Mi proceso de paz.

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EnmascaradoEl proceso de paz no ha conseguido entusiasmarme, a pesar de la importante recompensa que los españoles tendríamos si hubiera concluído con éxito, precisamente por el proceso en sí; no por sus consecuencias, no porque se pagase un precio, no porque execrables asesinos saliesen a la calle a atemorizar en paz a sus convecinos, no porque al final la maldad saliese recompensada, sino por el modo en que el proceso en sí se ha desarrollado. He oído y leído muchas veces que este tipo de negociaciones exigía prudencia y sigilo. La prudencia en el sentido de sensatez siempre es necesaria, pero el sigilo en el sentido de secreto es un rasgo que pudre el proceso y lo hace extraño e inaceptable para mí. No hay nada que pueda hablarse en esas negociaciones, por turbio, ilegal y perverso que sea que no sea más leve de lo que nos imaginamos los que no estamos presentes. ¿De qué verdad inhumana se nos quiere proteger? Mis presos más mi independencia más mi futuro asegurado más mi navarra, por ejemplo. Ya no hay más que pedir que dos huevos duros. El problema no radica en que unos pidan lo máximo y otros no quieran darlo; porque, en buena ley, el único precio pagadero en este caso debiera ser (y es muy alto) la libertad de los presos con delitos menores y paliar las condenas de quienes con delitos de sangre, afirmen sin dudas su alejamiento del asesinato como práctica «política» y ese precio debiera estar fijado de antemano y aceptado si se comienza la negociación. El problema está, casi con seguridad, en que en ese proceso unos y otros sólo pueden ceder en aspectos «secretos» que pueden dañar a terceros cara al futuro. Esos aspectos secretos son los que, de desvelarse, dañarían la reputación de los negociadores como grupos en busca del máximo bien común y los reduciría al status de quienes buscan su propio interés. Aspectos siempre confirmados por la eterna presencia de los especialistas en secretos vergonzantes, esos sacerdotes cuya aparición en estas ocasiones siempre me parece inexplicable. Y puesto que podemos creer que hay en parte algo vergonzoso y no explícito en lo pactado, se desconoce el precio real pagado. Además otro hecho en contra, si no está todo filmado y firmado ¿cómo sabremos que hay incumplimientos?
Luz, taquígrafos y actas publicadas de todas las reuniones. ¿Cosa imposible? No creo que parezca más imposible que quienes conocieron al joven jesuíta Arzallus como riguroso educador, en Zaragoza por ejemplo, lo hayan visto convertido en el factótum de un País Vasco con más atribuciones y competencias que el Estado Federal de Baviera. En negociaciones de asuntos públicos los autócratas pueden permitirse pagar todos los precios. En negociaciones de asuntos privados, a veces las víctimas o los débiles deben pagar todos los precios. Los representantes democráticos no deben pretender conseguir el premio de la paz (y menos aún el título de principe de la paz) al margen de la verdad objetivada.