Mejor habría sido llamar a la crónica del día de hoy Myit-Son porque es donde hemos estado.
En el YMCA, rompiendo la costumbre del país, no dan desayunos. Vamos a un restaurante cercano. Pido tres tortillas. O sea tres “omelette”. Remarco lo del “tres” con los dedos de la mano. Me han entendido. Al menos el número porque aparecen con tres cafés con leche. Debe ser que lo pronuncio en francés y “omelette” suena como “café au lait”. Me levanto y le explico al cocinero lo de coger un huevo, romperlo y batirlo. Todo por señas. Afortunadamente había huevos al lado de los fogones porque si no explicarle qué era un huevo por medio de imitar a una gallina poniéndolo no sé si me hubiese atrevido que había muchos clientes mirándome. Pues lo he hecho tan bien que hemos conseguido comer algo que no era una tortilla francesa pero que estaba muy bueno: una masa de harina de arroz muy fina, como una oblea. Se fríe ligeramente en un wok. Entonces le echan por encima el huevo batido, doblan la oblea y acaban de freírlo. (Mi amigo Nacho diría “de freírle” pero es que es de la Ribera del Duero). Echan un poco de azúcar por encima y lo parten en trocitos. Una tortilla myitkyinana. (¿Para cuando un diccionario universal de gentilicios?). Y té de hojas, que es gratis en los restaurantes. Volvemos al YMCA donde nos espera Hiro, el supuesto taxista que contactamos ayer, pero que era el gancho, y el verdadero taxista. Como nosotros somos cuatro y el taxista cinco le digo dónde irá el gancho: pues en el maletero que es un Toyota Corolla familiar y el birmano es pequeñito.

En el camino a Myit-Son paramos a hacer algunas fotos. El tiempo sigue acompañando y no llueve. Vemos un cementerio cristiano en medio de un bosque y sesión de fotos. Al lado hay un grupo de birmanos plantando arroz. Nos acercamos a ellos y más fotos. En el camino algunos pueblecitos muy pequeños. Pasamos también por alguna iglesia cristiana. Algunas casas tienen una cruz de madera blanca en la fachada. Cuando dejamos las casas es la selva. Una vegetación muy densa y ni rastro de gente. Llegamos a Myit-Son. Como es la atracción turística de la zona te cobran una entrada por el coche y por la cámara. Pero poco. Allí se va a ver la confluencia de dos ríos, uno que viene de China y otro de la India y que forman el gran Ayeyarwady, también llamado Irrawaddy. Una vez nombré este río en una crónica de Camboya cuando estuvimos en Kratie viendo los delfines del Mekong que se llaman “del Irrawaddy”.
Paseamos por Myit-Son, bajamos al río, vemos una pagoda. Sin saber que esto es una zona cristiana te sorprende que en este país puedas venir desde Myitkyina hasta aquí y no encuentres ninguna pagoda en todo el camino. Comemos un pescado del río lleno de espinas. Sí, ya sé que todos los pescados tienen espinas, pero es que éste tenía más que ninguno. Aparecen una americana-coreana , que ayer andaba rondando por el YMCA, y Luis, un americano de Idaho. Han llegado en una moto cada uno. De paquete. Debemos ser todos los occidentales que hay ahora en Myitkyina. Una vez escrito esto me doy cuenta de que el japonés y la coreana no son nada occidentales que digamos.
Hiro se pone a dibujar en un cuaderno de notas. Le pregunto cuanto tiempo necesita: “dos horas”. “Dentro de media hora te esperamos en el puente que hay en la salida del pueblo”. Bajamos al río y descubrimos a un joven buscando oro. ¡Buscando oro! No me lo puedo creer. Como en las pelis. Echa una palada de piedras y tierra en una bandeja de madera grande y casi plana. Va dándole movimientos circulares y haciendo que el agua se lleve a las piedras. Al final queda un poquito de arena negra y allí en medio reluciendo un trocito de oro. Pequeñito, pequeñito. Para nosotros muy interesante.
