El pasado Noviembre se publicó un artículo en una prestigiosa revista de Biología Celular, «Cell», del que pasó a la prensa como noticia breve. Pueden leer un resumen del original en inglés aquí y una recención en inglés aquí.
En torpe resumen, un grupo de investigadores con importantes credenciales en biología han avanzado en el conocimiento de los mecanismos moleculares del miedo. Un ratón, modificado genéticamente para privarle de un gen llamado «stathmin» en un área cerebral llamada amigdala, pierde el miedo innato y no aprende a tener miedo. Los ratones «normales» se refugian en las paredes y en los rincones y salen poco a campo abierto evitando gran parte de los peligros de sus depredadores. Los ratones «modificados» se atreven a salir a espacios abiertos y no temen pasar una y otra vez por sitios en los que han sufrido descargas electricas al pasar previamente. La amígdala cerebral está presente tanto en ratones como en humanos y la proteína «stathmin también, por lo que los firmantes del artículo creen que lo observado en ratones se puede replicar en nuestra especie. El artículo tiene otras consecuencias en el estudio de conductas por desórdenes de ansiedad, pero lo dicho nos basta.
Dice Mario Bunge en un espléndido artículo que todos los que creen en la deseable racionalidad y descreen en la indeseable irracionalidad deberían leer: “la amígdala cerebral es un órgano diminuto pero evolutivamente muy antiguo, que siente emociones básicas tales como el miedo y la furia. Dada la importancia de estas emociones en la vida social, es fácil imaginar los trastornos de conducta que sufre una persona con una amígdala anormal, ya sea atrofiada o hipertrófica. Si lo primero, no reconocerá signos peligrosos. Si lo segundo, será propensa a la violencia.”
Se me ocurre pensar que hemos sido conducidos por congéneres con amígdalas atrofiadas o con falta de “stathmin” que eran incapaces de adoptar una conducta racional de miedo aprendido y que ni siquiera gozaban del miedo innato protector que debía salvarles de sus depredadores. Estos enfermos han sido nuestros líderes, quienes desde Lucy hasta nuestros días nos han traído desde el valle del Rift hasta Escandinavia, la Patagonia, el Mar de Bering o los Pirineos, pereciendo de modos atroces, pero transmitiendo una señal: “hasta donde están mis huesos resecos o roídos estáis a salvo, de ahí en adelante necesitais otro guía”. Son éstos los primeros enfermos con los que tenemos una deuda a la que nunca podremos corresponder.
29/06/2006 a las 17:32
La visión científica de nuestro comportamiento le quita mucha poesía a la vida, uno pasa de héroe a enfermo. Y qué decir de los días melancólicos en los que todo te sale mal y sólo te quedan ganas de llorar, o de la pasión arrolladora por la que darías la vida entera, seguramente todo debido a reacciones desconocidas y sustancias que nos envenenan o nos dan la vida. Y algún día todas estas acciones no se producirán al azar si no yendo a la farmacia, pero, ¿qué reacción nos llevará a una u otra pastilla? No sé que pensar. Soy eminentemente cartesiana, pero me encantan el azar y la poesía…