53. Hong Kong-Macao-Shanghái. 2018. 14 de abril, sábado. Vigésimo sexto día de viaje. Shanghái, día 6.

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Hoy casi de repente parece que hemos vuelto al invierno.  La temperatura que ayer empezó a bajar hoy ha seguido haciéndolo  y además por la mañana soplaba viento con lo que los 14ºC parecían 10 u 11, aunque afortunadamente no ha llovido como ayer.

De todas maneras de vez en cuando te encontrabas con algún desmesurado occidental con manga corta y/o pantalones  cortos. Sin sentido.

Así que vista la meteorología hemos cambiado, o mejor adaptado,  los planes  y hemos decidido ir a visitar  el Museo de Shanghái, visita que teníamos  reservada  para una situación como la de hoy. Además está a una distancia que nos permite ir andando desde el hotel.

Está situado en la Plaza del Pueblo, lugar que te sorprende por su tamaño y a la que le dedicaremos seguramente mañana todo el día.

Llegamos al museo y hay una pequeña cola formada por el control de acceso. Aquí te controlan el equipaje en todas las estaciones de metro y también lo hacen aquí. Y, no es una sorpresa, pero el control funciona muy bien y parece que en manos de la policía. Desde luego no soy capaz de distinguir todos los uniformados que me encuentro, pero son muchos. Hoy hemos visto a cuatro que iban con uniforme de campaña: para los que no habéis hecho la mili, es ese de manchas para que no te vea el enemigo. Y lo raro es que iban armados, e incluso  dos de ellos con  subfusiles o algo parecido. Y muy jóvenes.

La guía dice del museo que es uno de los lugares  del mundo con mayor número de piezas de arte chino. Vaya, casi parece una tontada, aunque en muchos países occidentales tienen una gran cantidad de arte asiático derivado del pillaje colonial y  de la desafección artística de las élites del poder que en esos países no dudaron en vender su alma  y la de la nación al mejor postor.

Después del control de entrada la primera sorpresa agradable: es gratis. Parece que lo es siempre y para todo el mundo. ¡Bien por los chinos!

En la planta de entrada, “planta baja” para nosotros y “primer piso” para los chinos (y para los japoneses) está una de las salas más interesantes del museo, la de los bronces.

A mí es un tema que no me apasiona, pero este museo tiene una importante y muy bien expuesta colección de bronces chinos.

Se nos ha hecho casi la hora de comer y pregunto por la cafetería y restaurante que aparece  en el desplegable que nos han entregado en la entrada: están cerrados ambos. Al final del día comprobaremos que no era así, pero es que no hay manera de entenderme con algunos. Sí está abierta una tetería en la segunda planta y hacia allí nos dirigimos. Compruebo una vez más que no estamos en Japón cuando veo a una señora de unos treinta y tantos con los zapatos colocados  contra una columna. Esto ya se parece más a nuestro país.

Pido dos tés y la sorpresa es que te los sirven con las hojas dentro de la taza, pero sin posibilidad de filtrarlos. Compruebo que la gente paga casi siempre, aquí y en todos los sitios, con su teléfono. Debe ser una aplicación que se conecta por NFC, pues colocan el teléfono muy cerca del terminal pero sin tocarlo.

En este descanso del té observo a algunos occidentales que entran allí: ¡mira que estamos gordos!

También a una pareja que festeja sin hablarse, ni mirarse, ni tocarse. Vaya, solo tocan el teléfono celular. ¿Harán el amor por NFC también? Bueno, no es mucho mejor que por Bluetooth. Imagino.

En la sala de la cerámica hay un letrero en la entrada que empieza con esta frase: “La alfarería es una cosa de toda la humanidad, pero la porcelana es una invención china”.  Y realmente esta sala es espléndida.

La sala de la pintura es también digna de verse. Allí en la información sobre un pintor descubro lo difícil que debe ser especializarse en este tipo de pinturas y artistas debido a la confusión, al menos para mí, de los nombres de los autores; porque aquí (o allí, depende desde donde estés leyendo) tu “descubres” a Goya o a Rubens y siempre se llaman “Goya” o “Rubens”, al menos que te encuentres con un “poeta” que llame al primero “el sordo de Fuendetodos”.

Pues en este museo un letrero dice de “Shitao”, importante pintor del siglo XVII que originalmente se llamaba Zhu Ruoji, y cuyo nombre budista era Yunagi, pero su “nombre de cortesía” era Shitao y de nombre literario Dadizi. Ya ves, cuatro nombres para el mismo pintor. Solo faltaba que hubiese sido cojo y que el poeta local lo llamase “el cojo de Shanghái”. Pero no solamente le pasaba a este Shitao, que a otro llamado Wu Changshuo, se llamó primero Jun, luego se lo cambió por Junqing y a partir de los 70 años se hizo llamar Changshuo. Por cierto, que de este hay unos preciosos cuadros de flores.

Seguimos nuestro periplo por el museo, aunque nos saltamos la sala dedicada a las monedas y acabamos con la de esculturas que vuelve a ser muy interesante.

Allí he aprendido una nueva palabra en inglés que es muy importante y que quiero compartir contigo pues quizás te pueda sacar de algunos apuros: “scabbard”.  Es la vaina o la funda de una espada. ¡Cuánto se aprende en los museos!

Toda la información de los paneles generales está  en chino y en inglés, pero la que hay específica en cada sala tiene una hojita que está en chino, inglés y japonés. Me sorprende pues no creía que hubiese tanto turismo de ese país, pero debe haberlo.

Salimos del museo a las 5 de la tarde, cuando ya están cerrando y en la calle parece de nuevo que estemos en invierno.

Como camino del hotel pasamos por “Raffles  City”, centro comercial donde la guía dice que hay muchos restaurantes y nos quedamos allí para la comida-merienda-cena.

En la entrada una tienda de Bulgari con cuatro jóvenes occidentales con un bandeja cada uno en plan hierático, mientras que otros jóvenes chinos intentan dar un cartoncito con olor para que las señoritas entren a comprar algún perfume. Vaya, eso imagino.

Primero he pensado en esos cuatro chicos y en el trabajo tan estúpido que tenían, pero luego he recapacitado en que no era más estúpido que defender un estándar de comunicaciones, por ejemplo. Eso sí que es una estupidez, y encima hacerlo como si en ello te fuese la vida.

Después de cenar vemos a los “bulgarianos” desde un piso superior y creo que más que atraer al personal lo intimidan y no entran: los cuatro serios como palos, delgaduchos, pálidos y, creo,  con poco sex-appeal.

Compruebo desde esa altura como uno de ellos mira de reojo su teléfono cuando faltan unos segundos para las siete y a esa hora en punto salen disparados, se van a la parte posterior del stand y se cambian de ropa. Entregan las corbatas negras y se visten de personas normales. Que devuelven hasta los zapatos.

También he pensado en que qué dirían las feministas de que solo contratasen hombres y ninguna mujer. Pero si fuesen mujeres dirían que eran “mujeres florero” y que no deberían estar allí. ¡Qué lío! Y es que es muy difícil ser consecuente.

Vamos a una óptica de ese centro comercial y no habla inglés ninguno de los cuatro jóvenes empleados, pero nos atiende una chica de lo más espabilado. Tampoco habla inglés, pero con su teléfono y mucha maña  por su parte conseguimos que hagan unas gafas para Marisa. No sabe si tendrá suficiente plazo de tiempo, pero va a intentarlo. ¡Mira que hay gente avispada por el mundo!

Mañana nos cambiamos de hotel.

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