45. Nagoya, día 2, Inuyama.

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De Nagoya a Inuyama hay que coger un tren que sale de la estación central pero que no es de JR sino de la línea Meitetsu. Y menos mal que los empleados son amables y eficaces porque es como una línea de cercanías con trenes que pasan continuamente y es un poco complicado porque no todos van a donde tú quieres ir.

En cuanto sales de Nagoya dejas los grandes edificios pero no la población: casas de 2 ó 3 alturas y algún bloque, pero no muy grande. Y huertecitos cuidados con primor, como jardines. Y como en todo Japón urbano  unas estructuras con unas mallas muy altas rodeadas de un recinto como un campo de fútbol.  Creo que se utiliza para jugar al golf pero sin moverse del sitio. Yo solo lo había visto en alguna película, quizás en “Black rain”.  Y no sé si es algo exclusivo de Japón o también lo hay en otros países con escasez de suelo.

En el letrero luminoso del interior del vagón dice que si encuentras un objeto abandonado o sospechoso que no lo toques y que avises al personal de la compañía y resulta que donde yo me he sentado se han dejado un mechero de gas. Transparente.

Allí me he tirado un rato mirando como el líquido pasaba de un lado al otro, pero no sé si es que es porque estos orientales son tan sofisticados y lo hacen así o es que todos los encendedores del mundo son así, pero éste parecía a esas bombas que salen en las pelis y que el artificiero bueno va a tocar y entonces le dicen que es de mercurio sintrónico y que en cuanto la toque está perdido. Pues algo así. Estuve a punto de cambiarme de asiento pero tampoco quería ser un gallina así que he viajado hipnotizado por un mechero de gas. (Iba a escribir de “gas liquido” pero eso es un oxímoron y no me gustan nada excepto el de “tienes los ojos luminosos como la oscura noche”).

Advertencia por si haces este viaje: la estación para bajarse no es “Inuyama”, que también existe, sino “Inuyama Yuen”.

Y allí hemos bajado una pareja mayor y yo. No demasiados para ver un castillo tan famoso.

La guía dice que un geólogo llamó al río que cruza la ciudad, el Kiso, el “Rhin japonés” y eso es lo primero que te encuentras. Y además es famoso porque por la noche montan un espectáculo de pesca con cormoranes domesticados. Ya sé que los cormoranes en la vida salvaje pescan y viven de eso, pero a mí los espectáculos con animales nunca me han gustado. Lo que sí me gustaría ver, si no es cruel, es ver como enseñan a esas aves a pescar para su dueño. Porque la cara que debe poner un cormorán cuando le  explican lo de pescar debe ser como la del Sr. Rajoy  cuando sus allegados le explican lo del PP valenciano.

Y después del río, inmediatamente, ves el castillo en lo alto de una colina.

Castillo. Inuyama-jo.

Para llegar desde la estación hasta allí vas por un bonito paseo al lado del río viendo allí algunos cormoranes y otras aves.

El castillo es de 1537 y es el más antiguo de Japón, que permanece en pie. No olvidar que por aquí pasaron los americanos y sus bombarderos, aunque los japoneses solo dicen la “segunda guerra mundial” o la “guerra del Pacífico”, los otros hablan de los “aliados” como si los franceses o australianos pudiesen en el año 45 enviar hasta aquí sus aviones.

Sufrió diferentes avatares como que en 1584 Toyomi Hideyoshi, que a ti no te dirá nada pero que ha sido uno de los personajes más importantes de la historia de este país, tomó el castillo con un ejército de 120 mil hombres.

(Aquí aprendo una nueva palabra en inglés: “strong” que usándose como sustantivo y refiriéndose a un número significa “hombres”. Así este castillo fue tomado por “ his army of 120,000 strong”).

Al llegar a la era Mieji (1871) muchos de los edificios fueron derribados. Esto sucedió en muchos castillos y por eso lo único que queda de ellos es la torre del homenaje. Lo mismo ocurrió aquí y por lo tanto solo queda la torre central y la muralla. Encima hubo un importante terremoto al final del siglo XIX. El castillo fue entregado al antiguo propietario con la condición de que lo reparase. Como por lo visto no hizo mucho caso en 1935 fue declarado “Tesoro nacional”.

Castillo. Inuyama-jo.

En la base de acceso al castillo te encuentras dos templos sintoístas. En el de Haritsuna hay una que no sé si es empleada o sacerdotisa que está quitando los papelitos anudados que cuelga el personal. ¿Qué pasará con esos deseos?

Esto de los papelitos es una cosa de los templos sintoístas pero parece que también se hace lo mismo en algunos budistas, vaya que es un pequeño negocio, aunque no tenga que ver nada con el budismo.

Templo de Haritsuna.
Los fieles compran los papelitos y los cuelgan. Después esas jóvenes, empleadas del templo, los quitan.

Y el castillo como todos. Por fuera una maravilla arquitectónica y plástica. Por dentro una austera e increíble estructura de madera que no te puedes creer hasta que la ves.  Y tampoco te puedes creer que un samurai con toda su impedimenta pudiese subir o bajar las escaleras de lo empinadas que son. Y menos corriendo.

