35 Estambul, regreso, día 3.

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Fotógrafo en el Arqueológico de Estambul.Desde la ventana de mi habitación se ve el mar de Mármara y hoy ha amanecido nublado y con poca visibilidad en el mar. Luego desde la terraza compruebo que el día no pinta bien, hoy que tenía previsto hacer la excursión por el Bósforo. La dejaré para mañana. Esta es una de las ventajas de viajar de esta manera. Así que me voy a visitar el museo arqueológico. Lo había visto en mi primer viaje pero no me acordaba de nada. En la entrada un letrero de “no trípode-no flash”. Lo de “no flash” es continuamente transgredido, especialmente por las españolas. En cuanto traspasas la puerta hay una máquina fotográfica de medio formato encima de un gran trípode -si fuese necesario escribiría un artículo sobre los formatos en fotografía que aunque ahora con las digitales parece que al personal no le interesa, en fotografía el tamaño sí importa- y dos grandes flashes sobre sendos trípodes. Claro que era un profesional trabajando, imagino que con todos los permisos, pero el contraste entre el letrero y lo primero que te encuentras es gracioso. También el aspecto del señor, precisamente por lo normal.
¿Cómo ves tú a los fotógrafos profesionales? Pues con unos pantalones con bolsillos abundantes y sobre todo con unos chalecos con 27 bolsillos. Que creo que es lo peor diseñado que he visto en mi vida para un trabajo así. Porque si tú con dos bolsillos tienes que buscar en los dos y al final lo que buscas está en el bolso, imagínate con los 27 bolsillos del chaleco y los 14 del pantalón de fotógrafo y aventurero, que hacen en total 41 bolsillos. Que encima como es un número primo hace más difícil todavía la búsqueda. Porque tú decides emplear tácticas heurísticas como primero en la mitad derecha y luego en la izquierda. Pero 41 no es divisible por 2. Y tampoco puedes indagar primero en el tercio de arriba, luego en el del medio y luego abajo porque 41, o sea el número de tus bolsillos -por si en este momento ya se te había olvidado- no es divisible por 3. Ni…lo dicho: es primo.
Vuelvo al fotógrafo turco: unos 55 años, traje, corbata y un poco bajito. Porque esto puede ser un problema y para el trabajo de hoy lo era. Para evitar el problema de la desviación de paralaje que se produce en la fotografía cuando la superficie de la película o del sensor no es paralela a la del objeto o sea que las líneas paralelas no se transformen en convergentes-divergentes, hay que poner la máquina enfrente y a la misma altura que el objeto fotografiado. Con un trípode alto lo haces pero ¿cómo accedes al visor de la máquina? Pues con una silla. Y encima el fotógrafo turco no tenía un ayudante. Un “assistant” que diríais los jóvenes o un peón que diríamos los antiguos. Que se lo tenía que hacer él todo. Y encima la silla era de esa de comedor antiguo tapizada con un mullido y él ponía un papel de periódico para no mancharla, pero a mí me daba miedo que se cayese.
Cuando veo un museo de este tipo de obras siempre me surgen parecidos pensamientos. Cuando los turcos tuvieron su imperio se trajeron objetos artísticos de esos países que estaban bajo su dominio. Por ejemplo un letrero explica que el pachá turco que estaba mandando en la península arábiga enviaba a Estambul todo lo que le parecía bien. Esto fue más importante cuando los europeos y americanos aparecieron por allí para hacer excavaciones. El que fue director de este museo y prácticamente su creador, el bey Osmán Hamdi, al ver que empezaban a llevarse los hallazgos de lo excavado promovió una ley en 1884 que prohibía sacar del país nada de lo encontrado: todas las antigüedades eran propiedad del estado. Pero es que el estado era el otomano. Y al ver en este museo muchas cosas de Iraq, piensas si es mejor que estén aquí en este museo procedentes del expolio “legal” que supuso ser ese país parte del imperio otomano, o que quizás ahora estuviesen destruidas después de las dos guerras e invasión o en colecciones privadas por la rapiña de unos y otros después de la invasión. Este tema es algo de lo que no se habla al no haber comparación posible entre la destrucción de vidas humanas y la del patrimonio histórico.
Lo mismo sucede con una de las joyas del museo: los sarcófagos de Sidón, hoy Líbano, zona “trabajada” por la aviación israelita. Estos sarcófagos son uno de los motivos para visitar este museo. Hay uno licio precioso pero sobre todo el que llaman el de Alejandro, en el que realmente estuvo enterrado un rey llamado Abdalonymos. Impresionante. Hay mucho “barro” en este museo, de ése que es para fanáticos o especialistas, porque cuando ves la primera vasija te fijas, a la vigésimo quinta ya no le haces mucho caso, y ya no te digo nada cuando pasas por delante de la sexcentésima. Para los no duchos en ordinales, la DC.
En la estatua de Salmanazar III, rey asirio del 852 al 824 AC, famoso entre otras cosas porque, recordaréis de otro viaje, dio nombre a una botella, hay una inscripción: “Salmanazar, el gran rey, el rey poderoso, el rey de las cuatro regiones, el que todo lo puede, el poderoso rival de los más grandes príncipes de la tierra entera, hijo de Azur-Nasirapli, rey del universo, rey de Asiria, nieto de Tukulti-Ninurta, rey del universo, rey de Asiria,…” Como se ve un hombre humilde.
