23. Morioka y el valle de Tono.

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En este hotel hay un pequeño buffet de desayuno japonés. Nada que ver con el desayuno del último ryokan, el de Hiraizumi, porque si no me quedaría a vivir aquí. Hay un cuenco con la sopa matutina habitual y luego puedes coger pastelitos de arroz, tres vegetales desconocidos y té o café.  Y además algo de bollería y mantequilla. El personal se hincha de arroz y la bollería ni la tocan. Lo curioso es que a pesar de que las bandejas de servicio son muy pequeñas nadie repite, ni siquiera el té, excepto yo; quizás sea una cosa de educación.

La guía remarca mucho el valle de Tono, e incluso lo recomienda en la primera selección del norte de la isla de Honshu, donde solamente están seis lugares, entre ellos Chuson-ji. Así que me voy a verlo.

A la salida de Morioka se ve la cordillera nevada pero sobre todo el volcán Iwate, que es una montaña impresionante. En los días claros debe ser como el famoso monte Fuji, todo nevado y sin otras montañas delante que impidan su vista o que le hagan sombra paisajística.

En el tren alguna familia con niños pertrechados para pasar un día en el campo. Y es que hoy es domingo.

Tengo por delante de mí todo un día de viaje en tren que modificaré según lo que me vaya encontrando en el camino.

Veo en el recorrido mujeres trabajando en el campo totalmente cubiertas. Y es que las japonesas se ocultan todo lo que pueden del sol. De esta manera llegas a ver a esas viejecitas con una piel impecable.

Campos de arroz ahora secos que cuando estén con la cosecha serán una maravilla. Y así al final me encuentro al Japón rural de verdad: colinas suaves, bosques y campos cultivados, pero siempre con presencia humana. Los bosques caducifolios están muy apagados pues la primavera no ha brotado todavía.

Así llego a Tono. Voy a la oficina de turismo y le pregunto que qué puedo ver en dos o tres horas hasta mi próximo tren, a no ser que lo encuentre tan interesante que pase aquí el día y regrese al final de la tarde a Morioka.

Templo budista.
Mi guía dice que Tono es una tranquila ciudad situada entre una espectacular región de valles, rodeada de campos de arroz y de montañas y donde vive una “considerable” población de osos. (Escribo “considerable” como traducción del adjetivo “fair” porque las otras acepciones como “limpio, justo, aceptable, rubio” no me parecen adecuadas. Por lo menos hasta que no vea a los osos). Es un área que interesará a los que tienen una “rica imaginación y a aquellos entusiastas del entorno campestre”.

De todas maneras advierte que se necesitará un medio de transporte personal para visitar la mayor parte de los sitios y que entonces deberías estar por lo menos dos días.

Después de nombrar una serie de lugares que se pueden visitar dice que la aproximación a la ciudad es”divina”, lo que me parece algo exagerado a no ser que “divine” sea un “faux-ami”, que visto lo  visto no me extrañaría. El tren serpentea entre valles y montañas y es bonito pero de ahí a “divine”…A no ser que lo haya redactado un moderno de los de “divina de la muerte”.

La guía, ya puestos, te recomienda que hagas una especie de círculo y que de Tono te vayas a hasta la costa y de allí regreses por otro camino a Morioka.

Ayer pregunté en turismo la posibilidad de hacerlo todo en un día. Como son tan educados y eficientes me hicieron un plan para llegar a Morioka a las 9 de la noche, porque aunque este país tiene los trenes más modernos y rápidos del mundo también hay zonas, y ésta es una de ellas, donde solo hay trenes “locales” que van despacito y sobre todo paran en todos los sitios.  Así que tenía que coger cuatro trenes pero era posible hacerlo. Después me fui a la taquilla de la RENFE y me dijeron que no era posible, no sé si porque no lo era o porque hoy es domingo.

Compruebo que ha sido una exageración la información de la guía  porque, de momento, la aproximación no ha sido “divina”.

Estoy casi a mitad de viaje y un día de relajo va bien, pero quizás luego me falte alguno. Porque Tono es una ciudad moderna, limpia, de calles rectas y sin un alma por ellas. Quizás para compensar las que hay en los cementerios porque no he visto una ciudad con más cementerios y más tumbas en mi vida.  Que tengo que enterarme si los entierran de pie o solo las cenizas o bien es solamente un monumento funerario pues le dedican muy poco espacio a cada uno y están todos muy juntitos.

Cementerio.
Muchas tumbas –o lo que sean- tienen como un paragüero donde colocan unas tablillas, como las de los templos pero más altas, unas de un metro y otras de dos. Parece como si cada año colocasen una nueva y así se ven de diferentes épocas.

