AL de la India. Trigesimoquinta entrega. Mussoorie, tercera parte.

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Carrito de niñoCuando estuve hablando con Rudi, el austriaco, un indio intervino en la conversación y dijo que las cataratas Kempty era lo mejor de Mussoorie. Pues no. He venido con otra excursión del turismo local aunque esta vez eran todo familias, nada de novios ni ningún extranjero. Las cataratas no son nada del otro mundo aunque el entorno natural sea bonito. Pero aquí también todo está rodeado de puestos de venta de refrescos, recuerdos, comida y fotografías. Al fondo del todo han hecho un lago, según los letreros, pero que es como una piscina municipal con barcas de pedales.
Los turistas indios hacen aquí como las clases medias en España, sobre todo en los sitios templados: en España sacan las pieles en cuanto refresca un poco y aquí se compran pasamontañas. Como un indio de Calcuta, Bombay o Delhi no tiene muchas oportunidades de utilizarlo, en cuanto llegan aquí se lo compran y no se lo quitan para nada. En Mussoorie hay bastantes personas con rasgos que no corresponden a los indios típicos. O pertenecen a minorías del Himalaya o son refugiados tibetanos que hay bastantes. En Mussoorie he visto los carritos de niño más feos que te puedes imaginar. Y entonces me he dado cuenta de que lo que me ha sorprendido ha sido el hecho del carrito porque en la India no se ven cochecitos de niño, que las mamás los llevan en brazos. Como a nosotros en la posguerra. Es que nos querían más nuestros padres. Y así aprendíamos a andar antes. ¡Y aún se sorprendió el informático chiíta de la rapidez con que subía la montaña! Pero luego he caído en la cuenta de que esos carritos los alquilan para llevar más fácilmente a los niños, que no pueden contratar a un mozo de cuerda todo el día. En cuanto a no llevar a los niños en cochecitos no me extraña: los más pobres no tienen dinero para comprarlo. Los que ya lo tienen van en moto toda la familia y no van a llevar el cochecito, que los hacen muy plegables, pero no tanto. Además, en las motos, sobre todo en las tipo Vespa, van al completo. Como nosotros: mi padre tenía una Lambretta. Íbamos los cuatro: mi hermano delante de pie, cogido al manillar. Luego mi padre conduciendo en el primer asiento. Detrás mi madre en el segundo asiento (que tenía los asientos separados, como las Harley Davidson). Y detrás, yo, en el portaequipajes. Pero mi hermano sí tuvo cochecito. Y yo que ya no me acuerdo de quien era Carrero Blanco, recuerdo perfectamente el día en que mi padre compró el coche de mi hermano. Y antes de la moto el transporte familiar era la bicicleta. Como en la India. Y era de solo dos plazas: mi padre pedaleando sentado en el sillín y yo detrás en el portamantas. No entiendo porqué se llamaría así. No he visto en mi vida a nadie llevar una manta allí. Los indios, a veces, la mamá lleva al niño pequeño en brazos en la moto y a la suegra detrás del todo. Que me imagino que será la madre de él, porque si no en un par de acelerones…Y por supuesto todas las señoras y señoritas que van de paquete van de medio lado.
En el mapa que me dieron en turismo hay un sitio para ver la puesta de sol y para allí me fui. Es un lugar muy especial con una casa tipo palacio abandonada. Llegando he visto mucha gente y he pensado que cuánto les gusta a los indios ver las puestas de sol. Pues a lo mejor les gusta, pero es que estaban rodando una película. Además de los actores, que sólo había cuatro, había también un montón haciendo reflejos de luz con paneles y todavía más mirones a los que me he sumado un rato. Como es mi primer rodaje de mirón no puedo comparar con otros pero no me sorprende que los actores se estresen y lleven mala vida porque un joven con una pistola en la mano ha estado haciendo lo mismo durante media hora y la escena duraba unos 5 segundos. Y parecía muy fácil. Mucho más que herrar un mulo. Y más descansado. Luego a otro que debía ser el malo le cogía por el cuello uno vestido de militar ayudado por cuatro soldados y menos mal que sólo lo han repetido 5 veces porque si no acaba como San Lamberto. Y es que se lo tomaban muy en serio los militares. Mira por dónde ya sé dos profesiones que no me gustaría ser, ahora que estoy en el paro: limpia alcantarillas de Ajmer ni malo de película india. Y como el sol se estaba poniendo han recogido todo rápidamente, los mirones se han ido y me he quedado solo con el maravilloso espectáculo: a mi izquierda el sol, debajo de mí la ciudad cada vez más en la sombra que proyecta el cerro donde estoy, más lejos Dehradun, y enfrente los picos nevados del Himalaya, donde están las montañas donde nace el Ganges y van los peregrinos hindúes. ¡Cuánto me gustaría poder describir el momento!
Y cuando regreso, la India me depara una de esas sorpresas inesperadas: cerca de mi hotel han cubierto unos 30 metros de calle con toldos blancos y han llenado el suelo de colchonetas. En la parte frontal, donde está la entrada a mi restaurante favorito, han puesto una especie de altar con unas fotografías muy grandes de un señor mayor con aspecto muy digno. Luces y sonido. Ha venido una abuelita a la que han sentado a la izquierda del altar. Imagino que la viuda del de la foto. Y ha empezado a venir gente y a sentarse en las colchonetas. Algunos se acercan a la abuelita y se postran ante ella. Y los que llevan el negocio son tres señores muy puestos que han empezado a hablar y a cantar. Parece que son los seguidores del señor de la foto. Pero la técnica que tanto ayuda a las religiones en su aspecto espectáculo les ha jugado una mala pasada: se ha ido la energía eléctrica. Y claro ni música ni cantos ni luces. Entonces han empezado una salmodia y a tocar palmas. Este grupo sigue un patrón que imagino que os resultará conocido: el 90% de los seguidores son mujeres pero el negocio lo manejan los hombres. Y como estaba al lado de mi restaurante me he venido a cenar donde acabo el borrador de esta crónica. Se acerca el dueño y le comento que hoy tiene menos clientes porque no se ve la entrada pero a él no le importa porque parece que es simpatizante del señor de la foto. Y aprovecho para preguntarle sobre lo que estaba pasando en la calle: el de la fotografía era Sai Baba, del que hay más de un millón de referencias en Google. La que yo creía su viuda era una señora mayor de la localidad que era de su grupo de seguidores. Me dijo que era algo así como la “saima”. Ha vuelto la energía eléctrica y ya cantan de nuevo los profesionales que no son de aquí sino que vienen, reúnen a sus seguidores, cantan, recogen los donativos y se van. Pero pensándolo mejor, a estos tampoco les pagan con los impuestos. Que son los propios fieles quienes los sostienen. ¿Es tan difícil entender esto? Monto un club, consigo socios y pagan una cuota. Así de sencillo. El que quiera pertenecer a mi club, bien y el que no también, pero no le voy a exigir que pague la cuota.

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