36. Sapporo, día 2, segunda parte.

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La cerveza Sapporo.

La historia. (Que sé que varios bebedores compulsivos de cerveza me leen y seguro que el tema les interesa mucho).

En junio de 1876 el director de la Comisión de Desarrollo para Hokkaido contrató al señor Seibi Nakagawa (os recuerdo que aquí se pone primero el apellido y luego el nombre, lo que debería ser normal en todos los sitios como es lo del sustantivo y luego el adjetivo en castellano) como maestro cervecero, oficio que había aprendido en Alemania.  En septiembre ya habían acabado la construcción de la fábrica. Y se lanzó al país la “Sapporo Beer”. Su etiqueta tenía y tiene la imagen de la estrella polar, el símbolo del gobernador.

Su lema era: “Hacer la vida más rica y más agradable”.

Por cierto, ¿nuestras cervezas patrias tienen lema?

Pues aquella fábrica del siglo XIX en lugar de tirarla y vender el solar a las inmobiliarias como hacen con los colegios de las órdenes religiosas (que están en el centro de las grandes ciudades) la dejaron allí y construyeron un museo y al lado lo que llaman el “Sapporo Biergarten”, un restaurante especializado en carnes a la brasa.

Si entiendes el japonés te enseñan el interior de la antigua fábrica y te van explicando con esquemas y maquetas el desarrollo de la marca y la fabricación de la cerveza.  Cuando llegué yo también lo hizo un autobús pero no pararon en el museo y se fueron directos a la barbacoa. Así en el museo estábamos solamente una pareja joven y yo. A ellos les explicaba todo detalladamente una azafata y yo me acercaba de vez en cuando a ver si podía pillar algo, como cuando les hicieron oler una serie de cosas.

Museo de la cerveza.

Tienen un cartel con la fecha del día para que te hagas una foto y quede constancia de que es verdad. Claro que con la técnica digital eso es una tontería pues se graba el día y la hora y no puedes mentir. A no ser que sepas tocar los datos EXIF. ¿Cuántos de vosotros sabéis hacerlo?  Pero allí estaba la fecha en “hardware” que eso nunca miente.

El recorrido se acaba en una tienda y en un bar con degustación.

La tienda está muy bien montada con productos de la marca y recuerdos. Y allí me dejé la pasta con los regalos. Que cuando se acerca el final del viaje me llega el momento peor, el de comprar regalos. A veces ves algo y dices “esto se lo compro a mi hija” –o se lo compraría, porque si es al comienzo no lo compro para no cargar con el objeto todo el viaje-, pero otras veces no ves nada. Y allí, en aquella tienda, había cosas interesantes, pero me faltan todavía bastantes días de viaje, así que maldeciré    la carga adicional en todos los cambios de tren que tenga que hacer.

En todas estas tiendas de recuerdos, en la de la cerveza y también en las de la universidad, los empleados llevaban delantales muy graciosos. Pero no los venden. Ni se les debe ocurrir a los japoneses porque no me entienden la pregunta hasta la séptima vez que se los repito. Entonces se echan a reír y me dicen que no, que es de ellos.  Y es que se creen que les quiero comprar el que llevan puesto. Quizás es que un delantal en Japón no es un regalo de recuerdo aunque lleve muchas cosas y sea especial.

La verdad es que me pasó lo mismo con un chubasquero que llevaban las empleadas de turismo de Takayama, que parecía algo del ayuntamiento de esa ciudad, y que a mí me pareció bonito para un regalo. Me dijeron que no, que era solo para los empleados. Hombre, eso lo entiendo más porque te pones un chubasquero de aquellos, coges una libreta y un boli y te cuelas por todos los sitios del ayuntamiento, pero con un delantal… Que eso es lo que hacen los detectives y espías listísimos que con un anorak o un guardapolvo y una libreta o un destornillador llegan hasta donde están los secretos de los malos. Que además de malos son tontos.

Y siguiendo con el recorrido de la “Sapporo Beer” la final llega la degustación, pagando pero con un precio que es bueno para este país. Puedes probar entre cinco cervezas diferentes o bien una bandejita con tres. Advierten que no sirven a los menores de 20 ni a los conductores. A mí como no me gusta demasiado y además sin comer, pues me consideré conductor.

Camino de la siguiente visita paso por la estación y entro a comer en un puesto de sopas. El año pasado ya probé estos sitios pero no todavía éste: hay una máquina fuera con los precios de las sopas y con un nombre y color cada uno. Echas las monedas y te sale una especie de etiqueta. Entras, se lo das a una empleada y te sirven en menos de cinco minutos lo que has pedido. ¿Y que has pedido? Pues para mí es un enigma hasta que me lo sirven. Porque en la máquina solo hay colores y palabras en japonés. Me pongo a mirarla y como la gente es tan educada no me doy cuenta de que ya tengo cuatro detrás de mí haciendo cola. Me aparto y observo como proceden y qué seleccionan. Sólo logro aprender el funcionamiento pero nada más, así que cojo una de precio intermedio y entro con mi ficha. Se la doy a la señora y ella me pegunta. Putada. Yo pensaba que con la primera selección de una entre 20 clases de sopas ya estaba claro y que no tendría que elegir nada más.

