54. De Nagoya a Madrid pasando por Frankfurt.

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Adios a Nagoya.Como el desayuno en estos hoteles no empieza hasta las siete y vista mi experiencia anterior, llego a las 6:45. Aquí no son tan estrictos y nos dejan empezar un poco antes a los 4 ó 5 hambrientos y/o apresurados que estamos esperando. Así que a las 7 ya había desayunado, subido a la habitación, cogido el equipaje y hecho el “check-out” del hotel en recepción. (Por supuesto no he cogido la parte japonesa del desayuno). Y a las 7 y diez ya estaba en el andén esperando el  tren cargado como una mula: la mochila grande, en la que no cabe un alfiler, la pequeña a punto de reventar, una bolsa de plástico de Adidas, (que era la más neutra que llevaba porque también tenía una de esas de “Yo no soy tonto” que me daba vergüenza utilizar) con los textiles que he comprado y que al facturar meteré en una bolsa junto a la mochila y finalmente un trípode que también he comprado. Así que cuatro bultos. Y afortunadamente es el último viaje.

Una información útil sobre el tren de Nagoya al aeropuerto por si vienes aquí. Aunque esto ya lo sabrás porque además de que la guía que llevas ya te lo habrá advertido, cuando llegas al aeropuerto de Nagoya y quieres venir a la ciudad ya habrás cogido el tren. (No creo que me lean los potentados que cogen taxi aunque tengo una amiga que vino aquí hace años y cogió el autobús para hacer este trayecto, cosa que desaconseja mi guía porque cuesta el doble de dinero y emplea el doble del tiempo. Como tengo en gran estima a mi amiga imagino que antes no era  así).  Pues bien, este tren no es de una línea de la JR sino de la Meitetsu. Y hay tres clases de trenes: unos en que todos los asientos son reservados y que tarda 32 minutos, otro que tiene coches con asientos reservados y otros que no y tarda 38 minutos, y un tercero sin ninguna reserva y tarda 50 minutos. ¿Por qué es importante? Pues porque es un tren de cercanías y el personal lo emplea para ir al trabajo. A esas horas hay muchos que pasan por el mismo andén y van a tope. Y yo con más equipaje que nunca.

Oigo a una pareja hablar en español. Si hubiese sido hace una semana les habría abordado pero esta noche ya podré volver a hablar. Además parece que están de morros. O que no saben aprovechar la vida.

Adios a Nagoya.Al llegar al aeropuerto echo una ojeada al pasaporte y compruebo que puedo tener un problema. Resulta que compré en Tokio un trípode y algún otro material fotográfico y en la tienda te hacen un descuento por los impuestos (que te abonan entonces) y te grapan un papelito con esa información en el pasaporte.  Yo no lo había leído hasta ahora pero debes entregar en las adunas ese papel y enseñar todo el material que has comprado para demostrar que lo sacas del país. Y yo ya lo he facturado menos el trípode que no me cabía.

Cuando facturo la mochila pesa 19 kilos. Por poco. Y sorpresa, también te pesan lo que llevas encima. Pero parece que estoy dentro de los límites. ¿Y el trípode? Otra sorpresa: “seguridad del aeropuerto no permite objetos de más de 60 centímetros”. La señorita azafata saca un metro: 50 y tantos centímetros.

Todo lo anterior lo aviso para navegantes despistados.

Pregunto en información donde está “tax refund” para entregar el papelito del pasaporte antes de entrar en la zona del control de emigración. Pues aquí no hay.

Y creyendo que quiero –que realmente es que no quiero- ponerme en contacto con los de los impuestos me dan un teléfono para que llame. Así que he acabado al final sin ningún problema.

Paso todos los controles y me voy a la sala de espera.  Aparece una azafata que lleva cuatro fundas de trípodes e imagino que ellos dentro. Me temo que tengan que llevarlos ellas al interior del avión pues las normas de seguridad en muchos casos son totalmente absurdas y quizás crean que se puede secuestrar un avión con uno de ellos. Así que voy a preguntarles si debo entregar el mío.  Risas. Resulta que llevan allí las barras de aluminio que sirven para colgar los carteles de información del vuelo.

Aparece un joven gordito (más bien tirando a obeso) con siete bolsas, algunas de ellas enormes y tres de color rosa. ¿Y a mí me han hecho pesar la mochila que llevo encima? ¿Y el letrero de un solo bulto por pasajero? Al cabo de un rato aparece una chica joven con dos niños.  Parece de una secta: pelo hasta la cintura y faldas hasta los pies.

Las azafatas se percatan del grupo y van rápidamente hacia ellos. Les deben explicar que no pueden subir con aquellas siete bolsas. Y allí empieza una procesión de azafatas y de los atribulados –o no- padres cambiando objetos de un sitio a otro. Deben ser brasileños pues me parece que hablan portugués. El tío es un tranquilo porque desde que ha llegado con la carga se ha sentado y no se ha movido. Ha sido ella quien se ha hecho cargo de todo el problema.

En la fila de embarque veo a dos varones con pinta de pasarse todo por el forro. Altos, fuertes, pelados y arrogantes. Luego resulta que están en el avión en los asientos delante del mío. Uno de ellos coge su mantita y la echa al suelo pero en la parte de mi fila. Se la devuelvo en plan inocente y le digo que se le ha caído. Me dice en plan borde, que no, que es que la ha tirado él.   Le contesto que ese espacio es para el viajero que se siente a mi lado. Y la vuelve a tirar debajo del asiento en el mismo espacio. Entonces aparece un gigantón que es mi compañero de asiento. No había viajado con alguien tan grande en mi vida. No cabe en el sitio y eso que no está gordo. Le sugiero que pida el cambio con el del asiento de delante que es de los de espacio extra por tener la puerta de emergencia. Me dice que ya lo ha hecho pero no han querido y que ya se ha quejado. Estoy ansioso por ver que pasa cuando el borde delantero intente reclinar el asiento pues al “mío” le salen las piernas por el pasillo, vaya que no le caben.