Yo me esperaba encontrar una ciudad de montaña, de excursionistas por todos los lados como la familia que vi en el tren pero se han debido bajar en otras estaciones porque en Tono estaba yo solo. Y los muertos. Bueno, en la estación de Tono he vuelto a ver a la japonesa vestida de hippy y a su “novia” y nos hemos saludado pero no los he vuelto a ver.

Pues por allí paseo y entro en los templos que me encuentro por el camino. A veces no logro distinguir si son budistas o sintoístas pero creo que son casi todos de los primeros, por lo menos si tienen curas en su interior.  En uno que encuentro le pregunto si son de unos u otros. No me entiende y toco las palmas como los sintoístas y me dice que no.  O sea budista.

Al lado del rio hay un agradable paseo pero sigue haciendo más fresco de la cuenta; así he visto un montoncito de nieve al lado de la puerta de un templo, lo que indica que sigue haciendo frío, por lo menos por la noche.

Todos los templos que visito están vacíos pero en uno hay un montón de zapatos delante de la puerta que está cerrada y no se oye nada. Me da corte entrar pues imagino que estarán haciendo alguna ceremonia íntima y mi presencia   les turbará. Además como aquello está rodeado de tumbas por todos los lados pienso que quizás sea un funeral. Total que no entro.

Una cosa curiosa pero que es general en este país: todos los zapatos están colocados perfectamente alineados y con la punta hacia el exterior. Eso ya lo vi en el ryokan donde tenías que ir sin calzado. Si te los dejabas en el patio o en hall de entrada de cualquier manera ellos te los colocaban así, con la punta mirando hacia la calle.

Así que decido marcharme de la famosa ciudad de Tono y cojo el tren para Miyako.

Desde Tono hasta Kamishi irá por el interior y desde allí hasta Miyako por la costa del océano Pacífico.

En el camino veo un establo con media docena de vacas. ¡Vacas en Japón! Debe haberlas pero es el primer animal doméstico que veo al margen de perros y gatos.

Vuelvo a encontrar nieve al lado de la vía y también en las grandes montañas.

En el tren viajo casi solo pues por ser domingo no hay escolares que son los que habitualmente me encuentro en este tipo de trenes.

Al fin aparece el mar. Es una costa sin ningún establecimiento recreacional, solo algún puerto pesquero y en alguna bahía artes como las de las bateas los mejillones.

Y yo me pregunto si en verano a los japoneses les gustará bañarse en el mar. A las japonesas que son heliófobas seguro que no. (Ahora me acuerdo de una canción de Mina que estaba de moda al final de los años 50, “tintarella di luna” y que en España cantaba también José Guardiola en un EP con “Mustapha” y “Dieciséis toneladas”. ¡Qué jóvenes éramos!)”.

Como en la oficina de turismo de Morioka me vieron tan interesado me dieron un folleto en japonés de toda la costa pero que le dedica 20 palabras en inglés a cada “monumento de cada pueblo” pues en mi guía no hace mención de ellos.  Y lo mejor de todo es que te dice a qué distancia está de la estación de tren cada sitio.

En Miyako tengo menos de una hora entre tren y tren y lo único que tengo a mano es  el mercado de pescado y de productos alimenticios que está a unos 10 minutos a pie. Y ha resultado ser todo un descubrimiento: una maravilla y preparado para que compren los turistas japoneses que llegan hasta aquí. Toda la mercancía da gusto y al final me decido y me compro una bandeja de sashimi (ya sabes, lonchas de pescado crudo), con ánimo de comérmelo al llegar al hotel. El vendedor me dice por señas que si me lo quiero comer en el mercado hay unas mesas a disposición del público y que me dará las salsas necesarias.  Ando un poco justo de tiempo pues me he demorado bastante viendo todos los puestos pero decido probar. ¡Qué bueno, qué bueno! Tanto que vuelvo y le compro otra bandeja. La mejor comida de todo el viaje. Una recompensa por la decepción de Tono. Total que la gula (la mía, no la del norte) casi me hace perder el tren y en  estas líneas  son  bastante escasos.

El recorrido de Miyako a Morioka  pasa por bosques y pequeños valles con ríos de aguas transparentes y es francamente bonito. Y vuelve a estar todo nevado.

Y así he acabado de forma feliz un viaje que no empezó demasiado bien.

PD. En la segunda parte del viaje he pasado por un pueblo que se llama “Kirikiri”. A los chicos de ese pueblo cuando vayan a otro los tendrán martirizados:

-“¿Tú de donde eres?”

-“Yo de Kirikiri”.

-“Pues yo de Calamochacalamocha”.