60 Grecia 2025. 5 de noviembre de 2025, miércoles. Trigésimo día de viaje. De Patmos a Atenas. Atenas. Día primero. Primera parte.

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Ayer a las 11 y media de la noche estábamos en el puerto de Patmos, Skala, esperando el ferri que debía llevarnos a Atenas y cuya salida estaba prevista a las doce y cinco de la noche, o sea a las 00:05.

Allí estábamos una treintena de pasajeros y media docena de coches.

Resulta que es la única foto que tomamos del puerto de Skala antes de partir y además está movida.

Desde este lugar no lo vimos llegar a pesar de su tamaño y de repente estaba en el muelle aquel barco que parecía casi como un gran transatlántico y que como escribí ayer tenía 176 m de eslora. Piensa que “Le Laperouse” que estaba atracado ayer era de 131 m y con capacidad para 118 pasajeros y este de hoy es para 1800.

Pues llega, embarcamos y aquello no es lo acostumbrado con los ferris de Dodekanisos: hay cientos de maletas apiladas y nosotros las dejamos por allí donde podemos.

La “planta baja” y la primera están ocupadas por camiones y grandes remolques y nosotros con la “alegre tropa” subimos por unas elegantes escaleras hasta unas grandes salas que están a rebosar de pasajeros: ha salido de Rodas y Patmos es su última escala antes de llegar a su final en Atenas. Nosotros no pudimos tener un camarote, pero sí una gran butaca en un salón y numeradas, porque los que no la tenían estaban en butaquitas o en sillas y algunos al ver que nuestros asientos estaban vacios pues se acomodaron en ellos. Afortunadamente no opusieron resistencia en dejarnos nuestros puestos.

Y allí nos tienes a Marisa y a mí sentados a las 12 y media esperando que apagasen las luces como en los aviones cuando viajas de noche.

Y así te lo advierto por si haces este viaje: las luces de fuerte voltaje (mejor sería decir vataje) iluminando aquella sala y además no todos los pasajeros saben cumplir con las normas de conducta así que algunos pocos charlan y bastantes están largos por el suelo durmiendo como en el cielo.

Y nosotros hacemos lo mismo, pero sentados. Por lo menos yo, que Marisa no lo ha tenido tan fácil pues la viajera del otro lado del pasillo era una joven obesa (vaya, gorda, gordísima) que roncaba como una ballena y además llevaba unos casos enormes puestos seguramente para que no le molestasen los ruidos de los demás y por lo tanto no ha tenido en cuenta que su teléfono tenía puesto el despertador a las 5 y media y ha estado sonando de forma intermitente muchísimo rato.

La verdad es que yo no sabía que era ella la del pitido porque si no la hubiese despertado.

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Antes de llegar nos damos una vuelta por la parte exterior de la cubierta y parece que ha llovido y además está muy nublado porque si no habría habido un amanecer espectacular.

Allí todos los fumadores del barco que son muchos y esta es una característica de los griegos y de las griegas: fuman muchísimo. O son inmunes a los cánceres o como son tan religiosos les da lo mismo morir, pues saben que en el cielo adonde irán todos dada su gran piedad, estarán cojonudamente.

No sé si la escatología explicará algo de si se puede o no fumar en el paraíso. Imagino que en el infierno seguro que sí, por lo que ante la duda conozco a fumadores que preferirían ir al infierno con tabaco que al cielo sin él.

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Por megafonía dicen algo de que en breve llegaremos y el personal empieza a moverse.

Si no hubiese sido porque teníamos que recoger la maleta hubiésemos esperado hasta el final pues la salida ha sido casi tipo India: cientos de pasajeros apelotonados esperando que abriesen las puertas.

En este ferri una curiosidad: una gran proporción de “no griegos”, que además no eran turistas, pero no se veían a señoras con distinciones musulmanas, ya fueran hiyab, nicab o simplemente un pañuelito en la cabeza, aunque bien es verdad que la mayoría de esos “no griegos” eran hombres jóvenes, excepto un nutrido grupo de pequeñitas filipinas.

Al fin logramos salir del barco recuperando la maleta de lo que no la teníamos todas con nosotros, pues la habíamos dejado en un montón sin ningún tipo de resguardo, ni de identificación.

Como nuestro apartamento está muy cerca de una de las paradas del metro de la línea 1 que es la que precisamente empieza en el puerto de El Pireo decidimos ir con este medio de transporte y además conoceremos como funciona el metro en esta ciudad para el resto de nuestra estancia.

Yo había entendido que según la guía del metro la línea 1 empezaba en El Pireo, pero lo que no sabía es que el El Pireo es muy, muy grande.

Lo que hay es un autobús, tipo lanzadera, que te lleva desde el punto en el que desembarcas hasta la estación de metro y en ese recorrido te percatas de lo enorme que es esa parte del puerto dedicada a los diferentes ferris que van a las islas.

Así que llegamos a una moderna estación de metro y hacemos cola para sacar el billete; pues no, que aquel metro solo iba al aeropuerto, aunque la estación de la línea 1 estaba al lado.

Todo lo anterior es por si intentas hacer lo mismo que nosotros.

En las islas había observado que no había pintadas en las calles lo que hubiese afeado terriblemente aquellas fachadas blancas impolutas. Creo que Luis, el investigador que conocimos en Panormitis y que vivía aquí, cuando se lo dije me respondió algo así como “espera a estar en Atenas”. Y ya estamos y aquello es peor que el sur de Madrid: el convoy que llega a la estación está sin un centímetro sin pintar, que parece que esa obsesión de las iglesias ortodoxas y su “horror vacui” se la hayan transferido a los grafiteros.

Y luego en el trayecto de El Pireo hasta el centro de Atenas los tramos al aire libre eran como los de la línea C5 de Móstoles a Humanes.

¿Por qué los bárbaros actúan impunemente aquí y nunca en las islas del Dodecaneso?

Porque para ellos sería una gran victoria dejar el inmaculado monasterio de San Juan el Teologo, vaya su exterior, como el interior, pero con las mamarrachadas propias de este arte (?) callejero.

En este nuevo alojamiento, un apartamento, no se puede registrar y entrar hasta las 3 de la tarde y nosotros estamos en el centro de la ciudad a las 9 de la mañana, así que tenemos un problema con el equipaje.

¿Qué hacemos con él?

Pues algunos te permiten adelantar la hora de entrada, pero este no ha sido el caso y en su lugar te proporcionan un sitio cercano al alojamiento para dejar las maletas. Es un pequeño inconveniente, pero te soluciona el problema.

Una advertencia por si no eres usuario de este tipo de alojamientos: es imprescindible el teléfono, pues para acceder a todos estos sitios te envían códigos de acceso, sea para cajetines de llaves o para porteros electrónicos.

Así que dejamos las maletas, comprobando en nuestro deambular por el centro de esta ciudad que el suelo de sus aceras está en un estado penoso, vaya, que andas jodido con las maletas de ruedas, y que hay motos mil aparcadas pegadas a las aceras invadiéndolas de manera que tampoco puedes pasar por allí en algunos tramos.

Y ya libres de ataduras, o mejor de “pesaduras”, nos vamos a buscar el desayuno, lo que parece tarea fácil cuando tú ves a un peatón tras otro con un vaso de papel con su café. Pues no, que todo que encontramos son pequeños negocios de desayunos, pero sin cuarto de baño que necesitamos tanto como el desayuno.

Al fin se nos ha encendido la luz de la solución: ¡un McDonalds!

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