando la ocasión para hablar conmigo. A la primera oportunidad lo hace y entonces lo tengo ya casi encima. Tanto que lee lo que he escrito y se sorprende de leer “Nagaland”. Y es como si me hubiese cazado in fraganti. Le he tenido que decir que escribo sobre la guía de viajes que tengo al lado.  Sexto consejo: en un tren no creas que vas a mantener la intimidad de lo que lees o escuchas. Te pueden leer con toda tranquilidad o desfachatez -según nuestras normas culturales pero parece que no las suyas-  tu libro, periódico o diario como en mi caso.

Resulta que es de familia de brahmanes de Rajastán y que  su familia –que por supuesto son todos de la misma casta-  son los responsables de un grupo de templos de su ciudad. Está casado y tiene un niño. Cuando nos intercambiamos las informaciones familiares se sorprende que mi hijo no esté casado, pues en Rajastán  se casan alrededor de los 20 años.  A mí también me sorprende, pero para tranquilizarle le digo que es que en mi país es diferente.

Le digo que en Sikkim he visto la ITBP, Indian Tibetan Border Police, pero no a los CRPF. Según él la diferencia es que los otros tienen la “B” de “border” y ellos no. He estado a punto de decirle: “pues mira no me había dado cuenta”. Y pregunta mía estúpida: “¿Cuál de los dos es mejor para trabajar?”. Pues “su” policía, por supuesto.   “¿Por qué?”. “Pues porque nosotros luchamos y ellos no”.   Y me explica contra quienes luchan. Logro entender los grupos que ya conocía; de los otros, nada.

Le pregunto la proporción de religiones que hay en la policía, aunque lo que quería preguntarle era si no había discriminación por esa condición, pero si me hubiese entendido seguro que me dice que no. Así que me pide un papel escribe 100 y empieza a poner los porcentajes: 60 hindúes, 15 musulmanes, 15 budistas, 15 cristianos y 15 no sé.  De repente se da cuenta de que se ha pasado del 100 y rápidamente rehace las cifras. Pocos hindúes me parecen y muchos musulmanes aunque cuando se lo digo resulta que engloba en éstos a los sijs.  No creo que a los sijs les hiciese ninguna gracia.  

¿Cómo vive su familia en su pueblo? Pues todos en la misma casa: la “suya”, me remarca. Su mujer,  su hijo, sus padres, sus hermanos,…en total 10 personas. Y me dice que eso es lo que hay que hacer: vivir todos juntos.  “Porque esa es la costumbre de mi pueblo”. No se lo digo pero él  da mal ejemplo: se va a Asam (al final ha resultado que estaba en ese estado y no en el que me había dicho al principio) a más de dos mil kilómetros de su hogar. Eso sí, se queda sorprendido de que mi familia esté desperdigada.  Podía haberle dicho como él: que ésa es la costumbre de mi pueblo.

Le pregunto y me dice que su mujer también  es de familia de brahmanes y es una pregunta tan estúpida que no la entiende y se la tengo que repetir varias veces. Por supuesto, me dice, que un brahmán solo se pude casar  con una mujer del mismo nivel, o sea “brahmana”. Como quiero saber si esa condición se adquiere por herencia patrilineal le pregunto si un brahmán se casa con una mujer que es de familia no brahmán si ella adquiere la condición del marido. Y eso ha sido casi imposible que lo entendiese porque siempre me respondía que eso no era posible.  A base de insistir y de dibujarle una señora y un señor al final me ha dicho que eso no era posible en su pueblo pero sí en Delhi y que entonces la señora era también brahmán. No le he preguntado por el caso contrario porque creo que su cerebro ya se ha agotado pensando en la anterior posibilidad. Lo curioso es que ha sido él quien, al conocernos, me ha hecho constar su condición de “pandit” sin preguntárselo yo.

Y el tren va adquiriendo un retraso que no te lo puedes ni imaginar porque hemos salido 45 minutos tarde pero aunque no debería haber parado desde las 6 de la mañana no deja de hacerlo para dejar pasar a otros trenes.

En una de estas paradas ha subido un chaval que ha limpiado nuestro vagón. Al final nos pide una propina. El brahmán- policía le da una rupia. Más tarde he visto a dos empleados, mozos del vagón restaurante, pidiéndole dinero al chico: pura extorsión.

El jefe de los camareros me pide que redacte una carta con lo que me ha pasado y que él cuando vuelva la llevará a la estación donde subieron los que me robaron. Para ellos, además del baldón que supone que alguien haga eso en el tren, imagino que también es una competencia, no sé si desleal o no, cuando suben a vender comida en el tren desde las estaciones por las que pasa. Así que escribo la carta de queja.

El tren para tantas veces que algunos se bajan a mear en los campos adyacentes, imagino porque en el tren hace horas que no funciona –se ha agotado-  el agua de los lavabos y retretes. Claro que yo no sé si lo haría porque estás en medio de la micción, el tren arranca y te meas encima o pierdes el tren, aunque estos indios que lo hacen deben tener mucha experiencia y quizás pueden controlar los esfínteres a mitad de la acción.

