Mandalay día 1. Segunda vez.

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Calle de MandalayDel tren al hotel. Es reconfortante volver a una ciudad porque al llegar ya sabes como es y si tu hotel está cerca o lejos de donde has llegado e incluso el precio que tienes que pagar por el transporte. Y si además el hotel te gusta y tienes reservada habitación, el éxito de la llegada es total.

Lo primero es conseguir billete para el próximo destino, Bagán. Este hotel tiene además de un personal simpático, un par de recepcionistas muy eficaces en la búsqueda de billetes. Nos iremos pasado mañana.

Nos vamos a comer a nuestro restaurante de referencia que además está muy cerca del hotel. Allí ya he probado dos clases de anguilas que estaban buenísimas. Le pregunto al camarero por la tercera anguila de la lista. El plato se llama “anguila frita block”. ¿Qué entenderán por “block”? Pues no lo sé pero está deliciosa. El mejor plato de todo el viaje: frita, con cebolla caramelizada y un poco de ajo tierno. Marisa pide judías verdes. No las habíamos visto en ningún restaurante hasta ahora. Descubrimos que entienden aquí, o por lo menos en este restaurante por “judías verdes”. Lo que sacan es lo que en mi pueblo llaman “bisaltos”. Busco en el diccionario de la RAE y dice que “bisalto” es lo que llaman en Aragón al guisante. Pues lamento decirles que no, que se le parece pero no es un guisante. Es como llamar jamón a la cecina. No sé si es lo que también se llama tirabeques. De todas maneras y, al margen de las disquisiciones gramaticales, estaban buenísimos. Los bisaltos.

Nos separamos de María Jesús pues ella quiere buscar un viaje para mañana y nosotros descansar un poco y tomar un respiro después de estos días de tanto viaje y madrugón.

Al atardecer damos un paseo hasta un restaurante indio que recomienda la guía. Dice que está gestionado por una familia católica y que es vegetariano. También tiene una tienda de cosas de artesanía birmanas y antigüedades. El dueño de la tienda me dice que lo que tienen son objetos más “antiguos” de 60 años. Le hubiese explicado que con esos años son viejos pero no antiguos. Yo tengo un amigo que solo compra cosas anteriores al siglo XV. O eso se cree él. Yo desde luego no doy más valor a una pieza birmana de 60 años que a otra hecha anteayer y que además soy incapaz de distinguir. Vaya, que no voy a pagar más porque tenga mi edad. Realmente tiene una colección enorme de cosas y no sé si serían antiguas o viejas pero el polvo que tenían sí era de 30 ó 40 años, por lo menos. Luego hablo con el que parece el dueño del restaurante y quizás es el de todo el complejo. Hoy está cerrado. “¿Por qué es domingo?”, le pregunto con temor después de las observaciones que hice en mi anterior crónica del amanecer sobre los campos con gente trabajando en domingo. “No, porque hay un problema con el suministro del agua”. Menos mal. El lema del restaurante está escrito en un cartel en el exterior: “Sé amable con los animales y no te los comas”. Luego resultó que no eran indios sino cingaleses.

Regresamos al hotel en búsqueda de un restaurante y entramos en un sitio de internet. En este país todos tienen el mismo aspecto: una sala grande, muy limpia y moderna y con aire acondicionado. Y con las líneas más lentas del mundo. En los primeros 30 minutos sólo pude leer tres mensajes de unas cinco líneas cada uno -¡cuán poco escriben los hijos a sus padres!- y enviar otras tantas. Y además el correo en formato HTML, que te advierte Google que lo hagas así para una descarga más rápida aunque pierdes funcionalidades. Antes de sentarnos le pregunto a la empleada si se puede utilizar el correo electrónico. Se sienta y me arranca una aplicación que como dice su publicidad “…services makes accessible what is unaccessible to you“. No pongo el nombre por si me leen los jerarcas birmanos o sus esbirros. Aunque dudo que no lo sepan los controladores birmanos. En la red se dice que los que realmente controlan el mundo de internet en Birmania es una empresa israelita. Que raro, ¿no?Restaurante en Mandalay.

Vuelvo a cenar anguila crujiente, crujiente y picante, picante. Al llegar al hotel nos encontramos con la americana –coreana de Seattle. Realmente no sé como se llama pues Maria Jesús le llama “Yanqui” y Hiro, “Yonqui”. Al japonés le expliqué qué significaba esa palabra y creo que ya no se la volverá a decir pues es un oriental muy considerado.

Información práctica.
En mi guía dice que el franqueo en correos es gratis hasta 7 mil gramos si eres ciego. Al menos en Mandalay. Estaba por ir a correos a comprobar si eso es cierto y entonces debería haber una larga cola de ciegos enviando paquetes de 7 kilos.

Matemáticas.
Extraño lo de los 7000 gramos. La guía es anglosajona y resulta que eso son 250 onzas. Pero sigue siendo algo estrambótico.

Nota sobre las notas.
Mi mujer se cree que lo de los ciegos me lo he inventado. Creo que ya lo he escrito en alguna ocasión: una vez leí que una de las tácticas para hacer un diccionario y evitar que te lo copiasen o al menos poder demostrar que lo habían hecho era escribir palabras inventadas. Así el copión las copia tal cual y tú lo desenmascaras. Pues a lo mejor los de la guía han hecho eso con el franqueo en Mandalay para los ciegos, imaginándose que ningún ciego anglófono va a ir a echar una postal en la oficina de Mandalay. Porque si es ciego lo ha escrito en braille y nadie que no conozca ese alfabeto puede leer la dirección. No sigo con el método deductivo porque no sé a donde me llevaría. Tengo una antigua compañera de trabajo que es ciega y quizás la llame para que me resuelva el acertijo. Ya os lo contaré.

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