15.De Kanazawa a Matsumoto.

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Ayer en el ryokan me encontré con una simpática australiana a la que había conocido en el albergue-templo de Takayama, aunque allí apenas habíamos hablado porque había bastante gente y ella se relacionaba con los anglos; se alegró de encontrarme de nuevo. Cuando viajas solo y te vuelves a encontrar con alguien que has conocido en otra etapa creo que te alegras más de la cuenta.

Ella quería ir a cenar y la acompañé al sitio donde estuve hace un par de noches. Luego me la he vuelto a encontrar en la salita del ryokan donde está el PC y unos silloncitos. Allí hemos charlado también con el padre del niño francés que vi en Takayama. Hacen un viaje de tres semanas por el Japón y el niño tiene dos años y medio. Como mi nieto. Estaba también la tía del niño. “¿No da muchos problemas viajar con un niño tan pequeño?”. Respuesta del padre: “¿Qué niño?”. Claro que era una respuesta ingeniosa –y cínica- porque la madre de la criatura era la que estaba durmiendo al niño.  Pero es una frase que…por si las flais no la acabo.

Al final hemos estado hablando una mezcla de francés, inglés y español muy divertido. Por cierto que los franceses hablaban castellano pero no sabían como se decía “ordinal” ni “cardinal” en francés aunque conocían el concepto. Y han llegado las italianas de Giotto y también se animaron a intervenir en italiano. Pero tenía que escribir el borrador y he dejado la reunión que parecía lo de “El nombre de la rosa”.

Siempre intento buscar el alojamiento cerca de las estaciones de ferrocarril y afortunadamente en este país suelen estar en el centro de las ciudades, incluidas las de los trenes de alta velocidad; no como en Guadalajara: Pero creo que ésta es otra historia que tiene que ver con la nobleza.

Aquí he tenido que coger un autobús porque no había ningún hotel que me interesase en las cercanías de la estación pero estaba muy bien comunicado. Además este ryokan ha sido encantador.
Estación de ferrocarril.
Para ir de Kanazawa a mi próximo destino, Matsumoto, tengo que coger tres trenes, y a mí lo de viajar en tren me parece una de las mayores delicias de los viajes. Además en este país los trenes van como un reloj y puedes confiar plenamente en los horarios.

Primero voy de Kanazawa a Noetsu, en la costa del mar de Japón. El recorrido del tren va paralelo a uno de los lados de los llamados Alpes Japoneses. No he logrado saber si los japoneses los llaman también así. Y esto no es una pregunta retórica pues estas cuestiones que me van surgiendo a lo largo del viaje me las voy apuntando –en el apartado “Preguntas”, por supuesto- y luego intento conocer la solución. Pues en estos entornos vuelvo a ver todas las montañas cubiertas de nieve.  Y hago nuevos planes y modifico los antiguos para adaptarme a las circunstancias e intentar retrasar un poco la subida hacia el norte. O pienso hacerlo al revés: subir enseguida y luego buscar el clima más templado del sur.

El tren llega a la costa del mar de Japón que en esta zona no tiene ninguna particularidad. Y así llego a Noetsu. Espera en la “sala de espera” casi una hora. En la máquina de bebidas escojo un té, pero hay cuatro opciones posibles. Cojo una de las centrales. Ni idea. En la sala una gran pantalla con béisbol, el otro deporte nacional con el sumo. Yo he visto muy poco béisbol, casi siempre en pelis americanas y es gracioso porque en ésas suelen ser fornidos jugadores hispanos y aquí son delgaditos japoneses que parecen escolares de instituto. Y como en la mayoría de los deportes profesionales sigo sin entender como pueden mover tanto dinero, tantas ilusiones y hacer millonarios a sus ídolos. Tampoco entiendo el fenómeno de la idolatría. Porque además mira que es soso ese deporte. Es como el tenis pero como si en éste sacasen una pelota cada cinco minutos y el otro respondiera una de cada diez veces.

En Noetsu cojo un “tren local”, algo así como un cercanías con distribución de los vagones como si fuese un vagón de metro, que para en todas las estaciones y que cogen muchos estudiantes de instituto.

Sigo buscando planes alternativos a los originales y de repente me veo rodeado de nieve por todas partes. Es como si hubiésemos bordeado las montañas y ahora nos hubiésemos metido por un estrecho valle dentro de ellas, donde la nieve llega hasta la vía.

En el tren veo a un joven occidental al final del vagón. Me sorprende que no se siente pues es el único viajero que está de pie. A mitad de recorrido se baja en una estación que parece pequeña y allí cambia a otro tren parecido al que vamos. Imagino que irá a algún lugar de montaña pero lo que me deja clavado es el equipaje que lleva y que mueve él solo: una gran mochila, una bolsa de mano enorme, una maleta con ruedas también enorme con una gran bolsa encima y dos colchonetas de 90 centímetros. ¡Dos colchonetas! Porque no había visto antes el equipaje que llevaba que si no me levanto a preguntarle. Porque en la India es frecuente ver a militares que se desplazan con una colchoneta enrollada con su equipaje, pero es poco más que una manta, pero éstas eran tan grandes que las llevaba dobladas en dos y abrazadas delante de su cuerpo.  Total, que como no pude preguntarle será un enigma que me acompañará siempre.

Y así llego a Nagano. Espero media hora y cojo un tren de larga distancia hasta Matsumoto.

El día está nublado y pregunto en la oficina de turismo por el tiempo que hará: mañana lloverá. Le pregunto por el tiempo de otras ciudades a donde puedo ir y la señora que habla muy poquito inglés me enseña pacientemente los resultados que le van saliendo por la pantalla. Es un magnífico sitio de previsión meteorológica pero está todo en japonés. O sea que veo las nubes, las nieves y un poco de sol pero no puedo buscarlo por mi cuenta.

Tapa de alcantarilla.
El alojamiento esta vez es un hotel de verdad.  El típico “hotel de negocios” japonés, con habitaciones minúsculas pero limpísimas   y con todo lo que puedas necesitar, entre otras cosas dos PC en la recepción, pero para estar de pie.

El personal de recepción, siempre chicas, es amable como no te imaginas, pero solo la jefa habla un poco de inglés. Así que cada vez que pregunto algo se producen situaciones de risa.

Nada más llegar me sacan una cajita con obsequios para que coja. Hay un letrero en japonés que quizás diga “elegir uno solo” pero como no lo entiendo y para no hacerles un feo he cogido uno de cada excepto unos calcetines de señora. Así que me he llevado seis cosas. Un de ellas una excentricidad: una brocha para limpiar el teclado del ordenador. O eso he entendido. Pero aunque eran más de las tres de la tarde hasta las cuatro no se puede hacer la inscripción o mejor, no se puede acceder a la habitación. Esto es algo muy común en Japón: la recepción está abierta todo el día pero no puedes entrar en tu habitación hasta las 3 ó 4 de la tarde.

Me doy una vuelta por un centro comercial cercano. La librería se llama “Libros”. Me gusta.

Mañana empezaré mi vista turística. Que no llueva a pesar de la previsión.

PD.
El recorrido del tren pasa por un pequeño cementerio que estaba colocado entre la carretera y la vía férrea. Pero pegado, pegado a ambas. He pensado que si hubiese vida más allá, a los muertos que allí están y que cuando los enterraron seguramente les dirían alguna fórmula tipo “dadles Señor descanso eterno”, cuando se encontrasen allí lo mínimo que habrán dicho será: “¡la madre que os parió, bastardos!

(El pudibundo “word” me vuelve a sorprender: no admite “bastardos” y me lo marca en rojo pero me da como opción válida para sustituirlo “bastardas”).

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