AL de la India. Trigesimosegunda entrega. De Amritsar a Dehradun.

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Es la primera vez que cojo un tren de primera clase. Yo había viajado en 2A como máximo y ya estaba muy bien. Así que me esperaba algo fuera de serie. Pero lo de las clases en los trenes indios es toda una sabiduría. Hay por lo menos 9 clases diferentes. Antes de salir pegan unas hojas en cada vagón con la gente que va allí, su nombre, estación de destino, sexo y edad. Los españoles que me encontré en otro tren se habían quitado años. Así que comprobé que en un departamento de primera van 4 pasajeros y en el mío iba solo con otro señor de 61 años. Son 4 literas por departamento. Muy grandes. Pero es bastante peor que el 2A. Esto a un indio le parecerá normal porque lo sabe desde niño, pero a mí me resultaba extraño. No te dan sábanas, ni manta, ni almohada, ni comida. Antes de salir el tren, que lo hacía casi a las 9 de la noche, entró en el departamento un indio con una de las caras más terribles que había visto. No sé si recordaréis algunas películas, creo que de los años 50, (no vale decir que yo entonces no había nacido porque tampoco lo habías hecho cuando Gilda y seguro que la has visto. Si no, corre a tu tienda de DVD más cercana. ¿Cómo puedes vivir así?) donde aparecían unos indios adoradores de la diosa Kali que se dedicaban a liquidar a la gente, los thugs. Pues eso, que parecía un thug. Me saludó con una inclinación de cabeza y se sentó. Ni una palabra. Pensé que era el compañero de viaje de 61 años. A los pocos minutos entró otro más elegante, barba y pelo blanco muy arreglados y también se sentó. No dijo absolutamente nada. El tren arranca y viene el revisor. Lleva una mano envuelta en un pañuelo. ¿Será leproso? La situación era bastante inquietante. Silencio absoluto en el departamento. En la primera parada se baja el supuesto adorador de Kali no sin antes darme la mano y dedicarme una amigable sonrisa. Al cabo de un rato le pregunto al otro pasajero que si también iba a Dehradun, sólo por romper el hielo pues ya lo había comprobado en la lista. Y entonces me dice que pensaba que yo era indio y se pone a hablar sin parar. O sea que si yo era indio ni palabra, pero como era extranjero y él hablaba inglés pues toda la conversación del mundo. Me dice que apague la luz cuando quiera, que yo soy el huésped de la India. Pero resultó que él no tenía sueño y cada vez que me echaba me empezaba a hacer preguntas y otra vez a charlar hasta que se paraba, me echaba y vuelta a comenzar. Así hasta las 12 de la noche o más. Era un prejubilado de un banco. Tenía dos hijos. Y su hija había tenido un niño hacía poco. O sea como yo. Y entonces me dio la mano emocionado. Menos mal que no me sacó la colección de las fotos de su nieto, que hubiese quedado igual de mal que con el santón del ghat de Pushkar. Y yo cada vez que lo miraba pensaba que me recordaba algún conocido. Empecé con la lista de amigos, conocidos, actores de cine, televisión,…nada. Cada vez que me daba una información ajustaba porcentajes y cantidades, lo mismo que me pedía cuando me preguntaba algo de España. Por ejemplo: ¿qué porcentaje de jóvenes en España beben alcohol? Otra vez me documentaré mejor antes que si no quedas muy mal o mientes como un bellaco. Porque claro le puedes decir: pues en la franja de 14 a 18 en Canarias el 12, 37 por ciento y en…y así inventarte todo. Pero no me parece bien. Vaya, que se le veía su pasado profesional. Fué muy interesante. Y de repente se me hizo la luz: se parecía a Julio Anguita. Se lo dije pero no sé si me entendió. Luego vino a dormir a nuestro departamento el revisor. Y fue la peor noche de toda la India. No, por el revisor no. Es que hacía un frío…Y a mitad de la noche me tuve que poner otros pantalones encima de los que ya llevaba. Por la mañana el compañero de viaje estuvo durmiendo hasta el destino. Y aproveché para quitarme los segundos pantalones, que si no luego cuando se encuentre con sus amigos les dirá que el 100 por 100 de los españoles duermen con dos pares de pantalones. Y ya en la estación me dijo que si no tenía mucha prisa que quería invitarme a tomar un té en el restaurante de la estación (“refreshment room”, por si no lo encuentras), que los que vendían en los puestos ambulantes eran muy malos. Y yo me había tomado ya tres o cuatro en esos puestos y él sin decirme nada. Así que aproveché para preguntarle como se hacía el té. Tengo una amiga que sigue la siguiente fórmula: una cucharada para la tetera y otra por cada taza. Y cuando le comenté lo poco científico de la medida, pues si tomas una taza tomas dos cucharadas por taza, si 2 tazas cucharada y media por taza y así hasta el infinito o hasta Aznar, me dijo un poco cortante que ella siempre lo había hecho así. Y yo me dije para mí: E pur si muove. Y le sonreí. Que no quiero perder amigas.
Té indio:
Se pone agua a hervir. Cuando hierve se echa té y especias, generalmente cardamomo. Después se echa leche en una proporción de una taza de leche por 2 ó 3 de agua. Y finalmente azúcar. Mejor si la leche es de búfala. Y al escribirlo ahora me doy cuenta que con el atontamiento (cogí el tren antes de las 9 de la noche y eran las 11 de la mañana) no le pregunté, a él que era tan preciso con las cantidades, ni el tiempo de cocción ni la cantidad de hojas de té. A la primera oportunidad lo hago. Y al salir de la estación de Dehradun (si quieres demostrar que eres de allí debes decir sólo “Dun”) cogí el autobús para Mussoorie, mi próximo destino.
Consejo: Los autobuses para Mussoorie paran al lado de la estación de ferrocarril pero van a dos estaciones de autobús diferente, así que tienes que preguntar a cual va. A la que yo quería ir se llama “Logia Masónica”. Y me di cuenta que por culpa de Franco todavía me da como un poco de miedo decir “Logia Masónica”. Claro que siempre le echamos la culpa de todo a Franco, pero no creo que él (¿habría que escribir “El”?), les diese orden a los escolapios de que nos enseñaran que Darwin era un mentiroso. Así que a partir de ahora diré en la “época escolapio-franquista”. Seguro que algún amigo de la infancia me entenderá.

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