3. Delhi.

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La pareja nepalí que he tenido al lado en el viaje desde Helsinki no se han levantado ni una vez en todo el viaje. Las dos veces que he ido al lavabo lo he hecho sin que se movieran del asiento. ¡Qué aguante tiene el personal! Al aterrizar, nada más tocar tierra, él se ha levantado, imagino que para ir al lavabo y le ha pegado un grito una de las azafatas que lo ha dejado clavado en el asiento.

En el vuelo vi a una pareja que parecían españoles. El pertenecía al grupo de los estrafalarios y ella era pequeñita y como estaban separados –y seguramente recién enamorados- no paraba de ir a verlo.  Les pregunté si eran españoles y cuando ella empezaba a construir la frase de que no, de que eran catalanes, ha corregido sobre la marcha y ha dicho algo así como “bueno, sí, españoles”. Y es que eso de ser nacionalista las 24 horas del día debe ser pesadísimo.  Total que solo quería preguntarles si iban a Pahar Ganj para compartir el taxi, pues tenían pinta de ir allí. Pues no, y además eran cuatro. La pareja de fotógrafos intentaban coger un vuelo nacional al llegar y tampoco iban allí. En la cola de inmigración vuelvo a preguntar pero eran gente que iban a Nepal.

Teníamos que llegar a las 6 de la mañana y como salimos con una hora de retraso hemos llegado a las 7 y con todos los proceso de desembarque, inmigración y equipaje he acabado casi a las 8.

Leí en mi nueva guía que en el aeropuerto hay una oficina de la RENFE india y me voy allí para comprar el billete para irme a Chhattisgarh. La oficina, un pequeño cubículo, está cerrada pero ya hay un par de empleados del aeropuerto esperando. Imagino que es su segunda actividad y que se sacan un dinero extra comprando billetes por encargo dado el número que llevan. Cuando abren ya hay una docena de personas en la cola.  Pero en plan indio. Porque aquí creen que “hacer cola” es una acción que lleva implícita la de “colarse”. Y entiendo también que haya gente a la que le saque de sus casillas.  Después de los dos empleados del aeropuerto llega una señorita y pone su formulario de petición de billete en la ventanilla. Le digo: “Oye, que soy el tercero y me toca a mí”. Y ella muy digna me contesta: “no problem”. Pero con cara de decir “qué grosero”. Pero es que ni siquiera era la cuarta de la fila, es que acababa de llegar.

Creo que ya lo he explicado en algún otro viaje: en la India cuando vas a sacar un billete de  tren debes haber llenado previamente un formulario donde además de  tus datos personales, que los conoces, debes escribir los del viaje, destino, origen, día, clase, preferencias de litera,…lo cual está tirado –sobre todo si el impreso está en inglés, en hindi es un poco más complicado-,  pero también el número del tren que vas a coger y para eso necesitas saberlo habiendo preguntado antes en la ventanilla de información (no en la de venta de billetes) o en la magnífica guía que te venden. En esta oficinita no había ninguna de las dos cosas pero también puedes saberlo en la web de la compañía lo que era mi caso. Así la “lady” se ha acercado a la ventanilla a pedir un formulario lo ha rellenado allí mismo y cuando ha acabado lo ha intentado colar. Delante de todos los que esperábamos.

Pues he tenido la suerte de conseguir un billete para esta misma tarde-noche. Sale a las 20:40 y además el tren que yo quería coger, que es el más rápido, “solo” 18 horas y media.

Cojo un taxi “prepagado” y me voy a Delhi. En el camino veo un policía armado con fusil cada 100 metros. Le pregunto al taxista y me dice que a es la hora del paso de “Viaipi”. Por el nombre deduzco que es un político importante indio. Me lo repite varias veces y al final caigo: “V. I. P.”. Y es que es de esas palabras que castellanizas y te olvidas de su origen y ya dices “vip” y piensas que es así, “vip”.

Cuando llegamos a mi destino le digo que “muchas gracias” y él taxista me contesta que “¿nada más?”. Y yo con las mismas: “Nada más, thank you very much”. Que casi me sale una aleluya.

Voy a saludar a mis amigos del centro de peregrinos y a pedirles que me guarden el equipaje. Pues hoy va a ser un día raro: llego a Delhi después de dormir en el avión muy poquito, no tengo hotel y me voy con la misma ropa, que a la llegada a Raipur pareceré la Reina Católica cuando la conquista de Granada.

Me voy a internet a comunicar a mi familia la feliz llegada y también le digo al periodista chhattisgareño que llego mañana. Está conectado y me pregunta el número de vagón porque me estará esperando. Y yo he salido el martes a las 7 de la mañana de mi casa y llegaré el jueves por la tarde con la misma cara y ropa. (Y con una botellita de vino tinto por encima del pantalón). Imagino que esperará a un elegante señor occidental y le aparecerá un refugiado de Asia Central.

Me voy a la estación a preguntar alguna característica de mi tren pues me parece que es de los que la comida está incluida en el precio del billete y no quiero cargarme de cosas superfluas. Pues sí, me darán de comer. “¿Y de cenar?”. “Eso vaya a preguntarlo al jefe de la estación”. Al lado hay un extranjero joven y suelta una carcajada. No sé si es porque también le han dado la misma respuesta o porque ha visto la tarea que puede representar preguntar en esta abarrotada, enorme y caótica estación.  Y eso que estamos en la oficina de venta de billetes para extranjeros (e “indios no residentes”) y en el mostrador de información.

