16. Ujjain. Día 1.

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El Jyotirlinga del templo de Mahakaleshwar, Leo en un periódico que hoy se cumplen 25 años de la tragedia de Bhopal, la del metil-isocianato. Un letrero dice: “23 mil muertos y siguen”. Ésta como la de Hiroshima y Nagasaki y luego Chernobil, no se deberían olvidar nunca y ser de obligada enseñanza en las escuelas. Quizás en “Educación para la Ciudadanía”.
Hoy madrugamos y nos cambiamos al hotel donde yo estuve el año pasado pero que ayer estaba lleno y como hasta las 12 no se puede hacer el registro de entrada nos vamos a hacer turismo. Este hotel pertenece a la red del turismo oficial de este estado, M.P., y el año pasado descubrí que desde aquí salía un autobusillo, de esos preparados especiales, para hacer una visita turística, pero solo si hay 8 pasajeros. Como en el hotel no los hay, pues la mayoría van con su coche propio u oficial (pues hay muchos huéspedes funcionarios o políticos), se va a la mayor atracción de la ciudad, el templo de Mahakaleshwar, a ver si allí encuentra al resto del pasaje. Así que nosotros nos apuntamos. El chófer me recuerda pues fui con él dos días seguidos. Este año se presenta peor pues el pasado se dedicaba a dar paseítos por delante de la puerta del templo y siempre había quien se interesaba pero hoy aparca en un lugar lateral donde no le ve nadie; otra de las consecuencias, creo, del atentado de Bombay del año pasado: no permiten circular ni aparcar delante del templo. Nos dice que en el templo no se puede entrar con la mochila ni con cámara fotográfica. Y te lo cuento como consejo práctico para cuando vengas aquí: te controlan muchísimo. Y además el control lo lleva la policía y no una empresa privada como en otros sitios.
Es bastante temprano y apenas hay personal pero el montaje es para cuando lo visite muchísima gente. Ujjain es una de las ciudades donde se celebra el Kumbh Mela, lo que ocurre cada 12 años. Y debe ser impresionante y también horrible pues vienen millones de peregrinos. Estos lugares tan sagrados son una mezcla de cosas que ni te imaginas, pero que siempre al final te llevan al “santo de los santos”. Creo que esto en mi niñez se llamaba el “sancta sanctorum”, pero quizás fuese de otra manera pues no he vuelto a estudiar latín desde el año 1959. En este templo está uno de los 12 “jyoti linga” el “falo de la luz” o “signo de la luz” según la traducción que se prefiera. Así lo que encuentras es una cámara muy pequeñita con un gran linga negro en su centro y los fieles que se quedan allí como pasmados cuando llegan. Los empleados del templo procuran que se queden lo menos pasmados posible para que aquello circule pues es tal la devoción que les provoca que seguro que alguno se quedaría a vivir allí si le dejasen. Aunque el templo tiene un origen muy antiguo fue destruído por Altamish en 1235 y restaurado por los Scindias en el siglo XIX.
Salimos y efectivamente no ha aparecido ningún otro cliente para el tour así que el chofer nos dice que si queremos nos lleva hasta otro templo cercano camino de vuelta al hotel.
El templo de Hasiddhi tiene como particularidad dos grandes pebeteros que están totalmente ennegrecidos del humo de las lamparillas de aceite aunque eso se hace una sola vez al año. El ambiente es lo mejor del lugar. Esta vez hemos coincidido con una ceremonia que parecía mas de brujería que esas tan ritualizadas de los brahmanes hindúes. Había un grupo de mujeres rodeando a otra con la cabeza descubierta y el pelo suelto y desordenado –aquí todas van cubiertas o por lo menos con el pelo recogido- que movía los brazos de una manera compulsiva y no paraba de recitar cosas. Pensé que estaba endemoniada o quizás en trance. Además tenía la cara que los niños esperan que tengan las brujas de los cuentos. Como estuvimos un buen rato por el recinto vimos luego a la “bruja” sentada delante de un extraño lugar (habrá fotos) con tres agujeros en una pared blanca y con el grupo, que aunque eran casi todas mujeres mayores, también había un niño y una pareja joven. Parecía que los conjuros de la “bruja” se dedicaban sobre todo a esa pareja y en especial a la chica que tenía una mirada muy especial y que parecía anémica. Nos quedamos con las ganas de saber de qué iba todo aquello.
De ese templo y en un paseo nos vamos hasta el ghat Ram. Y como siempre familias a las que los brahmanes les hacen las ceremonias rituales, el personal bañándose y purificándose en el rio Shipra, santones y gente estrambótica por doquier. Y también la fauna que se mueve en estos ambientes: vendedores de helados, de objetos religiosos y para las ofrendas, pobres mendigos, ricos (o no tanto) donantes (uno iba echándoles un puñado de harina a cada pobre; se supone que luego se tenían que hacer el pan o algo tipo gachas) y por desgracia gente que me ofrece fumar droga. No sé qué es lo que me ofrecían pero me pone de muy mala leche. Ya sé que basta decir que no o ni siquiera responder, pero no puedo remediarlo. Y en estos ghats me ofrecieron varias veces. Pasamos por el retrete al aire libre de la zona, o sea que está el suelo lleno de mierdas humanas y como no es época de lluvias allí se quedan y llegamos a la zona de los lavanderos y un poco más adelante al crematorio que descubrí el año pasado. Me hubiese gustado mucho que Marisa viera la ceremonia que precede a la cremación pero solo estaban las mesas de cemento vacías, algunas de ellas rodeadas de agua pues el río estaba más alto.
Por la tarde volvimos al ghat para ver la ceremonia de la ofrenda que aunque es menos espectacular que la de Haridwar es más cercana y además con sólo cuatro gatos. Viéndola yo me preguntaba si los curas que la ejecutan se la creerán. Me parece más fácil que lo hagan los fieles pues solo tienen que creer que aquello que está pasando ocurre gracias a los dones y conocimientos del ejecutante, y en el caso del hinduismo, además, del origen de la casta. Pero, ¿y el cura que lo hace? ¿realmente será que la gracia y la fuerza de Siva o de Vishnú, o de quien sea, fluye a través de él? Además es algo que ocurre no por el poder de su mente si no por el de los movimientos ritualizados y las palabras que los acompañan. Y con un transporte colectivo, un “tempo”, volvemos al centro. Cena en un estupendo restaurante, un rato de internet y a dormir al hotel.
Sobre el transporte. Un “tempo” es como un autorickshaw grande donde cabemos hasta 12 pasajeros en la caja y uno o dos con el conductor. Y con un precio mínimo: 3 ó 4 rupias. O sea 4 ó 5 céntimos de euro el viaje.

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