30. De Tokat a Amasya.

by

Plaza de la república de TokatHoy hago como ayer, primero haré la visita de la ciudad y luego me iré al autobús. Y aunque me encuentre perdido en el Sahara no le preguntaré a ningún vendedor de puertas.
Voy a visitar una casa otomana del siglo XIX que está conservada como museo. Estas casas son interesantes pero las ves en diez minutos. Como eres el único visitante te acompaña uno de los dos porteros y va encendiendo las luces y apagándolas conforme vas haciendo la visita. Y eso de ver a uno que está esperando a que acabes, aunque no te presionen, a mí me hace estar incómodo. Luego me acerco hasta una torre de reloj del siglo XIX. Tiene un detalle muy gracioso: en su parte baja hay una tienda. Una relojería, por supuesto. En ésta como en todas las ciudades turcas hay una gran estatua dedicada a Ataturk. Aquí en esa plaza además hay una gran palmera rosa de plástico, tipo cocotero, que es lo más feo que he visto en Turquía. Alrededor de esa plaza antiguos edificios a dos o tres metros por debajo del nivel del suelo actual.
Visito la parte antigua de la ciudad. Vuelvo a ver guarnicioneros. Es una zona muy interesante pero muy descuidada. Vuelvo a comer al mismo restaurante en el que cené ayer. Cuando me voy aparece el joyero. No volveré a decir que hablo italiano porque me he sentido como esos que me dicen que hablan inglés y no pasan del “¿cómo estás?” y “¿cómo te llamas?”. El sí que lo habla porque estuvo trabajando en la Suiza italiana. Y es que cuando me dijo ayer que él hablaba italiano me lancé. Y sobre todo después del día de “no hablar” holandés ya me sentía como los apóstoles después de Pentecostés. Para los que no tengáis una formación religiosa cristiana: en los Hechos de los Apóstoles se cuenta que 50 días después de la muerte de Cristo “estaban todos juntos en un mismo lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban. Al mismo tiempo vieron aparecer unas como lenguas de fuego, que se repartieron y se asentaron sobre cada uno de ellos. Entonces fueron llenados todos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas…” A mí de todo este misterio cuando era un niño lo que más me llamaba la atención y de lo que sigo guardando memoria es de esa rotura gramatical de “unas como lenguas de fuego” y no me extrañaría nada que si me leyese algún condiscípulo escolapio le ocurriera lo mismo. ¿Por qué no se escribía “unas lenguas que parecían de fuego”? Total que ese maravilloso hecho del don de lenguas sin pasar por un aprendizaje no me resultaba extraño y sí ese “como”. No sé porqué pero siempre se relacionaba este acto con una cena aunque la versión oficial nada dice de ella. Y pensándolo bien debía ser un follón terrible. Calculas los doce apóstoles -que el felón enseguida fue sustituido- y le aplicas unas doce lenguas a cada uno y eso hace 144 idiomas. Y tú eres camarero pero no te ha tocado una de esas “como lenguas de fuego” y sigues con tu arameo de siempre y te empiezan a pedir cosas en caldeo o en suahili o incluso en valenciano. Lo bueno que tenían los apóstoles es que como iban a ser santos, pues eran bondadosos y no se cabreaban cuando pedían ventresca de merluza a la romana, por ejemplo en catalán “Ventresca de lluc a la romana”, y les servían criadillas de centurión.
Y para acabar con el problema de las lenguas otro sucedido. Me voy al hotel a recoger el equipaje. Está la recepcionista de ayer. Me dice que estudia empresariales en la universidad y que además trabaja aquí. Echo mano del diccionario y le pregunto si es la dueña. Me dice que no. Coge mi diccionario y me señala la palabra buitre. Le digo que si el propietario es un buitre. Abre los ojos como platos: “no, no, no”. Es que la palabra “akbaba”, buitre y “akraba”, pariente, se diferencian solo en una letra. La pobre se ha dado un buen susto, imagino por si la oía el dueño. Se llama Arzu, también un bonito nombre.
Con autobús de Tokat a Amasya. Pregunto dónde me dejan: en el centro. Luego nos dejan en un cruce de carreteras donde nos recoge un “servis”. Voy al hotel previsto. Regateo y me quedo. Salgo a dar una vuelta y me tengo que volver: por primera vez hace calorcito y me tengo que dejar el forro polar que he llevado todos los días. Ya es primavera. Amasya es realmente bonita. Está en un valle con un río en medio. En una de las orillas un paseo fluvial muy agradable. En la otra orilla, en un acantilado, la gran atracción turística de esta ciudad: las tumbas pónticas. Aquí me voy a quedar tres días o, utilizando la terminología de folleto turístico, “dos noches, tres días”. Es que me iré la tercera noche en autobús a Estambul. Doy una vuelta y se está muy a gusto. Lo único que fallan son los restaurantes a pesar de ser una ciudad muy turística.
Historia de amor.
En el paseo fluvial hay un grupo escultórico. Un hombre con un pico haciendo un túnel y una joven de pie cercana. Un letrero explica la triste historia de de Ferhat y Sirin. “Él era un hombre valiente. Era diseñador. Decoraba palacios. Sirin era la hija del sultán de Amasya. Ferhat logró traer agua potable hasta el centro de la ciudad excavando túneles, para así probar su amor por Sirin. Sin embargo el sultán no aprobó su matrimonio. Fue una historia muy dramática porque nunca se casaron”. Quizás la información en turco tiene más sentido porque la inglesa es así de estúpida, sobre todo el comienzo y el final. Leyéndola me he acordado de otra historia parecida que leí de la vida del escritor Shiel. Estaba en un café de París y vio a la chica más maravillosa que había visto en su vida: una jovencita española de 16 años. Fue tal la impresión, que dijo: “¡Dios, dámela!” Y el biógrafo decía: “Y Dios se la dio”. ¡ Vaya diferencia con el decorador Ferhat! Claro que no es lo mismo pedirle la mano de su hija a un sultán que la de una jovencita a Dios.
NB.
A propósito de Pentecostés y el número 144. ¿Cómo se llaman las doce docenas? No vale mirarlo en Internet. Pues se llama gruesa. Antes se empleaba como unidad de medida en los botones. Había que pedirlo de carrerilla: “demeunagruesadebotones”, porque si hacías una pausa te colocaban a una gorda.

Shiel es el escritor Matthew Phipps Shiell, que fue, con el nombre de King Felipe el segundo Rey de Redonda, la isla recuperada por el actual Rey Xavier I, Javier Marías coronado, en cuya excelentísima página se puede encontrar información sobre Shiel y sobre Redonda buscando en “Elige página” Redonda. “El principe Zaleski” está editado en Edhasa. La editorial Reino de Redonda ha editado otras dos obras de Shiel. También se puede encontrar algo de la abundante obra en inglés de Shiel en la sede del Proyecto Gutenberg aquí.

Aunque la foto pequeña del comienzo procede de Wikipedia y su anónimo autor afirma que la cede a dominio público, es claramente la misma que ésta de Dick Osseman en la que se aprecia “La palmera roja” que se ilumina de noche