37. Otaru.

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Hoy el ambiente que reina en el hotel (¡pensé que nunca podría utilizar esa expresión con el verbo “reinar”!) es totalmente diferente a la del resto de la semana: es domingo y además “Domingo de Pascua”, aunque me temo que esto último no les dice nada. Los trajes de “ejecutivo-oficinista” de toda la semana han dado paso en el desayuno a grupos de familias.

Voy a dedicar el día a visitar Otaru. La guía dice que merece la pena pasar un fin de semana allí o por lo menos un día.

Salgo de Sapporo en el tren y las montañas cercanas están totalmente cubiertas de nieve. El recorrido pasa luego durante un rato por la costa del mar de Japón: está como una balsa y como toda la costa que he visto nada de playas y si hay alguna son de piedras y ninguna estructura vacacional.

Al llegar a la estación de destino voy a la oficina de turismo, la empleada habla muy poquito inglés. Me da un mapa marcándome un par de sitios para visitar.  Le pregunto por otro sitio pero no logramos entendernos a pesar de que me saca un horario de autobuses y me intenta explicar como ir allí. Al final llama por teléfono a alguien que habla más inglés pero no logro entender si hay dos sitios con un nombre parecido o bien que uno está cerrado así que después de todo decido no ir.

El folleto que me ha proporcionado dice que “para los japoneses esta ciudad tiene la atmósfera y sofisticación de un país extranjero y es conocida como una romántica y nostálgica ciudad”. Porque Otaru fue el centro económico de esta isla debido a la concentración que hubo aquí a finales del siglo XIX y comienzos del XX de las principales instituciones financieras del país. ¿Por qué? Pues por algo tan prosáico como que aquí estaba el centro del comercio del arenque. Parece ahora una tontería pero fue un alimento importantísimo, incluso en España y para mí sí que tiene un aroma de nostalgia. Eso sí, nada de romanticismo, que aquella fue una época jodida. No, no la del siglo XIX sino la de los años 50 del XX.

Aquí en Otaru lo que te encuentras son bastantes edificios de antiguos bancos de los años 20 y también de algunos comerciantes importantes de aquella época.

The former Otaru Branch of Yasuda Bank
Incluso el banco de Japón tenía aquí una oficina que es quizás el edificio de ese tipo más notable, hoy convertido en museo. Es de 1912 y fue obra del arquitecto Kingo Tatsuno, que también construyó la oficina de ese banco en Tokio y la importante estación de ferrocarril también en Tokio.  De este museo dice la información que es de “estilo medieval y aspecto solemne”.
Todos los edificios importantes tienen un letrero explicativo en japonés y en inglés y muchos en ruso y coreano. Imagino que en este país muchos edificios de este tipo fueron bombardeados durante la segunda guerra mundial y por eso los pocos que quedan son tan importantes para ellos.

Y otros de los importantes atractivos de esta ciudad, por lo menos a los que se refieren como “románticos”, es su canal. Une el puerto que está al lado con una serie de grandes almacenes –en el sentido de “almacén grande” no de “El Corte Inglés”- que están situados en uno de sus lados. En el otro lado hay un bonito paseo.

Canal. Y como es domingo y hace bueno hay turistas japoneses y unos pocos artistas. Nada que ver con un paseo mediterráneo pero por primera vez veo algo así: dos o tres puestos de pintores que venden sus cuadros, un artista de arpa china, o como se llame ese instrumento, uno que toca una especie de bandurria y una chica encantadora que toca el violín. Todos lo hacían muy bien aunque recibían muy pocos donativos intentaban vender un CD con sus obras.

Veo un termómetro que marca 8º C a la sombra y 15 al sol lo que me parece una maravilla aunque a veces sopla una ligera brisa.

Y como en todos los sitios con turistas hay jóvenes con carricoches que arrastran ellos mismos y que llaman aquí rickshaw como en la India. También fotógrafos especializados en grupos que disponen siempre del mismo montaje: unos bancos para que el grupo se coloque en dos o tres alturas, una escalera donde se sube el fotógrafo y un fondo precioso.