En el momento de despegar viene una azafata y se lo lleva hacia delante imagino que a clase preferente. Pensaba en lo que le pasaría si viajase, que no viajará, por el sudeste asiático porque un gordo puede dejar de serlo pero éste…

Al final bien por el cambio para él y para mí. No solo porque soy el único con dos asientos en la clase turista de este vuelo, es que realmente padecía viendo a aquel hombre incrustado en el asiento. Aunque me he perdido la batalla con el gilipollas de delante.

Atravesamos una zona de Rusia o quizás de Mongolia que está cubierta totalmente de bosques. Las cimas de las montañas están con nieve pero no se ve ninguna ciudad. Pasamos por un gran lago que está al 80% congelado así como un gran río cercano.

Nos sirven la comida a la hora japonesa. Al acabar le digo a la azafata si es posible un “poquito” de whisky. Lo de “poquito” no ha debido entenderlo porque me trae un vaso de agua casi lleno. Ni aunque fuese John Wayne en “Los centauros del desierto” (¡qué gran peli!) podría bebérmelo de un trago. Llevo un mes sin probar el alcohol pero esta rotura del ayuno ha sido demasiado.

Los capullos de delante han cerrado la ventanilla a pesar de que el paisaje es fantástico pero se ríen a grandes carcajadas aunque apenas se dirigen la palabra.

Y el territorio se cubre de nieve y más nieve. Al comienzo con algunos claros pero luego todo blanco y ríos congelados, hasta donde alcanza la vista.

Si haces este viaje, por favor, pide ventanilla pero sin ala. ¡Qué extensiones tan enormes y despobladas! Y nosotros empeñándonos en vivir todos bien juntitos. (Excepto los que viven en chalets que quieren vivir “solo un poco juntos”).  Pero es que no hay nadie allá debajo. Y son miles de kilómetros cuadrados. Me pregunto si podría vivir allí Jeremías Johnson.

Este paisaje es tan hipnotizante como ayer los delfines.

Se ven grandes superficies que parecen gigantescos nenúfares blancos: deben ser hielo flotando. Al final se ve el mar. No logro saber si son de hielo flotando en el mar o bien si son islas cubiertas de nieve. Pero son cientos de ellas. Vaya, un lío geográfico.

(Estoy escribiendo esta parte del borrador en la sala de espera del aeropuerto de Frankfurt y me percato de que lo estoy haciendo en un cuaderno con un bolígrafo. En este mundo rodeado de ordenadores portátiles debo parecer un copista medieval).

A las 9 horas de salir empiezan a aparecer signos de vida humana: carreteras totalmente cubiertas de nieve pero que se distinguen por sus largos tramos rectos y poco a poco va desapareciendo la nieve.

Al pasar cerca de Helsinki solo hay manchas de nieve aisladas y lagos todavía helados. Y pasamos de Finlandia hacia Suecia con cientos de islas en el mar.

Los de delante de mí después de comer –y lo han hecho al salir- han estado durmiendo casi todo el viaje hasta la hora de cenar. Cuando se han despertado han seguido con la ventanilla bajada.  Me sorprende que no les interese para nada todo el paisaje que hemos atravesado. Quizás sean pilotos de una compañía que hacen este trayecto continuamente y están cansados de ver siempre lo mismo. No hablan casi nunca pero cuando lo hacen se echan a reír con grandes carcajadas. Son la pareja con el humor más concentrado que he visto.  Quizás sea por eso que no hablan porque están pensando que le contaré al otro para que se ría.

También en eso se nota que hemos dejado Japón y en que oigo gritar por teléfono celular a una pedorra italiana hablando en inglés. ¿Por qué la mayoría del personal que habla por ese medio en un transporte público cree que tiene que gritar tanto? Quizá sean legos en tecnología inalámbrica y crean que es necesario subir el volumen. Debe ser agotador.

Y después de un ratito de mar llegamos a Europa. Y ya tenemos casas, pueblos, carreteras y campos verdes. Toda la Alemania que cruzo está verde y cultivada.

Nos dan una cenilla que no está mal, incluso diría que buena y ya hemos llegado a Frankfurt en casi 10 horas de vuelo, con 25 minutos de adelanto.

El vuelo de Frankfurt a Madrid ha siso un vuelo sin historia excepto que me encontré como pasajero en el asiento de al lado a un alemán de nombre “Carbon” y que había trabajado en informática en los años 70 y 80 por lo que teníamos algunas vivencias parecidas. Me preguntó por la palabra “pincho” en castellano y allí comenzó una larga charla después de los días que llevaba yo sin hablar con nadie.

En la crónica del viaje de ida decía que Maruja Torres se fiaba de esa compañía. Entonces escribí de memoria pero para ésta ya en casa lo busco en la web y decía: “Con los alemanes sabes que siempre llegas, aunque te den bocadillos helados.” Pues no es verdad. La comida no ha estado mal pero la cena estaba estupenda. Los de los “bocadillos helados” son los de Spanair que “operan” el vuelo de Franfurt a Madrid. Aunque en mi caso la frialdad de los minibocadillos se haya compensado con la calidez de la azafata que me los sirvió.

Y al llegar a Barajas me esperaba como siempre mi hijo.

En resumen, como diría Su Majestad: “Con el permiso de la reina, un viaje cojonudo”.

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