
Hoy nuevo hotel y nuevo desayuno.
Parecía que estábamos solos, pero el comedor está casi lleno de familias indias y el desayuno, como es normal, es para ellas. Nosotros nos tenemos que conformar con la fruta y con el pan de molde con mantequilla y mermelada, pues no nos hemos atrevido con las fuentes de comida vegetal por miedo al picante.
Ayer por la noche tuvimos una desagradable sorpresa: Marisa al acostarse descubrió que su almohada estaba sucia, bastante sucia y la mía algo menos, pero también, y es que nos habíamos olvidado después de estos placenteros días que estábamos en la India.
En anteriores viajes al llegar a la habitación del hotel lo primero que hacíamos era comprobar el estado de las almohadas, pues nos habíamos percatado que el numeroso personal del alojamiento cuando estaban ociosos se echaban en la cama a ver la tele en alguna habitación desocupada y así dejaban las almohadas sucias. Entonces ibas a recepción decías que estaban mal y ni siquiera se disculpaban, simplemente te daban otra funda limpia. Así que esta mañana al marcharnos me quejo muy seriamente en la recepción por ello.
Hoy vamos a empezar por el “City Palace” que es como se llama el palacio del “Maharana”.
Primera pregunta: ¿por qué es un “maharana” y no un “maharajá” como todos?
Pues porque el de aquí es, o era, más como un rey, y los otros son, o eran, más como príncipes. Vaya, todo por la etimología de las palabras.
Así que con un rickshaw al palacio.
City Palace.
El maharana Udai Singh II comenzó su construcción en 1553 y está situado a orillas del lago Pichola y aunque se le conoce con ese nombre de “Palacio” realmente tiene varios en el interior de su complejo.
Los sucesores siguieron ampliándolo durante 400 años de ahí su tamaño y magnificencia.
Después de la independencia de la India en 1947 el reino de Mewar pasó a formar parte de la nueva nación y esa familia real perdió sus privilegios y títulos (no todos), pero esos “maharanas” retuvieron la propiedad de los palacios de Udaipur y convirtieron el complejo en hoteles de lujo tipo “heritage”.
Al palacio puedes entrar para ver sus jardines y sobre todo el exterior pagando 50 rupias o bien comprar la entrada del que llaman “Museo del palacio”, pero que realmente es el interior de él.
Desde la taquilla hay un paseo donde para entrar tienes que enseñar tu billete a los guardias y parece que no se fían mucho pues hay unas alambradas bastante amenazantes.
Esto vigilantes no son policías, ni empleados de seguridad privada, que son guardias del “maharana” y llevan en la solapa la palabra “MEWAR”, que he pedido permiso a uno de ellos, que parecía jefe (dos estrellas), para fotografiársela. Se ha quedado un tanto sorprendido, pero ha aceptado gustoso.
NB
MEWAR.
Según Wikipedia “Mewar (conocido también como Udaipur, por el nombre de su capital) fue un principado de la India, en la agencia de Mewar, en la Rajputana”.
Y claro eso no te dice casi nada. Así que amplío: “El Rajputana es una región del noroeste de la India que hoy comprende el estado Rajastán y pequeñas partes de Madhya Pradesh y Gujarat… Los estados rajputas pasaron a estar bajo jurisdicción británica por los tratados de 1818; casi toda el área fue fusionada con el estado Rajastán en 1948”.
En el camino un árbol con frutos que se dan directamente sobre el tronco o las ramas: a esa característica se le llama “caulifloria”. Creo que la primera vez que la vi, o por lo menos que me percaté de ella fue con las papayas. Aquí es un ficus.
Y de repente aparece el palacio delante de ti y te quedas sorprendido por su tamaño y por lo que representa. Porque fue un disparate cuando lo construyeron y sigue siéndolo ahora. Y lo que más me jode es que encima al personal se le sigue cayendo la baba con esas monarquías, sean reinantes o no.
¡Cuántos sacrificios de ese pueblo que vivía en penosas condiciones para soportar esos lujos?
También bonitas vistas desde ese camino de subida del lago Pichola y del hotel que está en medio.
Abren a las 9, pero ya son las 10 y los visitantes no somos muy numerosos, pero empezarán enseguida a serlo y es que este palacio es el principal motivo turístico de esta ciudad.
Ya dentro del “museo” pasamos por salas dedicadas a las armas y mira que a la gente le gusta este motivo, porque habrá algunos realmente interesados y que entiendan del valor y la importancia de lo que ven, pero contemplar un cuchillo detrás de otro, un fusil y otro más, y espadas mil…
Lo de las espadas y similares a mí me tiene sorprendido porque estoy convencido que la mayoría son de atrezo. No veo yo a un cortesano de aquellos levantar ni con las dos manos un instrumento así. Y si se trataba de profesionales guerreros aquello no servía para nada.
Pero aquí tienes al personal viendo bayoneta tras bayoneta y sable tras sable.
Pasamos por delante de una puerta donde un letrero dice que es el “Museo del Gobierno de Udaipur” y donde, a pesar de lo llenas que están todas las estancias del palacio, allí no hay nadie.
Tiene un precio de esos que me cabrean bastante, “indios 20 rupias y extranjeros 100 rupias”, ¡cinco veces más!, pero un señor nos incita a entrar diciendo que desde allí hay buenas vistas y realmente las había pobre el lago Pichola y ese “hotel isla”, mucho mejores que las que luego hemos encontrado en el recorrido por el palacio.
Así que entramos y ha sido una gran sorpresa pues además de que hemos estado solos durante toda la visita ha sido uno de los museos más raros, más desaprovechados y peor mantenidos que hemos visto en nuestra vida, pero muy interesante por las piezas que exponía.
El comienzo es desalentador, de esos que te dan ganas de volver a la taquilla y pedirles que te devuelvan el dinero: una docena de animales disecados entre ellos un mono que sujeta una lámpara y un par de terneros unidos por la mitad. También unas reproducciones del cuerpo humano que daban miedo y un letrero que daba más: se llama nada menos que “Galería de niños”, pues “este material que se exhibe es de interés para los niños”.
Un horror.
Hay una galería con estatuas muy interesantes y con los carteles de las descripciones que no te lo puedes creer: unos están rotos, de otros han arrancado el papel y solo queda el hueco.
Y en una pared mohosa y descascarillada un letrero advierte que te podrán multar si en las paredes haces pintadas o escupes o “ lifering”. Y esta última palabra me deja perplejo: “lifering” significa salvavidas y “lifer”, “cadena perpetua”. Te dejo la foto.
Y es una pena porque hay obras realmente interesantes que podrían estar en cualquier museo de primera categoría.
Lo mejor es una sección de pinturas que ha encantado a Marisa y le ha dedicado toda una sesión fotográfica, tanto que el abuelito vigilante nos ha encendido los tubos fluorescentes del techo y le hemos tenido que pedir que los apagase pues producían reflejos para las fotos.
Y otra curiosidad: en el patio delantero de ese abandonado museo un grupo de jovencitas y un chico haciendo instrucción militar como para un desfile, dirigidos por un uniformado.
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