Hoy Marisa ya está mejor y podremos hacer vida casi normal. Realmente las pastillas que se toma son milagrosas y se le curan rápidamente los dolores pero la verdad es que nunca le había dado tan fuerte. Nos despedimos del hotel. Ayer cuando llegamos y vimos lo jodida que estaba la cosa fue nuestra salvación, pero no me gustaba nada. Nos vamos andando al nuevo y de paso desayunamos en el restaurante que está lleno de tumbas.
El nuevo hotel es de los que tienen “check-out” de 24 horas y parece que la habitación que vamos a ocupar no se libera hasta la 7 de la tarde y en el de ayer el “check-out” es a las 9 de la mañana. Ambas situaciones son raras y más que te sucedan en el mismo día y además ambas van en contra de nuestros intereses.
Primero vemos la mezquita de Sidi Saiyad que está cerca del hotel. Es pequeña pero una maravilla. Construida a finales del siglo XVI tiene unas de las celosías de piedra más bonitas que hayas podido ver. En la entrada además del letrero de “descálzate” hay escritas unas normas de comportamiento y entre ellas una que me sorprende pues creo que no la había visto escrita antes en ninguna mezquita. La transcribo tal cual está para que no se me acuse de tergiversación: “Lady visitors are not allowed to enter into the Masjid premises under any circumstances. They should observe the site seeing from the water-hoj or garden side only”. Y esto no lo dice un piernas cualquiera, que está firmado por “By order secretary sunni muslim wakf committee Ahmedabad”.
Así que Marisa se ha quedado en el “garden side” y hemos hecho una foto con las ordenanzas; hemos decidido abrir un álbum en Flickr con las prohibiciones de “ladies not allowed”, que curiosamente están más extendidas en el mundo budista.
¿Qué opinará el venerable Dalai Lama de esto? Quizás Mao acertó al prohibir todas las religiones si es verdad su sentencia de que «Las mujeres sostienen la mitad del cielo». Creo que la otra mitad se debe sostener sola.
Después nos vamos al fuerte de Badra, una construcción levantada por el fundador de la ciudad, Ahmed Sha, en 1411. Quedan restos del edificio que se usan como oficinas del gobierno. Un señor en la calle me indica una puerta y escalera por donde llegamos a una oficina donde un amable funcionario llama a otro, imagino que subalterno, y le dice que nos acompañe. Y aquel buen chico que no habla una palabra de inglés nos lleva por todo el edificio que se puede visitar. Y nos lleva por lugares que cualquier día dejarán de visitarse, pues se despeñará alguno, cosa que ocurrirá seguro dada la peligrosidad de algunos sitios. Y de toda la explicación que nos ha proporcionado lo único que he entendido es que él era chiita.
Ya en la calle, pero dentro del recinto de la fortaleza, vemos una puertecita de hierro, como de una tienda, llena de candados cogidos en el exterior. Nos acercamos para ver qué es y resulta ser una capillita. Y rápidamente una señora que está por allí nos dice que no podemos pisar ese trozo de acera. Y esa invasión de la religión en todas las esferas de la vida civil me exaspera. Allí hay un par de jóvenes dibujando trozos del edificio; son estudiantes de arquitectura en sus prácticas de dibujo. Uno de ellos me dice que no puedo pisar la calle por motivos religiosos. Yo le digo que como se explica que me
pueda cagar en medio de la calle, pero que me tenga que descalzar para pisar la acera. Entonces me pregunta, dada por sentada la respuesta, que si es la primera vez que visito la India. Le lanzo la charla sobre los valores del laicismo pero a pesar de ser un universitario no creo que me haya entendido. ¡Pobre país!
Delante del fuerte hay un elefante con un señor sentado encima. Es algo parecido a lo de Ujjain pero aquí el personal en lugar de comprar hierba compra plátanos. Debe ser el elefante más estreñido de todo el estado. Algunos cuando el animal baja la trompa para coger la comida se la tocan con la mano y luego se la pasan, la mano, no la trompa, por la cara y cabeza. Volvemos con las supersticiones: pisa una acera que alguien ha dicho que es sagrada e irás al infierno, toca la trompa de un elefante y tendrás un fin de semana cojonudo.
Seguimos nuestro camino y aparece andando frente a nosotros un grupo de santones y entre ellos uno muy mayor con aspecto venerable que parece más importante que los demás. Se me acerca uno que parece más intelectual, quizás porque lleva gafas, me pregunta que de donde somos, le dice algo al jefe y antes de que me dé cuenta me pasa la mano por la cabeza. Y eso debe ser la leche de bueno. Tanto y tan distinguido me deberá sentir por el hecho que va y me dice que le pague el desayuno. ¡Joder con la imposición de manos! Pues debe ser lo más habitual porque con la mejor de mis sonrisas le digo que no y se queda tan sorprendido que me pregunta por qué. Ese “why?” se lo tenía que haber preguntado yo. Y es que fui poco rápido porque tenía que haberle pasado yo las manos por la cabeza y haberle dicho que así estábamos en paz.
