De Mandalay a Myitkyina.

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Campos de arroz entre Mandalay y Myitkyina
Los campos y las llanuras de ayer por la tarde se han convertido en una vegetación muy densa que te impide ver más allá de dos o tres metros. A veces la selva se abre y hay preciosos campos de arroz. Los están arando con bueyes. Cabañas salpicando el territorio. Al fondo unas montañas cubiertas de niebla. Ya hemos dejado los cielos casi claros de Mandalay y está todo nublado. Lloverá en cualquier momento. El tren sigue despacito, despacito. El birmano del departamento ha desaparecido. Desayunamos unos mangos. ¡Qué fruta tan deliciosa! Como ya no tenemos compañero de departamento que nos vigile las pertenencias nos dividimos para ir a desayunar. Me siento en el vagón restaurante con un birmano que no tiene manos (y es terrible que salga un horroroso pareado) ni casi pies. Vagón restauranteMe pregunta dónde voy. A los cinco minutos se ha hecho el amo del restaurante. Está explicando una historia en voz alta y gesticulando con los muñones. Todos le siguen atentamente. Pienso que con sus condiciones físicas, y en un país como éste, podría ser fácilmente un tipo hundido y en este momento es el rey. Me encantaría poder entenderlo. Cuando me voy me da la mano y me dice “nice to meet you”. Increíble persona.

El tren sigue pasando entre una vegetación densa, campos de arroz, alguna cabaña y montañas cubiertas de niebla a lo lejos. Una maravilla de viaje.

Vendedoras en la estación.

Cuando el tren para en alguna estación importante una multitud de vendedores de comida y de fruta. Algunos llevan pozales (word no reconoce esta palabra) de agua. No logro saber para qué. Casi todas las chicas con las mejillas cubiertas con la pasta amarilla que se ponen las birmanas. Algunos llevan entre dos una mesa con pucheros de comida y fiambreras de plástico para vender comidas completas: arroz, carne, pollo y vegetales.

Y el tren sigue lento, lento. Salimos de Mandalay puntualmente a las 13:30 y cada vez que pregunto por la hora de llegada se va retrasando. Primero fueron las 14:00.luego las 14:30 y la última vez las 15:00. Creo que nunca he ido en ningún tren tan lento ni con tanto bamboleo. Pero a pesar de eso sigue siendo confortable y te puedes levantar, sentar, tumbar, leer, charlar, escribir, dormir…Y aunque hace calor es soportable. A veces paras en una estación y se queda media hora allí hasta que aparece otro tren con el que se cruza.

Decidimos ir a dormir al YMCA (Young Men Christian Association). Estuvimos una vez hace años en Ooty, en la India, y estaba muy bien. El año pasado estuve en uno de la YWCA (lo mismo pero de chicas) en Calcuta y tampoco estaba mal. Antes de llegar a Myitkyina le pregunto a un viajero si sabe donde está el YMCA: a una milla de la estación. Por tanto hay que ir en taxi. Más tarde le pregunto a otro: a media milla. Se puede ir en motocarro. Cuando estamos entrando en la estación un tercero me dice que está a cinco minutos andando.

Llegamos a las cuatro menos cuarto de la tarde. Total han sido 26 horas y cuarto. Y el hotel está a tres minutos andando.

En el YMCA el ambiente es austero y limpio y tiene un cierto toque colonial. El único problema es que hay cortes del suministro eléctrico y el generador lo ponen en marcha sólo de 7 de la tarde a 11 de la noche. Buscamos un viaje para ir mañana a Myit-Son. En el hotel hay un japonés, Hiro. Le pregunto si su nombre es como Hiro-Hito y me dice que sí pero que sólo Hiro. No sé si no ha entendido mi broma o es que no es muy partidario del imperio japonés. Pues incorporamos a Hiro al viaje para mañana. Luego nos vamos a cenar. El restaurante está a orillas del río Ayeyarwady. La vista sobre éste al atardecer es preciosa, el ambiente casi fresco y la comida muy buena, especialmente las anguilas crujientes. Y todo regado con cerveza de barril. Regresamos al hotel pasando por en medio de un animado mercado nocturno. En el hotel pregunto si podremos ir a Putao, última ciudad del norte de Birmania. Prohibida para los extranjeros. Se necesita un permiso especial y además hay que sacarlo en la capital.
Noche reparadora.

Sobre la ignorancia.
Al ver al joven sin manos, y ser incapaz de entender nada de lo que explicaba, recordé una frase de Cees Nooteboom en “Hotel Nómada”:
“¡Qué tonto eres cuando no te enteras de nada!”
Y yo añadiría: ¡Y que ignorante cuando empiezas a saber!

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