Y el tercer elemento de la ciudad es la calle Sakai-machi. En ella acabamos todos. Hay varias casas de las mismas épocas que las de los bancos, pero en este caso son de ricos comerciantes. Incluso de uno, Iwanaga, dice la información que creó una orquesta con sus empleados.  Su casa tiene en su techo “carpas míticas”, “shachihoko”, que aunque son habituales en los templos y edificios notables, aquí son una rareza.

Muchos de estos edificios están convertidos en tiendas de regalos y especialmente de uno de los productos típicos de Otaru: el cristal.

Yo no sé si la llaman “la Venecia de Japón” por el canal –lo que me parecería una exageración- o por el vidrio. Tampoco sé si lo fabrican aquí aunque seguro que sí lo hacían en su origen.  De cualquier manera tienen unas tiendas preciosas donde acabamos abducidos todos los visitantes.

Algunas de esas tiendas conservan la estructura original del edificio y son una maravilla arquitectónica. Y los precios bastante caros pero los objetos muy bonitos.

Al final de la calle te encuentras con una excentricidad que casi pasé por alto sino hubiese coincidido que eran las dos en punto: un reloj que las horas las anuncia con pitidos de vapor.

Reloj de vapor

A su lado otra tienda con el segundo producto de la ciudad: las cajas de música. Una tienda enorme con su estructura interior de madera y con miles de cajas de música muchas de las cuales están sonando al mismo tiempo. Acabas con la cabeza como un bombo. Trabajar allí debe ser horrible a no ser que tengas alguna deficiencia acústica. Pero no preocuparse: si no la tienen la tendrán.

Hay dos actividades turísticas añadidas: los restaurantes de los que hay un montón y un par de tiendas de chocolate que la empleada de turismo me dio a entender que lo fabricaban allí.

Y a pesar de la abundancia de restaurantes, o quizás a causa de ello pues tenía que elegir entre un montón, mi comida se limitó a un trozo de turrón de Alicante, dos bombones de muestra que un empleado sonriente ofrecía a los transeúntes en la calle –uno de ida y otro de vuelta- y una especie de vieira, creo que era abalón, enorme que vendían en una pescadería y que allí mismo te hacían a la brasa y te comías, como siempre, con palillos.Mi comida.

A mí me tocó una concha que en lugar de la carne blanca como las otras tenía la mitad de una masa roja. Ni idea de qué parte de su anatomía era pero estaba deliciosa. En la misma pescadería vendían, como en todas, unos frascos con una pasta, pero que aquí podías probar. Ponían un cuenco con el contenido del frasco y unos palillos. Cogías un poquito te lo ponías en la palma de la mano y lo probabas. Luego te limpiabas con una toallita.  Bueno, eso lo aprendí viendo a una pareja de mi edad hacerlo porque lo de comer en la mano no lo había visto todavía. El señor me dijo en inglés que era muy bueno y le pregunté si los frascos cerraban bien. Que sí, pero sonriendo me dijo que él no me lo garantizaba. Pero se necesitaba frío para conservarse: te lo venden envuelto en hielo. Imposible comprar para llevarlo a España. Yo di por supuesto que eran japoneses pues además de su aspecto facial sabían la palabra japonesa para erizo pero no la inglesa. Pues eran australianos. Muy simpáticos y mi única conversación en todo el día.

Doy mi último paseo por el canal donde los músicos ya no están y los pintores recogen sus bártulos.

Regreso a Sapporo.

PD
Hoy por primera vez he visto patatas con precios que podía entender. Unas van a 600¥ el kilo y otras tenían una oferta de 5 por 1800¥. O sea de 4,5 a 2,5€ comparado con 1€ de España.

También vendían espárragos verdes bastante gordos a 2700¥ el kilo. Carillos.

En un restaurante ofrecen dos tipos de cangrejos: “Hairi crab” de 500 gramos a 3900¥ y “King crab” de 2 kilos a 15600 y de 3 a 25800.

Imagino que si te sacan un bicho de 3 kilos a la mesa también te sacan una maceta de cantero por si no está muerto del todo para defenderte si te ataca.

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