Y ahora cuando escribo el borrador veo que no me paré a preguntarle si tenía que pagar el “breakfast” para todos o solo para el jefe. Luego vemos, también en el fuerte, una gran puerta con un letrero que dice que es la librería oficial del estado de Gujarat. Entramos y es una tienda–oficina en una de las estancias del antiguo fuerte, o sea enorme. Hay media docena de empleados y nosotros los únicos clientes. En una de las vitrinas con las publicaciones que venden veo unas postales y les pregunto el precio: 1,9 rupias. O sea 2,7 céntimos de euro. O sea menos de un duro. Este país no tiene salvación: ¿cómo puede costar algo 1,9 rupias? Pues he intentado comprar algunas; el empleado no podía encontrarlas por ningún lado y cuando ha dado con ellas, por el polvo que tenían acumulado debía hacer varios lustros que nadie lo intentaba. Y al final han resultado ser de las del tipo de navidad, de esas dobles. Le he preguntado entonces si no tenía alguna publicación en inglés sobre el estado y ha tenido que indagar preguntando a tres o cuatro más. Que no, solo las que había en las
vitrinas. Estas tenían títulos tan sugerentes como “Composición de la asamblea del estado de Gujarat después de las elecciones del año tal”. Todas así. Lo más curioso en aquella estancia tan disparatada era un señor que estaba barriendo el suelo. Lo hacía con una escoba sin palo, de las que obligan a hacerlo muy agachados, cosa habitual en este país. Pues iba barriendo y cuando llegaba a una papelera echaba su contenido al suelo y seguía barriendo. Cualquier operario barrendero en aras de la eficacia hubiese echado el contenido en el recipiente final de la basura pero a lo mejor así se le acababa enseguida la tarea y de lo que se trataba era de tener suficiente trabajo.
Seguimos nuestro camino pasando por la puerta de Teen Darwaja. Es una puerta triple que en cualquier otro lugar estaría totalmente exenta, limpia y sería la admiración de todos. Aquí pasa por el arco central una circulación endiablada y los laterales están ocupados con diversos puestos, uno de ellos especializado en cerrajeros. Pero es un lugar vivo. Quizás demasiado.
Y así llegamos a la Jama Masjid, mezquita construida por Ahmed Sha en 1423. Una verdadera maravilla. La guía dice que fue levantada con los materiales de derribo de los templos jainos e hindúes que había antes. Todas las civilizaciones se construyeron así sobre las ruinas de otras. Esto deberían recordarlo especialmente aquellas civilizaciones, religiones y nacionalismos combativos que dicen aquello de que “hay que repartir los coches de los ricos, pero mi moto ni tocarla”. O “nuestra civilización, religión o nacionalismo es el original y los demás no valen una mierda”.
Esta mezquita sorprende porque a pesar de su belleza no tiene minarete: tenía dos pero los perdió en diversos terremotos. Al lado de la mezquita está la tumba de Ahmed Sha. El lugar parece, como muchas otras partes de este bario, anclado en la edad media. En la cámara central del mausoleo las mujeres tienen prohibida su entrada. Es realmente curiosa esta misoginia religiosa. ¿Qué les habrán hecho las mujeres a los líderes religiosos? O ¿qué nos les habrán hecho? Allí encontramos a una pareja de niños, hermanos, y a la niña le encanta posar para Marisa. Al final nos pide hacernos una foto ella a nosotros con nuestra cámara. Después nos presenta a su padre que es el encargado de cuidar aquel recinto. Nos dice orgulloso que tiene cuatro hijos.
Nos vamos a un restaurante cercano que aparece en la guía. Me sorprende que lo recomiende pues es muy, muy sencillo. Luego descubrimos que hay otro cerca con el mismo nombre, seguramente una ampliación del primero, pero con los estándares más altos. De todas las maneras nos hemos comido un “pollo afgano” estupendo. Y por supuesto picante, picante.
Cerca del restaurante está un lugar que recordaba de mi primer viaje y con un nombre poco habitual “Gandhi Cold Drinks”, con el mejor lassi de la ciudad y con una “faluda royal” con azafrán. Una verdadera delicia.
Por la tarde decidimos visitar la mezquita de Ahmed Sha. Este señor parece que era como Franco porque todo lo hizo él, lo que pasa es que “nuestro caudillo” – en los años 50 había que escribir “Caudillo” así con mayúscula- es de hace nada aunque ya casi nadie lo recuerde y el de aquí es del siglo XV.
La mezquita sería fácil de encontrar si a quien preguntas supiese donde está o en caso contrario te dijera que no lo sabía pero a los indios les da vergüenza reconocer que no saben algo y más si se lo pregunta un extranjero. Pero al final la encontramos. Un lugar encantador con un jardín que te permite reposar del tráfago de esta ciudad.
Estamos allí hasta que llega la hora del rezo, vaya la de uno de los rezos, porque están poquito rato pero lo hacen cinco veces al día, aunque imagino que a la del primer rezo no vienen demasiados. Ni que decir que solo han venido hombres.
Encontramos un sitio de internet normal y además al lado del hotel. Marisa ha aguantado todo el día. Realmente las pastillas que toma, o mejor “la pastilla”, son milagrosas. Y ella.
Cena y a dormir.
27/01/2010 a las 20:03
Bueno, a mi me dicen que soy milagrosa y me deshago. ¿le has dicho que lo lea?