63. Nueva Zelanda 2017. 19 de octubre, jueves. Trigésimo primer día de viaje. De Auckland a Doha. Segunda parte.

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Salimos de Auckland a las 3 y media de la tarde y a la hora nos sirven no sé si la comida o la cena. Pero como siempre, me encanta.

 

 

 

 


Un consejo: nunca le pidas alcohol a un azafato musulmán: como creen que es pecado te sirven una miseria. Lo que no sé si dentro del islam cuando pecas con el alcohol lo haces solo rompiendo la prohibición o también con la cantidad. Me explico: en el catolicismo si rompías el ayuno en uno de los días de cuaresma donde debías observarlo ya lo habías roto y por lo tanto ya habías pecado y te estaba esperando la condenación eterna. Lo mismo sucedía con comer carne en esos días de abstinencia: daba lo mismo comerte una rodaja de mortadela que un jamón entero. Vaya, se rompía más por la mortadela.

NB
La foto de más arriba es una “licencia culinaria”, que no corresponde con el “servicio de a bordo”. Es del restaurante ruso Samarkand de Seúl.

Sobre este fiambre: ¡qué poco me gustaba de niño!
Resulta que en la época de la autarquía (que cuando algunos dicen estos días que estamos igual que en los años 40 ó 50 con Franco o son unos ignorantes o unos malvados mentirosos) no había hojalata. ¿Te parece mentira? Pues no había. Entonces mis padres compraban una lata entera de mortadela y así mi padre utilizaba esa lata para hacer cosas útiles y necesarias para la casa, como por ejemplo un embudo.

(Cada vez que pasa el azafato me parece que me mira con cara reprobatoria y dice para sí: “¡Ahí está ese abuelo pecador!” Creo que era Chiquito de la Calzada que decía “pecador de la pradera”, pues ese soy yo para ese joven: “un abuelo pecador de la pradera”).


NB
Esta foto de más arriba es una “licencia poética”, que tampoco corresponde al “servicio de a bordo”.

Vuelvo al islam: ¿provoca la misma pena un culito de coñac como el de hoy que un buen lingotazo de malta?

En este viaje, por primera vez en muchos viajes hay bastantes asientos vacíos en la parte trasera que es donde estamos, incluso filas de 3 asientos sin nadie, así que me cambio a una de ellas para que podamos dormir mejor.
No me gusta nada separarme de Marisa; ya sé que no pasará nada, pero no me gusta. Ella no está tan segura, pues cuando hacemos los trámites de facturación, paso de controles y demás yo suelo llevar el pasaporte de los dos, pero al subir al avión siempre me lo reclama quizás pensando que en el caso de un accidente no sabrían quien era. Yo no tengo ese temor, como creo que ya he escrito en alguna ocasión: tengo una póliza de identificación: mi pie izquierdo tiene (¿padece?) sindactilia y al hacer el recuento de pies (si lo encontrasen) sabrían que era el mío.

Así al empezar el viaje nos pasan como siempre un vídeo con las instrucciones de seguridad y ahora, como el de la venida, de buena y profesional calidad. Hay una novedad: te advierte que si se te cae entre las rendijas del asiento un “electro drive” que no te pongas a buscarlo como un capullo, que es fácil que lo destroces. Esto no lo dicen, pero lo dejan implícito. Ya te digo que es una presentación profesional. Si hubiese sido con los futbolistas de antes seguro que se les habría ocurrido alguna tontada, pero ahora te dicen que llames alguien del personal del avión.

Después de la merienda-cena nos dan una preciosa botella de agua de Nueva Zelanda. Me gustaría poder llevársela a mis nietos, pero en el control de equipajes de mano de Doha seguro que no me dejarían pasarla y rellenarla de agua en Madrid y decirles que es de Nueva Zelanda no me parece bien, pues aunque son espabilados no creo que notasen la diferencia.

Antes de salir ya aparece información de la dirección en que se encuentra la Kaaba, pero no dice la distancia como otras veces. ¿Por qué lo harán? Me tendría que poner en la piel de un rezador musulmán para saber qué significa que esté lejos o cerca. ¿Tendrá que ver con la intensidad del rezo? Quizás en este caso como está tan lejos no lo digan para no desanimar al personal.
Imagínate que si volases con Iberia te fuesen marcando en la pantalla de vez en cuando donde está Zaragoza y a cuantos kilómetros está la Virgen del Pilar.
Esto de las religiones siempre es un misterio para mí.