Al ver mi ignorancia me enseña en un armario las diferentes clases de fideos. Realmente podía haber pedido “cordetas” o cualquier otro componente más o menos repulsivo porque había pedido a ciegas, pero aquella sopa estaba buenísima.

Me voy un momento al hotel y aprovechando que hay una recepcionista que habla inglés le pregunto por el secreto de la “empty box”; ha ido a algún sitio a consultar y cuando ha regresado me ha dado la explicación: los hoteles tienen un aparato humidificador del ambiente que está debajo de la cama. Si algún cliente lo quiere, lo saca y lo hace funcionar.

Y así entendí todo: había algunos hoteles donde el aparato estaba fuera y la caja estaba vacía pero era “propiedad del hotel” como me habían explicado. Así ocurrió la primera y segunda vez en que vi la caja vacía, o sea la “empty box”. La tercera vez que vi la caja no comprobé si estaba vacía o no, pero puesto que no había humidificador en la habitación deduzco que estaba llena.

Pues parece una tontería pero me he quedado mucho más tranquilo después de la explicación.

Voy de nuevo a la estación de ferrocarril a coger el metro. Pienso que conozco gente que se quedaría a vivir aquí: unos porque es como una ciudad sin sol pero donde tienes de todo y además con mucho ambiente y muchas cosas para comprar y comer; otros porque no sabrían salir de aquí por lo complicado que es algunas veces.  Pienso en lo que sería esta estación –y en Japón conozco varias así- si no hubiese indicaciones con caracteres latinos. Sólo en japonés. A veces me pregunta gente con la que me encuentro en los viajes que porqué no voy a China: pues especialmente por eso, porque si no están las informaciones en caracteres latinos debe ser terrible si además no puedes comunicarte con el personal.

De vez en cuando se ve a alguna señora vestida de típica, pero nunca varones.

Mi última visita del día es a un santuario sintoísta. Hay que ir a una estación de metro y luego andar unos diez minutos.

Como hay varias salidas le pregunto al empleado de metro que controla las entradas y salidas: “¿Hokkaido Jingu?”. Y él me contesta: “Chingo”. Y yo:”Jingu”. Y él: “chingo”.

Y así varias veces. Cuando voy a sacarle el plano donde está escrito me dice “Jingu” y la puerta por la que debo salir. (Y yo lo decía en japonés, ¿eh?, no con la jota.).

El templo está dentro de un parque que aún se está recuperando del invierno. Hay algún montón de nieve considerable de lo que deben de haber limpiado de los caminos. Y las colinas que empiezan donde acaba el parque están todas nevadas. Veo a alguna pareja cogida de la mano, lo que sigue siendo muy poco habitual en este país con gente tan poco efusiva. Y siempre son de unos 20 ó 25 años. Y aunque sean jóvenes y con prendas deportivas siempre de colores oscuros y lisos. Yo debo “cantar” bastante con mi forro polar de color naranja.

Hokkaido Jingu.

Hokkaido Jingu Shinto Shrine. Madre feliz.

Fue establecido por un edicto imperial del emperador Meiji en 1869 y está consagrado a cuatro deidades:

-Espíritu divino de la tierra de Hokkaido.

-Espíritu divino de la Administración nacional y colonial.

-Espíritu divino de la Administración nacional, medicina y elaboración de sake.

– El emperador centésimo vigésimo segundo (creo que es el Meiji de más arriba) responsable de construir los fundamentos del Japón moderno.

Hokkaido Jingu Shinto Shrine. Sacerdote cabizbajo.

Hoy debe ser un día de bautizos porque salen del templo varias parejas jóvenes con recién nacidos en brazos.  También sale un cura shinto con un ropaje de lo más incómodo: lleva unas mangas que por lo menos miden un metro de ancho. ¿Os habéis fijado en los ropajes litúrgicos de cualquier religión? Todos incapacitan para cualquier actividad o trabajo manual.  De mi infancia yo recuerdo la capa pluvial -¿por qué que se llamaría así para estar dentro de una iglesia?- que se ponían los sacerdotes en las misas solemnes y era algo espectacular. Pues eso que van muy disfrazados. Pero no les digas que tienen que ponerse a plantar arroz o a trabajar en una fragua. Ni siquiera a diseñar una página web.

Debe ser que dicen: yo me disfrazo así y los fieles y mi dios ya saben que de esta guisa no puedo trabajar.

Seguro que hay una explicación pero no la conozco.

O mejor: seguro que había una explicación en el siglo XXI a.C.

El templo está cerrando pero hay un gran patio rodeado de una tapia y en las puertas un gran tambor. Se acerca otro sacerdote que debe ser menos importante que el primero pues va menos disfrazado, quizás sea un sacristán, con un palo que pone delante del tambor. Son casi las cinco de la tarde y me lo imagino. A esa hora tocará un redoble y cerrarán las puertas.

Tambor en el Hokkaido Jingu Shinto Shrine.

Les puedo hacer las fotografías de rigor y tengo que salir corriendo pues casi me dejan dentro.

Llega gente a la carrera para entrar pero no les dejan.

Ha sido un bonito final para Sapporo

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