Llegamos hasta el puente y allí en el río cuatro buscadoras de oro. Una bastante mayor, otra de 50 años y una de 22. Un trabajo jodido: siempre dentro del agua y agachadas. Me hubiese gustado saber el rendimiento que obtenían pero sólo me atreví a preguntarles la edad. Aparecen los birmanos del taxi con Hiro y nos vamos. Paramos en el pueblecito de Nong Nang. Hay una pequeña colina y en su cima han construido una torre enorme con escaleras para subir hasta arriba y ver el territorio. Se ve un cementerio cristiano. El guía (el gancho ahora nos hace de guía cuando le apetece) nos dice que es para cristianos ricos. “¿Y los pobres?” No lo sabe. El entorno es precioso. Todo verde hasta donde alcanza la vista. Un trozo de bosque con árboles perfectamente alineados: hevea brasiliensis, el árbol del caucho. Después de la torre nos vamos al “Centennial Prayer Mountain”. En su parte más alta hay un círculo con cubículos de un metro de ancho por dos de largo. En el suelo una especie de atril. El guía, Dura, me dice que allí ponen el libro y rezan. Alrededor del círculo otras casitas por allí sueltas. No he visto en mi vida nada más raro y extraño. Y desde luego no había nadie rezando. Por las paredes y en el camino citas de los evangelios. Más tarde llegamos al “Kachin Theological College”.
Entramos en la iglesia. En el altar un grupo de fervorosos jóvenes cristianos birmanos forman un coro y cantan con entusiasmo. Charlamos con un joven. Me dice que es un colegio baptista para formar “minister”. También van anglicanos. Y el año que viene intentarán dar otras asignaturas porque ahora sólo dan teología y música religiosa. Los del coro deben ser los que han suspendido esta última y están haciendo clase de recuperación. Lo deduzco por como cantan. Fuera de la iglesia una campana muy especial: una botella de butano vacía y cortada. Antes de llegar a Myitkyina pasamos por una pagoda que hay en la entrada de la población.
Fin del viaje.
El guía-gancho me explica que el barco que queremos coger mañana sale a las 9 de la mañana. Concertamos un viaje con el taxista a las ocho. También vendrá Hiro con nosotros. En el hotel vuelvo a preguntar a otra persona para ir a Putao. Que no. Además en temporada de lluvias, o sea ahora, no se puede ir por carretera, hay que ir con avión que es la forma de no ver nada del territorio. Es una lástima porque desde Putao se puede ir hasta Hkakabo Razi que es el pico más alto del país. Se tarda 39 días en llegar hasta allí y es una de las regiones más vírgenes del Himalaya. Tendré que dejarlo para la próxima reencarnación. Volvemos al restaurante de ayer. En el camino pregunto en una especie de oficina de un puertecillo que hay allí: el barco para Bhamo que queremos coger mañana sale a las 8, no a las 9, tarda dos días y medio y sólo sale los lunes, miércoles y viernes. Mañana es miércoles. El problema es la falta de información. Es terrible. Nunca sabes nada con certeza hasta que llegas. En el restaurante está Hiro con Luis y la coreana en una mesa. Le explico los cambios de planes: mañana nos iremos del hotel a las 7 pues el muelle desde donde sale el barco está bastante lejos. Durante la cena me saluda un abogado de Katha y su amigo. Me pregunta que qué hemos visto. Le explico lo de Myit-Son. El amigo me dibuja en un papel la confluencia de los ríos y me escribe: “This view is very beautiful hot season”. Y “30 miles”. Es curioso que sigan con las millas y galones pero que conduzcan por la derecha. Otra cena buenísima pero más picante que la de ayer y de nuevo anguilas. Luis, el de Idaho, me explica que él estaba en el YMCA y que ha tenido que cambiarse a otro hotel por los problemas de la corriente eléctrica. Nosotros si no nos fuésemos mañana también tendríamos que hacer lo mismo pues Marisa empieza a tener problemas con las pilas de la cámara. Un día entero en el tren y dos casi sin electricidad están pasando cuentas. Por si acaso compramos pilas en una tienda de unos indios.
En nuestro hotel les pregunto si hay mosquitos pues todas las ventanas tienen telas mosquiteras. Por supuesto. Pero ¿hay malaria? Pues también. No me hace ninguna gracia.
NB Esto es el estado de Kachin. En el Theological College me dijeron que el 90% son cristianos. Mucho me parece.