Volvemos al mismo restaurante del desayuno de ayer. Está dividido en dos partes y siempre vamos a la misma pero esta mañana está cerrada. Marisa pide lo mismo que ayer “curd”, o sea cuajada, aunque aquí es más bien yogur. El camarero no me entiende y me dice que no hay. Se lo vuelvo a pronunciar lo más claro que puedo. Me dice que sí y aparece con una tarjeta del establecimiento.
Hoy nos iremos a Delhi por la tarde y la mañana la vamos a dedicar a visitar el “Adlaj Wav”, o sea el pozo con escaleras de Adalaj. Marisa leyó ayer la crónica que escribí en mi anterior visita a este pozo y al que visitamos ayer y me dice que si el de ayer entonces lo describí como “fácil” no quiere ni pensar como será el de hoy que lo catalogué de “difícil”. Pero los dioses no quieren a los indecisos e incluso una persona tan bondadosa como Jesucristo anatemizó a los tibios.
Pregunto en la recepción del hotel y, como es de los que a mí me gustan, no me dicen que coja un taxi sino que me explican –y te lo cuento para cuando vayas tú- que en lugar de coger un autobús para Gandhinagar como recomienda la guía y que yo hice el año pasado, te vayas a la estación de autobuses y cojas uno hasta Chandkheda y de allí otro hasta Adalaj, desde donde puedes ir andando hasta el pozo en 5 minutos. Además me escriben los nombres en gujaratí, por si lo tengo que preguntar y no me entienden.
Camino de las estación de autobuses pienso que no es que Ahmedabad tenga 5 millones de habitantes, es que están todos en la calle a esa hora. Mejor, en esta calle. La estación de autobuses es de nuevo un espectáculo. Los pasajeros, casi todos hombres, cogen los vehículos al asalto y cuando están todavía intentando tomar la fortaleza el autobús arranca llevando a una docena colgados de la puerta. Afortunadamente el nuestro va medio vacío.
Al pasar por las calles Marisa observa que las hojas de los árboles están totalmente cubiertas de polvo; esa es una gran diferencia de cuando ella viajaba en verano, estación de los monzones, pues las lluvias dejan las hojas verdes y relucientes. Pasamos al lado de las torres de refrigeración de una gran central eléctrica. Hay casas casi pegadas a ellas. Imagino que no será nuclear pero me sorprende la cercanía. Quizás a unos 10 metros.
Cuando dejamos el primer autobús y estamos esperando el segundo le pregunto a un joven con tan buena fortuna que aunque de origen gujaratí vive en Londres. Y pienso en lo que muchas veces me preguntan: ¿por qué no vas a China? Pues si en un país como éste con un gran número de angloparlantes tengo problemas porque soy incapaz de leer ni los números de autobús no quiero ni pensar en qué me pasaría si nadie hablase inglés.
Después de dejar el segundo autobús caminamos hacia el pozo de Adalaj y vemos tintoreros de hilos de cometa. Aquí los jóvenes tienen la mano derecha dentro del cubo del tinte. ¿Será cancerígeno? Porque por supuesto no utilizan guantes ni ninguna otra protección.
El pozo de Adalaj es quizás más bonito que el de Dada Hari pero el ambiente es totalmente distinto. Este es un lugar de muchas visitas turísticas indias y también de escolares que llegan en autocares. En uno de los pisos del pozo hay una gran piedra cortada en forma de paralelepípedo. Como el Word me marca esta palabra como errónea quizás ya haya dejado de existir aunque formaba parte de nuestro bagaje cultural infantil, ése que ya no se olvida. Puede ser que esa figura geométrica tenga ahora otro nombre como ha pasado con las partes gramaticales de la oración.
Volviendo al paralelepípedo. Un pequeño grupo de hombres la observa, hablan entre ellos y deciden medirla; descubro una nueva unidad de medida: la bufanda. Pues a pesar de la exactitud de la operación, siete bufandas y media, la repiten varias veces. Hay una pequeña discusión entre ellos y entonces uno saca un metro. Pues a pesar de eso, cuando ya se van, uno muy obstinado vuelve y la mide a palmos. Lo de los palmos es divertido porque se han vuelto los otros y están tres midiéndola de nuevo con sus palmos al mismo tiempo. Pero, ¿para qué tendrán tanto interés en esa medición?
Sacamos el trípode y rápidamente aparece un señor que debe ser el vigilante (o el representante del Jefe del Servicio Arqueológico de la India, el de los atracos a los extranjeros) aunque no lleva ningún uniforme ni distintivo alguno y nos dice que no se puede utilizar. ¿Por qué ese odio al trípode?
Uno de los problemas de este monumento son las palomas y sus excrementos que están destrozando algunos relieves. Pues encima del pozo hay un lugar donde el personal, muy concienciado con el bienestar de esa ave, les echa maíz. ¿Qué hace el Servicio Arqueológico de la India? Pues prohibir el trípode.
En resumen, que el lugar es precioso pero era mejor el ambiente y la soledad del de ayer.
Volvemos sin problemas a Ahmedabad, comemos estupendamente y nos damos otra vuelta por Teen Darwaja, llena de vida, como siempre. Finalmente nos vamos a la estación a coger el tren para Delhi.