30. India 2024. 12 de noviembre de 2024, martes. Decimoquinto día de viaje. Ajmer. Segunda parte.

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A la dargah de Sharif el personal viene a pedir cosas relacionadas con la salud, los negocios y la solución de los problemas al santo y además de dar dinero en diferentes sitios hacen ofrendas de flores, especialmente de pétalos: compran unas canastillas o las alquilan, algunas bastante grandes y las llevan en la cabeza, se dirigen a la cola que hay para entrar a ver la tumba y allí las dejan.

Algunas de esas canastillas las protegen con bonitas telas y me parece que canastillas y telas vuelven otra vez adonde las habían vendido para una nueva venta y ofrenda. Todo sea por la reutilización de los recursos. Lo que no sé qué harán con los millones de pétalos.

2024. India. Ajmer. Sharif Dargah.

Además de la tumba del santo hay también un par de mezquitas (quizás alguna más que no he visto) dentro del recinto y una de ellas con un gran patio por delante.

2024. India. Ajmer.

Vamos a ver la mezquita que es solo una gran nave abierta sin nada más y rápidamente un zelote del profeta nos dice con mala cara que “Ladies no!” y yo, caballero español, le digo que “si no le permite la entrada a mi señora, yo tampoco entro”.

Pues no, Marisa se ha quedado en el patio y yo me he dado una vuelta por la austera mezquita y como en todas ellas tres elementos que no pueden faltar además del mihrab: un gran reloj, los libros del rezo y una pantalla donde informan de las diferentes horas de ese rezo.

2024. India. Ajmer. Sharif Dargah.

En un lateral de la capilla de la tumba del santo hay un pebetero donde los fieles colocan los palitos de incienso. Lo curioso es que algunas señoras con un trocito de cartón recogen esas cenizas. Ni idea del motivo.

2024. India. Ajmer. Sharif Dargah.

En una reja de esa famosa capilla los fieles atan unos cordones rojos en los que debe ir la petición. Y hay un señor que lleva un plumero y les pega suavemente en la cabeza. Debe ser algo parecido al hisopo con agua bendita de los católicos.

2024. India. Ajmer. Sharif Dargah.

Observo a un grupo de hombres jóvenes que van a entrar con las ofrendas y uno de ellos recoge los teléfonos de todos y se queda afuera. ¿Habrá alguna maldición para los que entran en tan sagrado recinto si lo hacen con un celular?

En un patio delante de la tumba hay un grupo de media docena de hombres sentados en el suelo que cantan acompañados de un pequeño órgano que me recuerda al qawwali que cantaba Nusrat Fateh Ali Khan al que tuvimos la suerte de oír en Madrid hace unos años.

2024. India. Ajmer.

También vemos un patio donde solo hay mujeres rezando, debe ser adonde van al tener prohibido el acceso a la mezquita, y aquí también tienen el mihrab y un reloj.

2024. India. Ajmer.

En resumen, un lugar que sigue siendo increíble y que afortunadamente no ha caído en manos de ninguna “lista de los lugares que debes ver antes de morir”; solo hemos visto a tres occidentales, uno de ellos con una faldilla pues también las normas de vestir son estrictas y debes ir sin enseñar las piernas y en algunas partes del recito con la cabeza cubierta, pero que aquí puede ser con un sombrero, no hace falta un trapo como en el Templo Dorado de Amritsar.

¡Las fotos que hubiera podido hacer Marisa en este entorno! Pero nos hemos tenido que conformar con el teléfono.  Confío que mientras tanto los integristas religiosos sigan en su ignorancia y no sepan que, a pesar de su forma, lo que hay en su interior es un sensor como el de una cámara y los píxeles son los mismos, aunque sean de peor calidad. Así que sigo sin entender a los teístas que creen que un ser tan omnisciente y omnipotente puede estar diferenciado los distintos tipos de cámaras y que uno le moleste y otro no. Y aquí entraríamos en una discusión teológica, pues en las religiones monoteístas Dios, su dios es único y puede decidir y escoger como quiera, pero ¿en las politeístas? ¿Cuál de ellos decidirá lo de las cámaras?

