14. Kanazawa, día 3.

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Hoy he vuelto a desayunar al estilo japonés; ya soy “casi” un experto. Ayer le pregunté a la señora posadera que tenía que hacer con las tiras pequeñas de nori que me ponían y que yo siempre rompía en trocitos encima del arroz. Como no la entendía entró en la cocina y salió con un cuenco con arroz y un trocito de alga en un plato. Y me lo hizo allí delante para que lo aprendiera.  Pero si no sabes comer con palillos no pidas desayuno japonés. O mejor: no vengas. En ninguno de los restaurantes en que he comido hasta ahora me han puesto otra cosa diferente que palillos.

Me voy a ver el jardín de Kenrokuen. En el camino vuelvo a pasar por delante del museo del siglo XXI. Me encanta este edificio y su entorno.

La guía recomienda no ir a visitar el jardín en fines de semana por las aglomeraciones, así he esperado a ir hoy que es lunes pero también había bastante gente. Quizás porque luce el sol a pesar de que sigue estando fresquito. Pero es que este jardín es uno de los tres más importantes del país junto a uno que hay en Mito y otro en Oyakama que visité el año pasado.

Con la entrada –aquí se paga por casi todo- me entregan un mapa. Son los mismos funcionarios cartógrafos diabólicos municipales -¡señor, cuantos adjetivos!- de los otros mapas: se ve que dicen “a ver cómo nos queda mejor” y luego ponen la flecha apuntando al norte. Este está orientado O-E. He intentado preguntarles a las taquilleras por este disparate pero no me han entendido. Como además yo he entrado por la puerta que está en el oeste aparecía en la parte superior del mapa y para seguirlo tendría que darle la vuelta.

Uno de los pabellones que hay en su interior es una casa de té donde se puede tomarlo en plan ceremonia pero también se puede visitar lo que no está ocupado con clientes. Y por supuesto te tienes que descalzar. Al salir me pongo el calzado y piso una tabla que hay en el suelo pero fuera de la casa. Una señorita que hace de guía de un grupo de indostánicos me dice que no se puede pisar la tabla. Estaba bastante desgastada por los miles de descalzos que se han calzado allí. Me pongo mis Adidas, fuera de la tabla, y le digo: “Os preocupáis mucho porque un zapato toque un trozo de madera pero no os importa ser uno de los países más contaminantes del planeta”. Sólo ha logrado balbucir: “es que es una casa de té”. La he visto tan apurada que no he querido seguir pero lo inmediato era preguntarle si en lugar de una casa de té hubiese sido un Mc Donalds si hubiese podido pisar la madera. Que estoy conforme en respetar las normas pero…

El jardín es precioso aunque tengo que reconocer que me impactó más el de Oyakama. Está todo cuidadísimo pero le faltaba una semana o dos para que los árboles estuviesen en flor; en especial hay una zona de ciruelos que debe ser una maravilla. A pesar de que el ciruelo tiene un nombre que no está para nada relacionado con la belleza. Dices “almendro” o “cerezo” y piensas en sus flores y dices: “¡ooooh!”  Pero dices “ciruelo” y solo con esa palabra no le pones flores. Ni interjecciones. He aquí un ejemplo de haber sido derrotado por el nombre. (Como decía un amigo del poster del Sr. Sebastián cuando se presentó como candidato a la alcaldía de Madrid: “a éste le ha derrotado su fotógrafo”).

Kenrokuen.

Una de las cosas más espectaculares de este jardín son los “árboles imposibles”: solo se aguantan por los soportes que les han colocado a sus ramas. Hay algunos que recuerdan a los ficus con sus raíces aéreas de tantas muletas que tienen.

Otra característica es que mucho del verde de su suelo no es césped, aunque de lejos lo parezca, sino musgo.

Había un par de fotógrafos profesionales utilizando una técnica de retrato que he visto solo en este país: se ponen en jardines o lugares especiales donde van grupos y para retratarlos los juntan y si el grupo es grande los colocan sobre unos bancos en escalera que tienen preparados. El fotógrafo se sube a una escalera plegable de más de dos metros que tiene preparada con un trípode atado a ella y de esta manera salen todos y el paisaje que tienen detrás, sea una montaña, un lago o un jardín como aquí.

A pesar de ser japoneses no pueden evitar lo de “lo más…de…”. Pues en este jardín está “la fuente más antigua de Japón”.  Con lo grande y antiguo que este país ¿cómo se pueden atrever a decir esto?

Aunque no ha llegado la floración primaveral excepto en algunos pocos árboles, ya les han quitado unas cuerdas con que los atan, especialmente a los pinos, para evitar que se quiebren con las fuertes nevadas invernales y que son una marca de la casa muy famosa en este país.

Para los amantes de las excentricidades: este jardín fue declarado “Lugar natural de belleza pintoresca” en 1922 y “Lugar natural de belleza pintoresca especial ” en 1985. Han tardado 63 años para añadirle lo de “especial”.

