36. De Kalimpong a Delhi, segunda parte.

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Distribución de agua en KalimpongNuestro tren ha salido de Guwahati  a las seis de la mañana  y ésta estación, NJP,  es la tercera parada de su recorrido en 425 kilómetros pero llega con una hora de retraso. En otras estaciones importantes, y ésta lo es,  hay letreros luminosos que indican donde se va a colocar tu vagón pero no aquí.  Así que cuando llega el tren, que es larguísimo,  nos lanzamos como locos en su busca. Pues no acertamos ni con el primer vagón, ni con el segundo, hasta llegar al tercero. Y aquí el segundo consejo: si vas cargado, que irás, no subas hasta que no sepas que ése es tu vagón. Moverte con tu equipaje por el pasillo de un vagón atestado de viajeros y más cuando suben y buscan su sitio es una verdadera putada. Grande.

A cambio de estos sinsabores descubrimos que tenemos los dos asientos (literas) en el mismo departamento a pesar de que cuando nos lo vendieron en Calcuta nos dijeron que las dos estaban en el  piso inferior, pero separadas: una en el departamento y otra en el pasillo.  Y puede parecer una cosa poco importante pero ha sido una gran alegría pues el viaje va a durar  23 horas y media. Eso si no se retrasa más.

Así que nosotros tenemos las dos literas inferiores y las superiores van ocupadas por dos señores que clasifico como policías o militares.  Y aquí viene el tercer consejo (que  ya lo he escrito otras veces): si vas solo pide siempre litera inferior y  si vas en pareja (lo ideal) una arriba y otra abajo.   Como las inferiores, “lower bed” (“lb”) las reservan para los abuelos, y tú eres joven, no sé cómo te irá. El problema es que los indios son grandes dormilones y se pueden pasar el viaje largos en su litera. Si el pasajero indio está en la superior, “upper bed” (“ub”),  pues tú tienes  el largo asiento de la “lower bed” para ti solo casi todo el viaje, pero si es al revés vas jodido pidiendo todo el rato que te dejen sentar a no ser que sepas hacerlo en tu litera superior  con las piernas cruzadas como ellos; pero pasarse así veintitantas horas en la litera de arriba…

En este viaje como estos compañeros  viajaban solos no ha habido más problemas pero si viajan con amigos o familia distribuida por otros departamentos va el cuarto consejo:   tú tienes derecho a la mitad del asiento inferior, lado ventanilla si tienes la litera inferior y lado pasillo si es la superior; puedes verte relegado a un trocito por la invasión de amigos y parientes: coloca un bulto o algo de equipaje delimitando tu territorio. Porque es tan grande que no pasa nada porque se sienten un par contigo pero es que puedes acabar como en el camarote de los hermanos Marx.

En este viaje he visto por primera vez una bronca en el tren, pero de verdad.  Un tío grande ha discutido con otro mucho más bajito. Han acudido tres revisores y un montón de gente. Al final se han sacudido, pero poco. Me han explicado que el grandote iba borracho  y que le había dicho al otro “cosas desagradables”.  Ni idea. Porque me suelo encontrar con gente que habla inglés pero estos dos compañeros de departamento y un amigo que ha acudido a verlos  no hablaban casi nada. Y así normalmente me aconsejan en tema de comidas pero aquí me ha ocurrido una putada que me servirá de advertencia para el resto de mis viajes.   Y en  esta historieta va implícito mi quinto consejo.

Hay trenes que llevan en su composición un vagón “P”: un “pantry car”, vagón restaurante, que es el caso de éste. Así están pasando continuamente  personal de ese vagón ofreciendo té, agua y otras cosas que desconozco.

Aparecen unos ofreciendo arroz con huevos duros. Es muy temprano pero pensamos que es la cena y cogemos una ración cada uno. Creo que si los compañeros de viaje hubiesen hablado algo más de inglés nos hubiesen advertido que la cena era más tarde. Voy a pagar, me dicen que 100 y les doy 1.000 y espero la vuelta. Resulta que eran empleados del ferrocarril (o de la contrata que lleva las comidas), pues llevaban el mismo uniforme que los otros, pero habían subido  y bajado en una estación donde estuvimos parados: eran empleados del restaurante de esa estación.  Cuando más tarde pasó el encargado del “pantry car” que va recogiendo las comandas    mis compañeros de departamento le explicaron lo que me había pasado.  Y no es el dinero, que en definitiva era poco, es el robo y el haber pagado el arroz más caro de toda la India. Creo que esa sensación  de engaño me ha impedido dormir a pierna suelta como suelo hacer en otros viajes.

Descansando cerca de la estación.

De madrugada se va uno de los viajeros y el otro charla un poco conmigo antes de llegar a su destino. Me dice que es policía, como el que se ha bajado, del “Central Reserve Police Force”, CRPF,  y que se dedican a la “internal security”. Trabaja tres meses y luego tiene  un mes de permiso en el que se va a casa.  Y cada tres años cambia de destino. Que están por toda la India pero más en los lugares con conflictos.  El ha estado en Cachemira, Rajastán, Chhatisgarh, Darjeling y ahora en Meghalaya. Me hubiese gustado decirle que yo he estado en todos esos lugares y no me han parecido conflictivos pero quizás le hubiese parecido extraño y puede que sospechoso. Se jubilan a los 57 años. Me dice sonriente que cuando se jubile tendrá 37 de servicio.

Como por mis preguntas me ve tan interesado –y habla muy poquito inglés- se saca su teléfono celular  y se conecta  por internet con la web de la policía e intenta que lea en inglés la información que proporciona.  Como solo sale un trozo de la pantalla va moviendo los botones del desplazamiento hacia abajo, hacia la derecha, hacia la izquierda. Y me debe considerar un superdotado  que lee tres líneas de golpe pero apenas puedo hacerle un comentario ni saber qué línea quiere que lea.  Sí logro saber que esa policía fue fundada en 1939 y que en 1959 los chinos mataron a unos cuantos en Leh en una emboscada. Y creo que como conmemoración se celebra,  en octubre, el día de la policía en este país.

Cuando está a punto de bajar le pregunto si le espera su familia. Me dice que no, pero después de la sorpresa del chófer del valle de Yumthang no le pregunto más. Porque es bien raro que pases tres meses fuera de casa y que cuando vuelves no te esperen,  pero a lo mejor son de un pueblo con mala comunicación. O la “mala comunicación” es la familiar.

Por la mañana pasa el encargado del restaurante y le pedimos dos desayunos. Debo ser el viajero más famoso de este viaje: alguien que ha pagado mil rupias por dos platos de arroz.

Y así trascurre la mañana, yo escribiendo, Marisa leyendo y oyendo música,  y a través de un paisaje llano de campos de labor.

Esta mañana veo en el tren al que fue agredido ayer. Lleva un ojo morado no sé si de un puñetazo o es que ha dormido mal por la bronca –como yo por el robo- y son ojeras. Y por más que lo he intentado no he podido verle el otro ojo: siempre estaba de perfil.

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