17. Ujjain. Día 2.

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Un elefante en Ujjain.Diversas circunstancias hacen que el hotel que tanto he buscado me haya decepcionado. Esto pasa con muchas circunstancias de la vida que son maravillosas la primera vez –no hablo de sexo- pero luego cuando repites –obviamente sigo sin hablar de sexo- las encuentras decepcionantes.  Así que he decidido escribir una queja pero lo haré cuando nos vayamos pues hoy vamos a coger un tren para Ahmedabad a las 11 de la noche  y tenemos que dejar el equipaje todo el día. E incluso es posible que tengamos que volver a dormir aquí pues estamos en “lista de espera” en los billetes ferroviarios y hasta las 7 de la tarde no sabremos si tenemos billetes o no. Como esto de la “waiting list” ha sido una experiencia nueva lo escribiré como una separata a la información viajera sobre el tren.
Desayuno en el hotel e investigación de lo que supone estar en la lista de espera.
En la estación de Ujjain hay vacas, como en muchos otros sitios, pero es que aquí también hay cerdos.  Están por las vías alimentándose de todos los restos. Imagino que por lo menos mantendrán a raya a las ratas. Además tienen un aspecto bastante fiero y montaraz. Una de las vías está levantada y están renovando todo el suelo que hay por debajo. Lo curioso es que lo han cavado a pico y pala: un lecho de unos 2 metros de profundidad. Menos mal que el nuevo balasto lo traen con un tractor.
Otro de los símbolos de la India: en la estación un policía con un “máuser”. ¿Cuántos policías del mundo mantendrán ese armamento?   De todas maneras prefiero ver  a uno así pertrechado que a los que llevan un subfusil ametrallador de esos pequeñitos.
Solucionado, de momento, el tema del billete nos vamos al mismo ghat de ayer. O eso intentamos porque le preguntamos al cobrador de un “tempo” si va a ese ghat, nos dice que sí pero nos deja en el templo de Mahakaleshwar. No creo que quieran engañarte, es que te ven extranjero y dan por supuesto  que a donde quieres ir es a este templo.
Así que ya en el templo no entramos pero vemos el ambiente de la calle que lo rodea. Así que de allí volvemos a pasar por el templo de Harsiddhi. De nuevo gente que nos pide que les hagamos una foto.
Generalmente son padres que quieren que se la hagamos a su niño pequeño. Y otras veces que posemos con ellos.
Delante del templo un gran elefante. Lo ponen allí porque hay carritos con forraje que el personal compra para echárselo habitualmente a unas vacas que hay por allí pero hoy además tenemos el elefante.  Se acerca un señor con un niño muy pequeño y hace que éste le toque la trompa. ¿Será algo de buena suerte?  Previamente le ha puesto una moneda de una rupia en la trompa que el elefante ha pasado a su cuidador.
Aparecen un par de jóvenes con un búfalo, pero que no es como los que acostumbramos a ver. Este parece como cabreado y además lo llevan atado. Nos explican algo pero solo entiendo “fighting”. A los dos minutos aparece otro grupo de jóvenes  con otro búfalo, éste todavía más cabreado que el primero. Que vayamos con ellos que hay una “lucha de búfalos”. ¡Joder con los indios! Cuando me digan aquí que en España un señorito vestido de sota de espadas –esta figura retórica o una similar es de Manuel Vicent- se dedica a torturar a un mamífero para que señores fumándose un puro o señoritas estupendas  digan cuando lo ha liquidado que la “faena” ha estado muy bien, entonces les diré que en Ujjain hay luchas de búfalos. Seguro que no me creerán. La diferencia es que no creo que aquí sea considerado fiesta nacional ni que el ministro de cultura (aquí con minúsculas) les entregue medallas a los búfalos o a sus cuidadores.
Llegamos al ghat y allí se desarrolla la misma vida que todos los días pero que para mí sigue siendo sorprendente; especialmente lo que hacen los brahmanes. Lo que hacen y que la gente se lo crea. Que el mover una bolitas blandas  y echarles agua y leche y colorear el agua y…y que todas estas ceremonias y rituales vaya a resolver algo…Pero estamos en el corazón del hinduismo y aunque no tenga la grandiosidad ni la belleza de un réquiem cantado en una iglesia católica, eso es lo que ves en este ghat.
Y de nuevo la pudorosas señoras indias que se bañan y se visten en la orilla del Shipra. Y todo lleno de color.
Entre tantas cosas de siglos pasados te encuentras la última modernidad: un fotógrafo ambulante que tiene allí sobre una piedra del ghat una impresora portátil para imprimir las fotografías que les hace a las familias. Y un corro de gente alrededor viendo aparecer la foto. A mí eso sí que me parece algo misterioso y sorprendente.
