47. Nagoya, día 3, segunda parte.

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A mí me gusta fotografiar a los fotógrafos fotografiando. Hoy he visto, y fotografiado, en el exterior del castillo a uno bastante insólito: estaba fotografiando con una pequeña cámara digital otra cámara, ésta un poco extraña, una Sigma. “Digital vs digital”.
Claro que su madre o abuela llevaba un paraguas negro de Microsoft. ¡Qué se puede esperar!

Fotógrafo fotografiando una cámara fotográfica.

Otra de las curiosidades del exterior (además del paraguas y del fotógrafo) es la roca de “Kiyomasa”. Parece que en  las murallas colocaban grandes piedras, y ésta es enorme, para demostrar lo fuerte que era la defensa del castillo.

La leyenda dice que el general Kato Kiyomasa transportó esta piedra hasta aquí. Ya me extraña que un general la “transportase”. Si la hubiese tenido que mover el señor seguramente que no habría hecho la machada.  Que se habría puesto los garbanzos cocidos. De todas las maneras los historiadores dicen que es obra de otro constructor. Pero el nombre se ha quedado.

Castillo de Nagoya.  La roca de “Kiyomasa”.

En otro lugar hay un letrero que dice que allí había una puerta secreta con un pasadizo por donde podía huir el señor del castillo en caso de emergencia. ¿Y los demás? Pues luchando hasta la muerte mientras el gallina del jefe se largaba.

Pero peor todavía era que te llamasen para construir una puerta secreta. Te podías dar por jodido pues solo era secreta si liquidaban a todos los que habían intervenido en la obra.  Así que si te decía el contramaestre: “Manolo, mañana a las ocho enganchas para construir un pasadizo secreto”. Entonces tú respondías: “Aquí estaré como un clavo”. Y al llegar a casa le decías a tu mujer. “Cuando lleguen los chicos de la escuela los coges y nos vamos inmediatamente al reino de al lado. Dejas el candil encendido para que crean que hay gente en casa”.  Y cuando llegabas al otro lado y te preguntaban por el oficio decías que zapatero, que eso no tenía ningún peligro.

Después me voy a los jardines de Ninomaru que forman parte del conjunto del castillo.

Allí hay una casa de té donde puedes tomarlo según una ceremonia abreviada. El adjetivo es mío pues he visto a tres jóvenes que lo tomaban y se lo han liquidado en diez minutos y la ceremonia de verdad es muy larga. Por supuesto que si no te sabes sentar sobre las rodillas, ni lo intentes, samurai. Pero es muy bonito.

Casa de te.

Y los jardines una maravilla y con muchas flores y también muchos árboles floridos.

Me siento a escribir en un lugar precioso: debajo de una pérgola llena de flores violetas, creo que son de una mimosa. Y huelen de maravilla. Tan fuerte es su aroma que atrae a bastantes abejorros, muchos. Pero es una ventaja no ser “insectófobo”.

Jardines de Ninomaru.  Peonías.

Desde allí me voy dando un paseo largo, de unos 3 kilómetros hasta el hotel.

Realmente Nagoya es una gran ciudad con grandes avenidas e impresionantes edificios aunque quizás los más notables son los que hay en el entorno de la estación de ferrocarril.

No sé si es por la hora o porque es viernes hay mucha gente por la calle. Delante de la pastelería-panadería “Mon Chou Chou” una larga cola en el exterior. No sé si el del letrero quería decir “chou” como buñuelo o como “mon chouchou” que es algo así como “cariño mío”.  Además creo que ponía “chu chu”. Que eso ya no sé qué significa.

También veo a un grupo de motoristas, media docena, en la salida de un semáforo en plan macarra. Y es curioso porque aunque Japón sea el líder mundial de las motocicletas yo en este viaje he visto poquísimas y hoy la primera vez que veo a un grupo de paseo.

Paso por una tienda dedicada al golf. En el escaparate anuncian una bolsa de ésas para llevar los palos rebajada un 62%. Realmente barata.  Pero no puedo, imposible, no tengo el mínimo espacio para llevármela y mira que me jode perder una ganga.

¿Qué si juego al golf? Pues no. Pero con esos precios…Además si viajas con una bolsa de palos de golf parece que da más categoría. Si cuando llego a Barajas aparezco con una a mi hijo le da un ataque. Se creería que me había hecho de una secta.

Y de camino de regreso al hotel me vuelvo a dar cuenta de la cantidad tan grande que hay de bicicletas en esta ciudad. Y siempre circulando por las aceras. A veces ves a algún destalentado que va a más velocidad de la que debería pero generalmente van tranquilos. Tampoco podría ser de otra manera dada la densidad de peatones que hay.

Lo que constituye un verdadero problema es su aparcamiento. Hay muchos sitios que pone expresamente que está prohibido. Pues están amontonadas. No deben saber donde dejarlas y no hacen caso de la prohibición. Y como las aparcan en batería en algunas aceras es difícil andar por el poco espacio que te dejan. Algunos edificios llegan al extremo de colocar unas barandillas para que no puedan aparcar pero entonces como igual aparcan  el espacio para los peatones todavía es menor. Así que tienen un verdadero problema ciclista. Ya ves que no todo lo de las bicicletas en las ciudades es de color de rosa.

PD Esta mañana por primera vez en todo el viaje he probado un trozo de pan y me he dado cuenta de que podría pasar perfectamente sin él. Que no me costaría ningún esfuerzo eliminarlo de la dieta.

Hoy he estado sentado escribiendo en el jardín del castillo y como es primavera había bastantes bichos. Pues ahora en la habitación del hotel me aparecen alguno de esos pequeños e inofensivos seres andando por encima de mi piel.¿Dónde habrán pasado la tarde?

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