Desde el jardín me voy al mercado de Omicho. Una pequeña maravilla de mercado cubierto. No hay mejor presentación para el pescado que la de los mercados japoneses.  Y en concreto este lugar es precioso.

No sé si el pescado es caro o barato pues no logro entender el precio si es por unidad, por peso o por qué. Pero dan ganas de comértelo crudo. Tal como está. Vaya, como hacen ellos. Así que aprovecho para comer en un restaurante dentro del mercado especializado en sushi.

Me toca esperar un buen rato en la cola en la calle e intento que los que están detrás de mí me expliquen algunas dudas que tengo sobre los menús y precios del restaurante pues toda la información está en japonés. Solo están escritas en “cristiano” dos cantidades, 120 y 800. O sea en los llamados “números arábigos”. Mis vecinos de cola son una pareja de unos 60 años y su hija de unos 30. “¿Hablan inglés?”. “Pues nosotros mayormente no, pero aquí nuestra hija, sí”. O eso he entendido, pero los pobres padres se han gastado un montón de pasta en las clases de la niña y ella debía de estar en una sala de futbolines. Pero para no delatarla he hecho como si ella hablase inglés y yo la entendiese. ¡Cómo somos los padres!

Al salir del mercado veo a una pareja de japoneses con un mapa de la ciudad venga darle vueltas. Pienso que ¡pobre gente, otros seducidos y confundidos por los cartógrafos diabólicos! Pues me lanzo y les digo: “¿Puedo ayudarles?”.   Han puesto los ojos como platos. Les he explicado donde estaba el oeste y el este y les he puesto el mapa en su dirección correcta. Pero creo que de la sorpresa inicial no me han entendido. (Aunque ahora al transcribir el borrador pienso que quizás no entendían el inglés y estaban alucinados por mi intromisión. Imagínate que estás en un lugar turístico español, por ejemplo delante de la basílica de San Vicente de Ávila, mirando un mapa y se te acerca un japonés, hablando en coreano –para hacer el símil más preciso-, te coje el mapa, le da varias vueltas y después de explicarte algo durante tres minutos te lo devuelve con una gran sonrisa. Pues así les debió pasar a los japoneses y así se quedaron de estupefactos).

Me voy al castillo y paso de nuevo por un templo sintoísta en el que estuve ayer. Me encanta su patio y el ambiente que se respira a pesar de estar en medio de una gran ciudad.

El castillo de Kanazawa fue construido en 1580. Fue destruido por el fuego y han reconstruido algunas cosas. Quizás lo más espectacular sea lo que queda de sus murallas y taludes que dan idea de cómo debía ser en sus buenos tiempos.

Castillo de Kanazawa.

Como en todo el país los tejados son negros y en éste eran blancos he pensado primero que era de la rosada que todavía permanecía allí pero creo que realmente es que los han pintado de blanco.

Lo más notable es la puerta de Ishikawa, el resto merece la pena por todo el conjunto aunque no sea espectacular.

La amiga que me comunicó la muerte de Almudena me dijo que “aunque no soy creyente, sí creo en las despedidas emocionales”. Así que me voy a despedir de mi amiga con una visita más tranquila y sosegada al jardín de Kenrokuen. Porque ella se dedicaba a diseñar jardines como arquitecta paisajista. Creo que supo por mí por primera vez del jardín vertical de La Caixa en el paseo del Prado.  Y le encantó cuando la visitó. El año pasado le hablé del jardín de Oyakama y éste le hubiese hablado de las maravillas del de Kanazawa.

Esta tarde hay menos gente y la que hay parece más reposada que la de la mañana. Al entrar veo a un grupo de operarios transplantado musgo. Ni idea de que se tratase así este vegetal: como si fuese césped pero dado el tiempo y el cuidado que le dedican parece mucho más delicado. Luego encuentro a un grupo de mujeres agachadas y con sombreros cónicos que me recuerdan a las campesinas vietnamitas y que parece que están segando el musgo. ¿Se siega el musgo? (Seguro que Almudena se hubiese reído a carcajadas al leer esta pregunta pero a mí me ha parecido de lo más sorprendente esta actividad).

Segando musgo.

Veo a una pareja de jóvenes cogidos de la mano. Me sorprende porque aquí la gente se toca muy poco. O nada. Nunca ves abrazos ni arrumacos. A la única pareja a la que he visto darse un beso, en la semana que llevo aquí, al volverse resultaron ser españoles.

De vez en cuando hay algún letrero con un montón de información en japonés que se traduce en un par de líneas en inglés. Así leo que en un cerezo que hay allí, el “kenrokuenkikuzakura” da unas flores a final de abril de más de 300 pétalos por flor. Y que el pino “Neagarinomatsu” tiene unas raíces que salen del suelo y que hace que casi parezca un ficus.

Y con estos pensamientos y sabiendo que nunca más le podré contar a Almudena las maravillas de este jardín, ni de ninguno de los que vaya a ver en mi vida, dejo éste de Kenrokuen.

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