Siempre digo a mis amigos, y creo que ya lo he escrito, que esta oficina es uno de los lugares a los cuales es más difícil de llegar en esta ciudad. Tal es la cantidad de “ganchos” que te encuentras y las oficinas cercanas privadas que se anuncian con nombres parecidos.

Pahar Ganj sigue siendo un lugar increíble pero encuentro una gran diferencia con el año pasado: no hay vacas. Aquí incluso hay una palabra para designar una zona de una ciudad libre de ellas.  Pero sigue habiendo la misma enorme cantidad de gente andando por sus calles que además están atestadas de triciclos, “cycle rickshaws”, motocarros, “auto rickshaws”, algún coche y camioncitos y las motos cruzándose sin parar. Hoy he visto un ciclorickshaw llevando a 15 niños que venían de la escuela. Eran pequeños pero es que 15 niños con su grandes carteras en un triciclo…

Me vuelvo a encontrar a los cuatro del aeropuerto. Me sentía un poco culpable pues allí me preguntaron y les aconsejé que cambiasen mejor en Delhi y allí aplicaban el cambio de ayer, por la hora temprana, y hoy ha bajado el euro. Los pobres andaban perdidos buscando la oficina de venta anticipada de billetes de tren. Son un grupo muy curioso.

Me voy a Connaught Place, en adelante C. P., para hacer un encargo y camino de allí paso por la oficina de turismo, otro lugar difícil de llegar por las mismas causas que la oficina de la RENFE.  Una pareja de americanos de mediana edad me explican lo difícil que ha sido para ellos llegar hasta allí. En la misma puerta uno les aseguraba que aquello no era la oficina de turismo.

En C.P. paso por uno de los pasos cebras más disparatados que he visto: acaba o empieza, según desde donde lo tomes, en medio de una calle con circulación. O sea que no acaba en una acera o en una isleta. Lo hace delante de los vehículos que están esperando para salir.

También paso por otra zona notable: la esquina que peor huele de Delhi: unos urinarios al aire libre donde a la gente le da asco entrar y se mean en las paredes contiguas. Y así a lo largo del día van ampliando el radio de acción. Por supuesto, es solo para señores. Las mujeres en la India no tienen necesidades fisiológicas. Parece.

Por ambos lugares paso todos los días que estoy en esta ciudad.

Breve descanso y vuelvo a Phar Ganj para escribir un rato en una cafetería y entrar en internet. Me sorprende ver un grupo de media docena de vacas en medio de la calle principal, Main Bazaar. O sea que siguen aquí.

En internet veo que ha ganado el Sr. Obama: ¡bien!

La estación de Nueva Delhi sigue siendo un espectáculo y más por la noche. Mi tren sale del último andén si entras por la puerta principal: el 16. Todos los andenes están llenos de gente pero además los pasillos elevados que los unen también tienen a cientos de personas esperando que anuncien su tren. Cuando por megafonía dicen algo en hindi se mueven apresuradamente en busca del suyo. Hace años, estando yo en Delhi, hubo un cambio de andén y al anunciarlo el movimiento de miles de personas provocó una avalancha en las escaleras y murieron un montón, sobre todo mujeres y niños. Como en las guerras modernas.

Llego a mi andén, aparece mi tren y tomo posesión de mi departamento. “Tomo posesión” porque estoy solo. O mejor porque he llegado el primero. Tengo la litera de abajo, lo que implica ventanilla. Al poco aparece una pareja mayor, vaya, mayor que yo, con dos varones treintañeros que los acompañan. Aquí es muy frecuente que venga mucha gente a despedir a los que viajan y que suban al tren hasta que se va. Estos me dicen que   si les puedo cambiar el asiento. Pues no. El suyo es el del pasillo que es el peor del vagón.

Luego viene una pareja de unos sesenta años muy arreglados que tienen los asientos frente a mío. Él parece  un jefe local del movimiento, cargo político que duró en España  desde la guerra civil hasta los años 60, aunque al final no tenía ninguna importancia. Seguimos bien. Pero luego aparece una pareja treintañera con dos niños pequeños. Deben tener la litera encima de la mía y quizás alguna otra en otro compartimento. El me pide que se la cambie por la de arriba. ¿Por qué me lo pide a mí y no a la pareja de indios que tengo enfrente? Le digo también que no. Pero a pesar de eso quiere poner un gran maletón que no cabe por ningún sitio donde tengo mis piernas. Le digo que tampoco. Eso es como cuando ves a un leproso en un lugar de paso de gente y solo te pide a ti a pesar de la multitud que circula alrededor.

Al final quedamos que cuando me eche a dormir pondrá la maleta en mi sitio. Y al final en unos asientos que son confortables para cuatro personas estamos cinco y los dos niños.

Estos indios, no solo los de este compartimento, sino la nación en general son unos invasores del territorio.

Veremos lo que nos depara la noche pero creo que dormiré como un tronco.

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