He hablado en varias ocasiones en este viaje de la escritura cuneiforme, de la que encontré en Cavustepe y de la que no encontré en Van. En este museo hay muchas muestras de esta escritura. En un cuadro enseñan como evolucionó en cuatro pasos de símbolos que eran pictogramas, o sea figuras y símbolos, a la escritura final. Pues bien, con los pictogramas cualquiera podía entenderlos. Ves un pez y significa pez. Ves un pubis femenino y significa mujer. Y lo mismo con río, agua,… Y aunque no seas de Cavustepe, te pones a leer y está claro: “la mujer se comió un pez y se bebió un vaso de agua”. Pero luego llegaron los diseñadores, cambiaron esos símbolos por un conjunto de flechas hacia arriba, abajo y los lados y solo lo entendieron ellos. Que seguramente es lo que querían. Ya sabéis, la ritualización conduce a la profesionalización, ya sea en las religiones o en las escrituras. En las vitrinas del reino de Urartu dice que muchos objetos fueron adquiridos comprándolos. ¿Porqué no dice como adquirieron los otros? Para acabar, enfrente del museo pero en el mismo recinto está el Pabellón de los Azulejos: Cinili Kosk, que parece estar abierto desde hace poco tiempo. Es una maravilla.
Y la lluvia que en Sevilla también es una maravilla y aquí no tanto. Cuando llegué a Turquía, en Estambul hacía un tiempo muy malo, con frío, viento y lluvia. Ya no hace aquel frío, pero no acaba de llegar la primavera. Me voy al hotel y en la plaza que hay entre Santa Sofía y la mezquita azul paso al lado de una pareja sentada en un banco y que se están dando un beso. ¡Bravo! Que alegría me han dado. El primer beso en Turquía. He estado a punto de pedirles que me dejasen fotografiarlos. Hubiese sido una foto magnífica y además sin preparar, no como la del “Le baiser de l’hôtel de ville”. Algo que se pierden voluntariamente los que dedican su vida al celibato. ¡Peor para ellos! Y he recordado una frase de John Berger a propósito de Pasolini: “…porque la realidad es lo único que podemos amar. Y no hay nada más”. La llevo escrita en mi diario.
Cuando para de llover me voy a dar una vuelta por el paseo marítimo que hay debajo de Sultanahmet. Los jardines llenos de tulipanes y el cielo negro, negro. Al pasar al lado de los restos de murallas pienso en como se podía defender una ciudad tan enorme. El paseo discurre por debajo del palacio de Topkapi. Este nombre evoca la Sublime Puerta, el harén y el poder del sultán otomano. A mí a Melina Mercouri. Fue actriz, casada con el director francés Jules Dassin, fue privada de su nacionalidad griega cuando el golpe de los coroneles y luego ministra de cultura griega en los 80. En esa película, Topkapi, sin ser guapa tiene momentos de fuerte carga sensual sólo con la mirada. También fue cantante. Lo hizo en francés y tiene una de las más bonitas canciones de amor que conozco. Ahora nadie se acuerda de ella. Yo sí. Cuando veo Topkapi.
Me siento en un “simit” que hay al lado del puente peatonal que cruza a Eminonu. Veo pasar a una pareja de homosexuales españoles de mediana edad. Aquí podrían ir cogidos del brazo y nadie se sorprendería. No lo saben o no se atreven, y hacen bien en ser prudentes. Alrededor de las 6 de la tarde esta zona es un hervidero de gente que va a los autobuses, tranvías y transbordadores. Me voy a dar una vuelta y entro en el Bazar Egipcio. Está lleno de españoles. No veo ni a un turco comprando. Los productos están marcados en turco y en castellano. En muchas tiendas reclamos del tipo gracioso de “somos más baratos que en El Corte Inglés” o “canto mejor que Rosa”. Si es Rosa Montero no me extraña porque tiene pinta de cantar regular. O lo mejor me equivoco. Sólo por esos letreros yo no compraría nada pero es que además cuestan un 30 ó 40% más que los mismos productos fuera del bazar. ¡Cómo van a comprar los turcos! Lo curioso es que aunque se ve algún extranjero no hispano tampoco compran. Por la calle oigo alguna conversación en castellano quejándose de que les han devuelto mal el cambio o de que han pagado en euros cuando lo tenían que haber hecho en liras. Os recuerdo, un euro se cambia por 1,84 liras.
N.B.
En los museos debería ponerse debajo de cada obra su forma de ser adquirida. ¿Os imagináis cuantas veces pondría la palabra robo, expolio, botín, pillaje, latrocinio, rapiña…?

Melina Mercouri también grabó por primera vez en griego una bellísima canción del compositor Manos Hadjidakis “Hartino to Fengaraki” que ha cantado con éxito años después Nana Moskouri y recientemente Dulce Pontes.

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2 comentarios to “35 Estambul, regreso, día 3.”

  1. polo Says:

    muy buena crónica sobre un museo y la forma en que, realmente, estos han ido forjandose como tales. La etiqueta describiendo la denominación de origen sería cuando menos interesante y desde luego recomendable. Baste recordar que en tiempos considerados históricos y lejanos al nuestro parece que hay una cierta mayor permisividad frente a la manera como se han “traído” los objetos a los museos… ¿pero en los recientes? ¿los cuadros del expolio nazi en el Reina Sofia? en fin, muy interesante el artículo….
    saludos

  2. Angel de Turquía Says:

    De todas maneras, en general, los museos españoles son bastante decentes , al menos los nacionales , si los comparas con los grandes franceses o británicos pues aquí fue la corona y la nobleza la que compró gran parte de la obra expuesta.

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