Salimos a la calle y encontramos una especialidad muy dulce: muchas tiendas con una especie de turrón o algo parecido de muchos colores.

2024. India. Ajmer.

También algunos restaurantes con grandes calderos en la entrada y sonrientes cocineros.

2024. India. Ajmer.

Y en un corto paseo llegamos a las ruinas de Adhai Din Ka Jhonpra.

Yo las recordaba casi vacías de gente, como los grabados de los viajes de los europeos del “Grand Tour” del siglo XVII cuando viajaban por el cercano oriente, pero hoy este lugar está con mucha gente.

2024. India. Ajmer.

Creo, quizás equivocado, que entonces eran solamente ruinas arqueológicas y que ahora las han recuperado como mezquita y así te debes descalzar y además a partir de una hora determinada deben emplearlas para rezar y el personal que ha ido allí de visita abandona el recinto.

Y de nuevo hemos sido objeto fotográfico sin parar, pero ahora Marisa ya disponía de su cámara con lo que ha habido reciprocidad.

2024. India. Ajmer.

Es curioso que en estos sitios haya fotógrafos callejeros a la caza de los que quieren tener un recuerdo porque no se conforman con su teléfono.

2024. India. Ajmer.

El lugar es impresionante, pero me temo que cualquier día los nacionalistas hindúes lo reclamen por haber sido primero de “ellos” y dado el lugar donde está sea una fuente de grandes conflictos.

¡Con lo fácil que sería dejarlo como monumento arqueológico sin fines religiosos!

2024. India. Ajmer.

Dejamos estos ambientes medievales y con un rickshaw nos vamos a un restaurante que recomienda la guía del 2015. 

2024. India. Ajmer.

Es elegante y estamos solos, pero ha sido una suerte: Marisa ha podido comer un plato entero de pollo y sin picante.

2024. India. Ajmer.

Está al lado de la estación de ferrocarril y vamos hasta allí para estar preparados para coger el tren mañana que nos llevará a Udaipur.

2024. India. Ajmer.

En la entrada un maletero, esos mozos de cuerda que llevan una camisa roja, carga con el equipaje de un equipo de fútbol, aunque quizás sea solo una familia: unos 25 bultos entre maletas y bolsas.

2024. India. Ajmer.

A la entrada de los andenes hay un par de policías y un escáner para controlar el contenido de los equipajes. Pues le han hecho descargar todos al pobre mozo para inspeccionarlos.

Salimos de la estación por otra puerta y allí también hay otro escáner, pero sin personal: el control del anterior no sirve para nada.

Y con otro rickshaw (que estamos muy mayores para ir andando) al hotel. Allí el joven y servicial mozo como me ve sentado en el jardín en un lugar proclive a las picaduras de los mosquitos me recomienda otro sitio donde enciende una varita de esas olorosas que parece que no les gusta y pone en marcha un ventilador, que eso seguro que les aterroriza. Porque imagínate que eres un mosquito con tu par de alas membranosas que ya tienes bastante con tu diminuto cerebro para moverlas de manera que te lleven a donde quieras ir y de repente un humano produce un viento que para tu tamaño es como un huracán, así que es difícil ir a picarlo y debes buscar otro sitio donde la alimentación sea más fácil.

Acabamos el día en Ajmer en el cercano restaurante que nos recomendaron en el hotel donde ingenuamente pensamos que una simple piza margarita pedida con insistencia sin picante no lo tendría.

Error. No lo tendría para un paladar indio, pero para nosotros….

Última noche en este hotel donde tan bien hemos estado.

PS

El nombre del restaurante de la comida es “Honeydew” y yo me digo que como “honey” es “miel” y “dew”, “rocío”, será algo tan bonito como “Rocio como miel” o “Miel de rocío”.

Error. En el Wordreference me dice que esa palabra significa “ligamazo”, sustancia segregada por los pulgones.

¡Vaya nombre para un restaurante elegante!

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