61. Nueva Zelanda 2017. 18 de octubre, miércoles. Trigésimo día de viaje. Auckland. Día 5. Segunda parte.

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Marisa anda diciendo que siempre comemos comida “internacional”, o sea marroquí, japonesa, griega, indonesia, hamburguesas, “rosquillas” o “fish & chip”, pero no comida neozelandesa así que hoy cambiamos.

 

Hemos entrado en un pequeño restaurante al lado de la catedral, zona fuera de los posibles circuitos turísticos, y he descubierto porqué en la carta de muchos restaurantes hay un largo apartado que dice “Desayuno. Todo el día”. Porque aparte de bocadillos y patatas fritas y algo similar, todo lo que es “comida, comida” está solo en la parte del desayuno y eso es lo que comen. Total que nos hemos decidido por unos “Benedict eggs” del apartado “Desayuno”. Buenísimos.


El ambiente también nos ha parecido muy neozelandés, pero puede que estemos equivocados: cuatro mesas de madera, una barra con sillas frente al ventanal que daba a la calle y una gran mesa alta con un montón de periódicos. Y aquí no hacen como en Japón que acaban de comer y salen pitando, que siguen en la mesa con el ordenador, o el libro (una leía sobre el metabolismo de los carbohidratos) o los periódicos.


También me percato que es muy frecuente que la comida consista en un café con leche y una pasta tipo madalena. Claro que el café y el “muffin” te cuestan tanto casi como un menú en España.

NB
Querido lector, quizás  en España una magdalena y un café con leche en uno de tus cafés favoritos también te cuesten como un menú.

Desde allí nos vamos al cercano “War Memorial Museum”. Lo de “War Memorial” lo he sabido al llegar pues la guía lo llama “Auckland Museum”. Aunque le da una estrella lo que explica de su contenido no es demasiado atractivo para nosotros. Sí dice que semeja “un imponente templo neoclásico” y que está coronado por una impresionante cúpula de cobre y vidrio.


Es realmente enorme y está situado en la cima de una colina y rodeado de campos verdes.
La referencia a “War” es porque hay allí un montón de recuerdos de la guerra. Así hay un gran monolito con una referencia a Gallipoli en una de sus caras y con la frase “THE GLORIOUS DEAD“ en la otra. ¿Pero hay alguna “muerte gloriosa” o un “muerto glorioso”? La muerte es una putada y si eras un joven neozelandés en Gallipoli o en Bélgica en 1917 todavía más.


Más tarde nos encontramos con una ladera de esa colina llena de pequeñas cruces blancas, cada una con un nombre, y la famosa amapola, aquí de plástico obviamente dado lo efímero de esas flores.


Un letrero te informa que recuerdan a los caídos en Passchendaele, en el llamado “New Zealand’s Darkest Day”, como también vimos en Dunedin.
“Cinco mil neozelandeses murieron en Flandes durante la primera guerra mundial. Hay más neozelandeses enterrados en Bélgica que en ningún otro país del mundo fuera de Nueva Zelanda”.

“Este campo simbólico de 2412 cruces blancas personalizadas conmemoran a todos aquellos hombres”. Terrible.


Y de repente surge una bandada de jilgueros entre aquellas cuidadas colinas. Un canto a la vida rodeado de tanta muerte.


Hacemos fotos mil y nos vamos al museo, o mejor a su cafetería.
La camarera que nos atiende se llama según su identificador “Anjel”. Es filipina y aunque allí lo normal es el nombre con ge, sus papás quisieron hacer algo diferente y le colocaron la jota, sonando igual.

La mesa de al lado de la nuestra es una verdadera muestra étnica: él, un joven europeo, rubio, feo y con un punto excéntrico (un gorro de lana a pesar del estupendo día que hace); ellas, una joven isleña y otra oriental.


Viendo beber al joven en esos vasos de cartón típicos del café me percato de un problema que no sé cómo lo resolverá. Tengo que reconocer que nunca he bebido por el agujerito que dejan en la tapa, pues siempre se la quito y si estoy a tiempo pido que no la coloquen. Pues bien, el europeo este tenía una buena nariz y al beber siempre chocaba con ella con la tapadera de la bebida. ¿Se dejan los cafés a la mitad? Al primer amigo que esté en esa circunstancia se lo preguntaré.


Después del café (¡mira que hacen bueno el café con leche!) nos vamos al cercano “Wintergarden”. Consiste en dos invernaderos conectados por un bonito patio y una “helechadería”, que no sé cómo llamar a los recintos dedicados a los helechos. En inglés lo tienen fácil: de “fern”, pues “fernery”.


Preciosos los tres y con unas flores que te hacen olvidar todos los problemas que hay fuera de allí.


En una de las salas una tierna estampa: una madre que sostiene en lo alto a su precioso bebé.


Al salir veo dos cosas nuevas y para mí sorprendentes: una caca de perro en el suelo de un camino de peatones y un letrero donde hay dibujado un coche que en su interior tiene un bolso, un teléfono (o algo así) y una cámara fotográfica con el siguiente mensaje junto a una mano negra: ”Quita tus cosas de valor o alguien lo hará por ti”. Muy ingenioso aunque ambas me rompen un poco la idea idílica de este país.

 

 

 

Regresamos al centro y dedicamos el resto del tiempo a pasear por los muelles entre el desparrame de riqueza que representan aquellos grandes veleros y fastuosos yates.


Algunos bares llenos de gente tomándose unas cañas.


En un restaurante aprendo el significado de “early bird”, que lo habíamos visto muchas veces pero nunca lo habíamos relacionado con el reclamo: es como un “happy hours” pero en comida. Así este sitio tiene un precio especial de lunes a viernes de 4 a 6 de la tarde.

En el paseo veo que los noráis antiguos tienen la fecha de fabricación, generalmente de los años 30 del siglo pasado.


Encontramos dos barcos arrastreros un tanto cochambrosos con extraños nombres de santos: San Kaipara y San Tongariro.


Esto me ha hecho recordar los problemas que tuve con el oficial del registro civil con el nombre de mi hija. Este era un hombre muy piadoso (Dios lo tenga en su gloria) y me dijo que tenía que demostrarle que había una santa con ese nombre.


Amigo lector: te he escrito estos dos nombres, que además parecen de chico y chica por si te gustan y tienes un problema semejante; puedes utilizar las fotos como prueba y aunque sean santos polinesios o melanesios imagino que servirán, pues los nombres del santoral español tampoco habían nacido en España excepto San Josémaría (¿llevará dos acentos como las palabras francesas?) y algunos pocos más, que la mayoría eran de Asia Menor o de Roma.

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