44. Nagoya, día 1, segunda parte.

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Desde el Museo Toyota y en otro paseo me voy al “Noritake Garden”. Son unos jardines preciosos con un conjunto de edificios que eran una antigua fábrica de porcelana. Ahora hay museos y tiendas de esa marca. Bastante cara. Echo una ojeada en la tienda y en algunas piezas pone “Made in Japan” pero en otras “Made in Sri Lanka”. O sea que para eso te vas a Ikea.

Jardines de Noritake.

Uno de los edificios tiene el  “Canvas Museum”.  Para mí “canvas” es el lienzo de un cuadro así que pensé lo de “hay gente pa tó”. Paso de largo, pero lo pienso mejor y entro: es un museo dedicado a los materiales cerámicos sobre todo de alta tecnología y también algo al sanitario.    Así hay una antigua taza de retrete y explica que Kazuchika Okura (que debía ser uno de los fundadores pues este museo lleva como subtítulo “Morimuro-Okura Museum”) en un viaje que hizo a occidente se quedó sorprendido por la limpieza de los váteres de estilo occidental y decidió que era hora de presentarles a los japoneses el mismo tipo de sanitario. Dicho y hecho. Comenzó la producción en 1912 como “Toyotoki Ltd.”.

Le pregunto al recepcionista que porqué se llama “Canvas” pero no me entiende.

Acabo el recorrido visitando la “Noritake gallery”. Una sala de exposiciones doble donde ahora hay una de Toshihiko Katou  con sombrillas pintadas (200 mil yenes), abanicos (30 mil) y unos maravillosos quimonos muy, muy bonitos(de 1 a 4 millones).

La otra sala es de una pintora que tiene unos 50 cuadritos todos casi iguales: una cara de un payaso niño como si estuviese fotografiada con una lente ojo de pez. A mí me pondría nervioso tener colgado uno en la sala de estar.

He debido mirar los kimonos con tanto interés que a pesar de que por mi aspecto no podría comprar ni un abanico, se me acerca un señor muy elegante y me pregunta si estoy interesado. Le pregunto si es el artista. Es el director de la galería. Hemos charlado un rato y me ha dado su tarjeta. Ha tenido la perspicacia de escribirme su nombre con caracteres latinos. Me ha pedido la mía: “lo siento pero no llevo ahora”. Hemos quedado de lo más amigos.

Sobre la tarjetas de visita.

Creo que la primera vez que me hice tarjetas debía tener 16 ó 17 años y lo hice instigado por un amigo que se las había hecho y que en la profesión ponía “Mago”; en la de mi amigo. Como no tenía ni profesión ni dirección puse solo el nombre. Creo que no me he vuelto a hacer tarjetas personales en mi vida.

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