Volvemos a pasar por donde están los lavanderos y llegamos al crematorio. Y hoy sí que hay mucho personal pues hay tres piras encendidas.  Al cabo de un rato uno, utilizando una torta hecha con bostas de vaca secas, parte otras en trozos. La gente se acerca, coge un trozo y lo echa en una de las piras y se van.
En éstas llega un muerto. Lo traen, como siempre, en una parihuela cubierto de paños de colores y con flores por encima. Vamos a poder ver una ceremonia completa.
Lo depositan en el suelo y se sientan cerca de él un hombre de unos 40 años y otro de setenta y tantos junto con un brahmán que va a realizar todos los ritos fúnebres. Primero le quitan todos los velos  y flores que le cubrían y se queda con la cara destapada. Deduzco que los deudos son un hijo y un hermano del difunto.  Entonces algunos se acercan y le colocan una guirnalda de flores. Mientras el brahmán hace los rezos y les dice a los dos que se sientan junto a él lo que deben hacer, un grupo de hombres –solo hay hombres- preparan la pira bajo la dirección de uno que no sé si solo es amigo de la familia o un profesional “pirómano” al que se le paga para que aconseje, porque el trabajo lo hacen los otros.
Ponen sobre la plataforma de cemento una primera capa de “tortas” secas de bostas. Lo hacen de forma imbricada pero solo cubren lo justo para que quepa el cuerpo del muerto. Luego colocan un par de capas de troncos de madera gordos y entre ellos meten más trozos de  tortas. Encima una capa de troncos más delgados, de 5 a 10 centímetros de diámetro. Echan unos polvos entre las maderas y trozos de algo que podría ser mantequilla.  Y sin las angarillas colocan el cadáver sobre la pira. Le untan la cabeza con ungüentos y finalmente cubren el cuerpo con el resto de “tortas” y de madera. Aprovechan el lecho de paja que iba sobre las parihuelas  y  esa paja la meten entre los huecos de la leña de la pira.
Mientras ocurre todo esto el cura, humano e indio al fin y al cabo, tiene que atender una llamada en el teléfono celular. Luego le dan al hijo un puñado del lecho de  paja, lo queman un poco para que humee pero no arda todavía y con él da un par de vueltas alrededor de la mesa de la pira. Y al final incendia con esa paja la pira. Y rápidamente se van todos los asistentes y nosotros también.
Allí no hemos visto las escenas desgarradoras de Amritsar, ni siquiera una pena incontenible como presencié el año pasado aquí mismo. Por la tarde nos vamos a dar una vuelta por el barrio que rodea el templo de Gopal, el de las puertas de plata que también visité el año pasado: las puertas que estaban en el templo de Somnath, uno de los más sagrados de la India y que los afganos musulmanes saquearon y se llevaron a su país, a Ghazni. Otro jefe musulmán las cogió de allí y se las llevo a Lahore, ahora Paquistán. Finalmente uno de los Scindias las cogió de allí y las colocó en este templo hindú que edificó en el siglo XIX. Y excepto esta increíble y edificante  historia, el templo no tiene más interés. Sí lo tiene el conjunto del barrio que hay alrededor  y que hoy está lleno de mujeres musulmanas muy tapadas y con tiendecitas que parecen salidas de la edad media.
Volvemos al hotel a recoger el equipaje y aprovecho para escribir una larga nota con quejas sobre su funcionamiento y limpieza. El jefe de la recepción me mira sorprendido porque en ese gran libro de tapas duras hay sobre todo recogidas  frases de halago de otros clientes.
Como lo lee antes de que me vaya tengo que explicarle algunas de las cosas que he escrito y a pesar de que intenta justificar algunos puntos se queda un poco jodido.
La estación de Ujjain, como todas, un espectáculo. Y una vez resuelto el problema de la lista de espera, en un tren nocturno nos vamos de Ujjain a Ahmedabad.

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3 comentarios to “17. Ujjain. Día 2.”

  1. jose luis Says:

    Podrías explicar qué es un “máuser”. Es el rifle de madera que llevan algunos policías?

  2. Angel de la India Says:

    Pues sí, Joséluis, el “mauser” es como tú dices “el rifle de madera”. Bueno yo digo “mauser” pero como una metonimia. Y tu descripción también es una figura retórica pues lo de “de madera” parece que sea de juguete pero también puede disparar.

  3. jose luis Says:

    Es lo malo de haber sido objetor, que de armas n.p.i.

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