Vamos a atravesar Australia de parte a parte y además como viajamos de este hacia el oeste el día será larguísimo, pero las nubes van a impedir la visión, aunque sí veo una extensión de costa enorme que desde aquí arriba podría ser una playa pero en este caso de un tamaño increíble.
Luego las nubes cubren todo y se acabó Australia.

Estamos encima de un lugar de nombre muy evocador: “Whitsunday Island”.


Te recuerdo “Whitsunday” es “Pentecostés”, que dicho así parece una isla de novela de aventuras: “la isla de Pentecostés”. Que puede que tenga hasta tesoros y tribus de caníbales
Pues como si estuviésemos encima de Alcorcón. Nada de nada.

Y de repente empiezan las turbulencias: que te abroches el cinturón y que no tomes bebidas calientes. Y aquello va a más. Y más todavía. Imagino que la sensación de que se va a partir el aparato se acrecienta, porque estoy sentado en la penúltima fila, pero ha habido un rato que empezaba a estar preocupado.

Nunca he oído que un avión se parta por las turbulencias, pero si pudiese ocurrir ese día habría sido hoy. Solo recuerdo un momento peor (pero que duró menos) volviendo de la India con Finnair, quizás en la etapa de Helsinki a Madrid; creo que llegó un momento en que pensé que si nos íbamos a caer que fuese pronto.

Encima ahora estoy en el otro lado del avión en que está Marisa. Seguro que mis hijos dirían: “¡Qué hace el pasaporte de mi madre aquí y el pie izquierdo de mi padre tan lejos! Seguro que se habían enfadado”. Cuando lleguemos a casa se los explicaré por si las flais.
También tendré que preguntarle a una amiga que vuela en “Business” (la única) si en esa “upper class” se notan las turbulencias o no. Quizás ellos sigan con sus cócteles y caviares sin enterarse de lo que pasa en la cola. Aunque una vez leí que en el improbable caso de que alguien se salvase en un accidente aéreo son siempre los que viajan en cola.
Las turbulencias han durado quizás una hora.


Desaparecen las nubes y Australia es una gran extensión sin ningún aparente signo de vida: no hay bosques, no hay cultivos, no hay ciudades. Las nubes algodonosas que están entre el avión y la tierra producen con sus sombras el falso espejismo de unos lagos. Pero no hay nada. Nada en el trozo que atravesamos. Es como los Monegros, pero a lo grande. Enorme.


En el mapa donde parece la sombra que avanza hacia el oeste, o sea la noche, da la impresión de que nos vamos escapando de ella, pero en algún momento nos pillará.
Y nos pilla y llega la noche y duermo como un lirón y más ahora que tengo tres asientos para mí solo.
Al despertarme (iba decir “al levantarme”) hablo con el joven azafato. Es egipcio y acabamos muy amigos y confío en que me haya perdonado la ligereza de beberme unos mililitros de coñac. Y es que no hay nada como decirle a un egipcio en árabe “No hablo árabe” con acento egipcio. Es la única frase que soy capaz de pronunciar. Además si le dices que has subido al “Gebel Musa” (¡toma geografía!) y que los egipcios son (o eran) las personas más amables de la tierra ya lo tienes ganado totalmente.

Le podía haber preguntado por el “pecado” y la ruptura de la “abstemiez”, pero no lo he hecho y me arrepentiré siempre, pero mi vocabulario al respecto no pasa más allá de “sin” y “alcohol”.

NB
Todos mis lectores saben que “sin” es “pecado” en inglés, pero lo explico para que lo distingan los robots, por si hacen la frase “sin alcohol”, como el “Bitter Kas” por ejemplo. ¡Qué cosa más mala!

Para el desayuno y el aterrizaje me vuelvo a sentar con Marisa después de haber estado todo el largo recorrido separados. Y lo hago por lo del pie y el pasaporte. Y porque no puedo estar tanto tiempo separado de ella.

Tuve un compañero de trabajo que conocía todas las estadísticas de accidentes de avión, y las sabía por tipo de aparato y de circunstancias. Viaje en un par de ocasiones con él y fue horrible. Imagínate que en cuanto te sientas te dice: “este es un VX-23J y la posibilidad de accidente al despegar es del tantos por mil y en esos casos mueren todos”. Si me lee algún compañero de aquella época sabrán que no exagero.
Una vez, y quizás sea una leyenda, hizo abortar un despegue porque descubrió en aquel momento que debajo de su asiento no estaba el prescriptivo chaleco salvavidas, aunque quizás era un vuelo de Madrid a Zaragoza. ¡Gran tipo este Alberto!

Y en el tiempo previsto, 16 horas y 32 minutos y después de recorrer 14.549km llegamos a Doha.

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