Hoy hay muchos escolares visitándolo.

Profesor echando una charla a los insurrectos.

A la salida vea a un profesor “echando la charla” a un grupito de ellos. Los chicos y chicas están de pie casi en posición de firmes con aspecto contrito. Y el profesor sentado sin parar de hablarles. Eso en España sería impensable.  Yo estuve controlando el hecho un buen rato y cuando me fui seguía la filípica.

Uno de los dos templos se llama Haritsuna y está lleno de “okinobori”, esos pescados que hacen de cometas y que se ven en los reportajes de “La 2”. Y es algo que pensaba que sería gracioso llevar a mis nietos, no uno de 4 ó 5 metros como los que cuelgan allí, que ellos no viven en un templo, sino algo más modesto. Así que pregunté en el turismo de Nagoya –casi se desmayan con la pregunta- y en el hotel. Aquí la jovencita que me atendió solo me dijo que eran muy caros. Pero aquel templo de Inuyama estaba lleno de ellos así que pensé que quizás los vendiesen o supiesen donde. Le pregunto a uno de los curas y me dice que ellos no pero que cerca hay una tienda que sí. Me da el nombre y me lo marca en el mapa.

Templo de Haritsuna,  Okinobori.

Con la entrada del castillo incluye la visita a dos pequeños museos que están al lado.

El primer museo es el de los “artefactos”. Realmente es una habitación con unos muñecos increíbles. Unos son como marionetas muy sofisticadas y otros como autómatas. Hay demostraciones de su funcionamiento y también un artesano que los fabrica allí: pero hay que coincidir con las horas adecuadas. Este arte de los muñecos se llama “karakuri”.

El otro museo, un poco más grande, tiene restos del castillo pero sobre todo sirve de contenedor-garaje de dos enormes pasos como de Semana Santa, que sacan en un festival. Uno está lleno de farolillos de papel y el otro tiene varios autómatas.

Ambos, como te cogen de paso y ya los has pagado no están mal.

La calle de los dos museos es la calle turística de este pueblo. Pero o no es temporada o no es la hora, pero no hay ni un alma. Y todo muy silencioso. Y de repente aparece un Simca 1000. Sí, el mítico coche y que además parece preparado como para carreras pues hace bastante ruido. Por la mañana el único ruido que he oído varias veces ha sido el del paso de aviones cazas. No sé si es un ejercicio habitual en la zona o porque hay tensiones estos días con Corea del Norte. No me atrevo a preguntarlo en ninguna oficina de turismo.

Encuentro la tiendecita donde venden los okinobori. El dueño está dormitando sentado. En las paredes hay expuestos una especie de altares con ropas de samurai enano y un pez de los que busco enorme y precioso. Se despierta le digo lo que quiero y me los enseña pero dentro de una caja. El precio me parece razonable y no entiendo porqué a la recepcionista le parecía tan caro. Intento explicarle que me gustaría verlo fuera de la caja pero a pesar de lo amable que es no consigo que me entienda. Estoy dispuesto a comprarlo pero le digo que es que lo quiero como el de la pared que parece más espectacular que el que está dibujado en la caja. Creo que me dice que no lo tiene. Lo compro sin verlo y me da un catálogo. Pues menos mal que no he visto el catálogo antes porque son todos carísimos. Y el mío no está en él. Así que si hubiese visto primero el catálogo ni hubiese entrado y mis nietos se habrían quedado sin el okinobori.

Regreso a Nagoya y al salir de la estación veo varias indicaciones en portugués. Incluso he leído un letrero que decía “Catracas” y yo creía que era el nombre de una salida y ha resultado ser el nombre en portugués de los tornos de acceso.

Tengo que preguntar un par de cosas en la oficina de turismo –afortunadamente cada vez que he ido hay empleadas diferentes- y aprovecho para preguntar por lo del portugués. Me dice que es porque quizás haya brasileños trabajando en la fábrica de Toyota.

Camino del castillo voy andando por el paseo al lado del río. Unos barrenderos están recogiendo a capazos los pétalos secos de los cerezos. ¿A dónde ha ido a parar tanta belleza? Pero cuando estaban en su pleno apogeo debió ser una maravilla.

Recogiendo los pétalos de los cerezos

PD.

Mi amigo Hiro me dice que las jóvenes que hay en los templos sintoístas son “vírgenes” pero creo que se refieren más bien al término “doncellas” en un sentido más bien poético y religioso. Se llaman “miko” y parece que suelen ser con frecuencia personajes de los tebeos japoneses.

Me pregunto si los japoneses sabrán lo de “Qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000”. Es una de las canciones con la letra más horrorosa que hay.

Y no puede ser más explícita, como por ejemplo:

“Pon tu pierna aquí yo la pondré allá
tendremos que abrir la puerta de atrás”.

Eso es poesía. Y encima los que la cantan en el vídeo del enlace van vestidos como de dominicos.

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