Aquí, en Pachmarhi, todos los autobuses son de literas, parecidos a uno que cogí en Chhattisgarh, pero allí era un viaje diurno y relativamente corto y aquí será por la noche y de unas 12 horas.
Tiene una distribución que para mí es algo especial, pero debe ser un estándar: en la parte izquierda lleva 10 literas individuales en dos pisos, cinco en cada uno. En la parte derecha unos buenos asientos reclinables en filas de dos. Los más anchos y largos que he visto en la India. En total 19 asientos. Y encima de ellos cinco literas dobles que utilizan las familias porque en este país hasta que los niños son bastante mayorcitos no pagan billete. Así que dentro de cada cubículo doble se mete una familia entera. Al comienzo cuando vi la cantidad de gente que se metía en la litera encima de mi cabeza me quedé preocupado porque pensé que se podría hundir el techo.

La primera parada es Pipariya, pueblo al que se puede llegar con tren y parece que es lo que hace mucha gente para ir desde allí a Pachmarhi. En ese pueblo se llenó el autobús.
Aprovecho la parada para comer algo. Se me acerca un joven indio y me dice que me invita a tomar un té. Gracias, pero ya lo he tomado. No habla inglés pero está encantado de hacerlo conmigo. En hindi. Resulta que al final caigo en que es el chófer del autobús y un tío muy simpático. Se empeña en invitarme a unas fritangas. Menos mal que he conseguido decirle que no porque he probado una y picaba como un demonio.
En esta parada sube el del asiento a mi lado y se comporta como un indio típico: coge mi equipaje y lo mueve de sitio para colocar el suyo. No tenemos una bronca porque en los viajes nunca se sabe que puede pasar y más aquí que voy solo y no hay ni un letrero en inglés. Y éste parece que lo habla un poco.
El pasajero detrás de mí se queja de que tengo el asiento demasiado inclinado. Pues como todos.
Cuando estamos entrando en Bhopal, me despierto y me incorporo el asiento. Pienso que si paramos aquí intentaré hablar con el de detrás para hacerle entender que el de delante de mí también va echado. (Y seguramente él).
El autobús va muy deprisa. Hay una gran rotonda y no puede, no puede, no puede…pues me estoy viendo como en las pelis cuando hay un accidente. El autobús que derrapa, que da bandazos y que finalmente tras llevarse una farola se sube encima de una isleta.
Los pasajeros se despiertan pero nadie chilla ni grita. Eso me sorprende. Quizás es que están medio atontados por el sueño y empiezan a bajar.
Por la cara que le veo a mi compañero de asiento deduzco que está sereno pero acojonado.
Yo me he dado un pequeño golpe en el labio superior con el asiento de delante que afortunadamente está un poco mullido. No quiero ni pensar que me habría pasado si lleva una barra metálica como la mayoría. Claro que si no hubiese hecho caso al de detrás no me habría golpeado. Creo que he sido el único. De todas maneras compruebo que el diente no se mueve así que no será nada más que una moradura.
He dejado pasar el primer momento de pánico en que todos querían bajar y mi compañero me dice que tenemos que bajar también nosotros.
Es la una de la madrugada y allí estamos todos los pasajeros en la carretera.
El autobús se ha roto el cristal delantero, y la mitad de él está encima de una isleta y se ha llevado una farola.
¿Y el conductor? Pues ha huido. ¡Qué pena me dio ese joven cuando lo supe! Desde luego en la hora que pasamos allí vi como todos los autobuses llegaban demasiado rápido a ese punto.
Me dice mi compañero que antes de llegar a la rotonda le habían llamado al chófer por el teléfono celular. Y es que aquí los conductores se pasan el tiempo hablando por teléfono.
El cobrador, que era un señor mayor y pequeñito, se hizo cargo de la situación.
Apareció la policía. Y al cabo de una hora un nuevo autobús, que no era nuevo sino bastante viejo e incómodo y aún teníamos seis hora por delante.
Pero al final, a las 8 y pico de la mañana llegamos a Indore.
No he dejado de pensar en el pobre chófer. Y si tenía familia y cómo resolverá su situación de huido.
Al final no pasó nada.