Nuestro amigo brahmán y policía sigue queriendo hablar con nosotros:  cuando llegue a casa,  cosa que no ocurre desde hace tres meses, va a dedicar dos días a comer, dormir y a recibir masajes que le va a dar su señora. Porque, como dice con frecuencia, “ésa es la costumbre de mi tierra”. “¿Y en España tu mujer no  te da masajes?”. “Pues no”. Me hubiese gustado explicarle la imagen de la esposa en los tebeos de los años 50 que estaba detrás de la puerta esperando al marido  con el rodillo de la cocina dispuesta a darle un garrotazo cuando entrase un poco bebido.  Pero ni mi inglés, ni el suyo, daban para tanto y al final hubiese podido entender algo extraño.  Por cierto que lo de la bebida me lo pregunta un par de veces: que si bebo, que qué bebo, que cuando lo hago…En la India soy prudente contando mis tendencias alcohólicas pues en según qué ambientes es algo terrible. Séptimo consejo: en este país para alguna gente el alcohol es como una droga ilegal y que conduce a la depravación física y moral. O sea que ten cuidado lo que dices. Me explica que él bebe “RUM”, que dice que significa “remedio no se qué medicinal”. Pero que solo hay que beber 25 centilitros aunque otras veces me dice que  50 ó 75.  Que es bueno para el cuerpo y que te hace sentir mejor.  ¡Y tanto! Al final me dice que a él lo que le gusta es la cerveza y que no es malo  beber dos o tres. Piensa que lo habitual son la cervezas de dos tercios  ¡Vaya con el brahmán!

Y así como llegó se ha ido: una de las veces que salgo del departamento al regresar ya no está. Debe haber cargado ya la batería de su teléfono.

Aunque parezca mentira vamos parando en medio de la nada y cada vez llevamos más retraso: teníamos que llegar a la 1 de la tarde y llegamos a las 8. ¡Siete horas de retraso en un tren que oficialmente solo para en tres estaciones desde NJP hasta Delhi! Y me afirmo en mi pensamiento de que este país no puede funcionar. Porque no estoy hablando del Yemen o de Birmania. Quizás la India tenga la red ferroviaria más grande del mundo y casi seguro que es la que tiene más empleados y también que algunos de esos empleados son los que menos trabajan del mundo pero lo peor es que la gente está tan acostumbrada y resignada que nadie dice nada. Se echan largos en las literas y piensan que en algún momento llegarán.

Y lo malo para nosotros es que como pensábamos llegar al mediodía no tenemos nada reservado; lo hacemos de noche aunque afortunadamente conocemos la zona a la que vamos a dirigirnos para buscar hotel. O eso nos parecía, que la conocíamos, porque resulta que aunque el interior de la estación del ferrocarril es la de siempre, con tal cantidad de gente que no te la puedes imaginar, que te arrollan sin decir nada del tipo “sorry” y que te golpean con sus bolsas  y maletas, por supuesto también sin un “sorry”…pero salimos al  exterior  y resulta todo nuevo. Pero “nuevo de trinca”.  (¿Habrá desaparecido esa expresión del léxico diario? Yo ya no la oigo). En lugar de arreglar los servicios,  los andenes, facilitar el movimiento de los pasajeros, racionalizar la venta de billetes para que no se formen esas largas colas en las ventanillas…Pues no: una fachada nueva. Pero lo peor, o lo mejor, es que al barrio que nos dirigimos, que es el que está enfrente de una de las salidas, ha cambiado totalmente, por lo menos su entrada; que pensé que me había equivocado.  Eso sí lo tienen de bueno o de malo, depende de donde te coja: en urbanismo hacen una cirugía radical. Imagínate una calle de 4 ó 5 metros de ancha que es la arteria principal de este barrio, llena de casas de 3 ó 4 pisos de altura y con algunas de 7 u 8 y con tiendas en todas las plantas bajas, y deciden ensancharla. Pues como si hubiesen cortado las casas,  que las han cortado pero no tirado.   Y así la han ampliado 2 ó 3 metros por cada lado.  Un señor me ha dicho con una gran exclamación: “¡Hasta 15 pies han retrasado algunas casas!”. Además han arreglado el pavimento, algunas casas “cortadas” las han acabado de reparar   y están mucho mejor,  aunque otras han quedado como si hubiesen sufrido un bombardeo.  Pero el resultado ha sido muy bueno.  Lo único que no han solucionado ha sido el problema de las vacas. Siguen pastando por aquellas calles una docena de ellas. Y son las vacas más cagonas de todo el país. Lo dicho: no tiene solución.

Llegamos al hotel, tenemos habitación y nos vamos a cenar al restaurante al que vamos siempre.

Ya estamos en Delhi última etapa de nuestro viaje. En los 1.500 kilómetros desde NJP hasta aquí, con tres paradas, “solo” hemos tardado unas 30 horas.  

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