35. Estambul – Paris (Estambul – Madrid, dos)

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El título parece el del “Orient express” que hacía ese recorrido.
La huelga en Francia hizo que perdiera la conexión de Paris a Madrid. Parece muy romántico eso de “una noche en París”, pero primero corres como un loco por el enorme aeropuerto de Charles de Gaulle Avión de líneapor si aún puedes coger algún vuelo para España. Luego te tiras un buen rato en la cola de los damnificados como tú, donde una señorita lleva un montón de horas aguantando a gente cabreada y finalmente te envían a un hotel de las cercanías que parece un albergue juvenil. Tienes que esperar en la calle la llegada del autobús con un frío que pela y al final llegas a las tantas al hotel para levantarte muy temprano y poder coger el vuelo de regreso. En el hotel te dan de cenar. Una pareja de japonesas jóvenes vecinas de mi mesa le dan mil vueltas al papel con las instrucciones en inglés y francés sobre lo que puedes coger. Menos mal que el primero era un buffet a la entrada y lo han cogido pero están a punto de no comer ni segundo, ni postre ni bebida. Y he decidido que no iré ni a Japón ni a Corea ni a China porque eso de no poder ni buscar en el diccionario. Les dibujo un pez y un cordero y eligen el pescado. Desde luego, dadas mis dotes artísticas, ese bicho de cuatro patas podía ser desde un armadillo hasta una musaraña. Y lo del pez estaba más claro. Me dieron las gracias con inclinaciones de cabeza unas dos mil veces cada plato. O sea pescado, postre, bebida no alcohólica, té y una botella de agua que les conseguí gratis, diez mil cada una. A mí se me hubiesen roto las vértebras cervicales. Porque yo sólo les respondía las primeras cien.
Y por la mañana en el aeropuerto en una revista francesa satírica una viñeta. Hay dos de ETA hablando debajo de un titular que dice: “La oferta de paz de ETA provoca escepticismo”. Uno le dice al otro: “Hemos matado a 817 personas y a pesar de eso no nos toman en serio”. Por fin el avión. En mi vuelo bastantes bolivianos. El que me toca a mi lado es un chico joven que me explica, sin preguntarle, que su papá le ha regalado el viaje a España de vacaciones. Lo que me preguntó y su plan de viaje me parecieron una tapadera de emigración ilegal. Incluso me preguntó si había corridas de toros ahora en Madrid. ¿Y se iba a acabar el viaje así de fácil? Pues no. “Señores pasajeros iniciamos el descenso.” Y el pasajero que iba dos asientos delante de mí se pone malo, malo. El azafato y el jefe de azafatas o jefe de cabina se ponen nerviosos, nerviosos. Sale una médica india que le toma el pulso y le pregunta cosas al enfermo. Se va poniendo cada vez más lívido. Imagino que todos se creían, yo también, que se iba a morir antes de llegar. La médica dice que hay que ponerlo largo en el suelo. El jefe de cabina dice que estamos aterrizando y que la ley lo prohíbe. A la médica está a punto de que le dé un ataque. Al jefe de cabina otro. Este va a consultar al comandante. Vuelve. Que está fuera de la ley ponerle en el suelo. Bronca. Al final la médica logra que le pongan en el suelo y el azafato sentado en el asiento de al lado le coge las piernas en el aire. Y yo pensando que si tiene un aterrizaje de esos un poco duros el señor sale despedido por la cabina. Aterrizamos. Que no se mueva nadie. Menos mal que los bolivianos iban un poco asustados y los franceses son cívicos porque sino el señor muere arrollado cuando todos se levantan y quieren salir los primeros. Allí sentados esperando que llegasen los servicios médicos del aeropuerto. Mientras tanto la médica hace un informe y el señor parece que va saliendo de la pérdida de conciencia. Y aparece una ambulancia con médico y enfermeros. Todos de amarillo como los barrenderos. Y la médica le pregunta al médico si habla inglés: “a little”. Yo hablo más japonés que él. Le cuenta un rollo sobre lo que le ha hecho, lo que le ha pasado y lo que cree que tiene y que además lo ha escrito. El médico vestido de barrendero la mira con la misma cara de estupor como la que tenía el señor cuando se estaba muriendo. Y no dice ni una palabra. Ni le pregunta a la médico ni al enfermo que era francés. Y yo pensando que cómo sacarían al enfermo con un pasillo tan estrecho y sin camilla. Pues andando. Los enfermeros le han preguntado si se encontraba mejor le han dado la mano y arriba, tras soltar el azafato las piernas con gran alivio suyo, del azafato quiero decir, que en esa posición creía que se le iban a gangrenar los brazos del esfuerzo. Afortunadamente para el moribundo había un pasajero español camino de la salida que hablaba francés y le ha podido hacer de traductor al pobre con el médico “a little”. Porque claro, ¿para qué quiere saber inglés un médico que atiende las urgencias en el aeropuerto de Barajas?
Una pareja de españoles que viajaban en el mismo vuelo que yo desde Estambul y a los que les pasó lo mismo que a mí y que son MIR en Madrid, me explicaron que en su hospital llevaron a una japonesa que había tenido una agresión, acompañada de su amiga. Les hicieron todas las pruebas a las dos incluido un escáner craneal porque nadie las entendió.
Y ya en Madrid donde mi hijo me espera como siempre y sorprendido de lo mucho que hemos tardado en salir del avión.