Al fin me voy de Ajmer. He estado 8 días o mejor, he dormido ocho días pues cuatro días he ido a Pushkar, dos he visitado Ajmer y el primero y el último fueron días de coger el tren. El último día esperando la hora de coger el tren volví de nuevo a Dargah. Ya había acabado el Ramadán y era un día entre semana pero aquello seguía siendo increíble. ¡Qué cantidad de gente! ¡Qué fervor! Esta vez había grupos de tres o cuatro hombres sentados en el suelo tocando un órgano pequeño y cantando. Rodeados de muchísima gente. Y desde allí volví a subir a la mezquita que está construida sobre un templo hindú. Paso por calles donde veo por primera vez carnicerías de vacuno. Y a un vendedor de pescado sentado sobre la acera, o mejor, donde debería haber habido acera pero lo que había era la alcantarilla de la calle. Y además el pescado con peor aspecto que he visto en mi vida. Y al llegar al templo-mezquita también mucha gente, con mendigos y tullidos que no te puedes ni imaginar. La estampa con las ruinas, la gente y los mendigos me recordaba a los grabados del XIX cuando los británicos hacían el “Grand Tour” por el continente. Y entonces escribo una nota, se me acerca uno para ver lo que escribo y se me pone a unos 20 centímetros de mi cara. Como cuando vas por un parque y ves a uno que está pintando una acuarela. No sé que les debo parecer pues me pasa de vez en cuando.
Y así llego al tren. Un magnifico Shatabdi, que entre otras cosas se caracteriza porque la comida está incluida en el precio del billete. Y te dan un montón de cosas. Y viajas cómodo y te olvidas de los autobuses. En ese tren es donde hablo con franceses, ingleses y españoles. A los españoles les pregunté como habían organizado su viaje: habían contratado a través de internet con una agencia india de viajes. Para que os hagáis una idea: quince días repartidos entre unos días en el Rajastán, incluido día y medio en Pushkar en un campamento de tiendas, pero a todo lujo, y finalmente una semana en Goa de reposo, 1000 euros por persona. Con todo incluido y buenos hoteles. Imagino que no estaba el precio del billete de avión de España a la India. Llego a Delhi a las once de la noche, me despido de mis compañeros de viaje y me voy a ese sitio especial donde me gusta alojarme en Delhi y como me imagino, después de mi conversación por teléfono en inglés con el director, no tenía habitación reservada. Pero todo acabó bien. Como siempre.