59. Nueva Zelanda 2017. 17 de octubre, martes. Vigésimo noveno día de viaje. Auckland. Día 4. Segunda parte.

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Bajamos y entramos tomar un café en una de esas cafeterías de las que he hablado antes: de las que te dan ganas de entrar al ver su interior.

En casi todas las mesas hay señoras comiendo y es un local de los más extraños que recuerdo: cada mesa es diferente de las otras y lo mismo se podría decir de las sillas.

Todas los sitios están ocupadas menos unos mullidos sillones que tienen como mesita lo que debió ser el baúl del capitán R. B. Scales, donde nos sentamos.

Las tazas son diseños únicos hechas de barro y el café con leche, un “flat white” en mi caso, ha sido el mejor de todo el viaje.

Paseando por este pueblecito me sorprende comprobar que hay mucha gente mayor, pero no veo a ninguna señora paseando de la mano de una acompañante rumana o hispanoamericana.

Pasamos por delante de la biblioteca pública que tiene un aspecto estupendo y un tamaño considerable para la población donde estamos. Tiene un buzón, tipo banco, para devolver los prestamos si llegas cuando está cerrada.

En una de las cafeterías de la calle  principal en la pizarra exterior en lugar de la típica publicidad hay una frase de Einstein. Quizás sea apócrifa pero está muy bien, vaya mucho mejor que lo del “Menú a 11,90”.

El segundo recorrido recomendado, “Heritage Walks of Devonport”, te lleva desde el centro por el paseo marítimo hasta un museo naval  y desde allí puedes subir hasta el monte “North Head”, otro cono volcánico.

Lo que  podría ser un paseo placentero no lo es tanto por culpa del viento, pero no por ello dejan de ser preciosas las casitas que están a lo largo  de ese paseo. Me vuelven a sorprender los grandes ventanales de vidrio sin ningún tipo de protección.

En un cruce de peatones vemos a una madre con una niña pequeña de la mano y descalza. No puedo creer que haya una madre tan estúpida o una corriente de educación que promueva tan bárbara costumbre.

Pero aquí también hay  bárbaros como lo atestigua un carro de supermercado “varado” en la arena de la playa.

Las rocas y la arena de la orilla del mar son negras como corresponde a su origen volcánico y eso contrasta enormemente con el sendero que forma el paseo marítimo cubierto enteramente de pequeñas conchas blancas.

Un letrero advierte de la habitual prohibición del alcohol, pero aquí tiene una variación: depende de si es con horario de verano o de invierno.

Otra prohibición extraña: “desagüe solo para la lluvia”.

Así llegamos hasta el Museo Naval, llamado “Torpedo Bay Navy Museum”. Está dedicado en exclusiva a la marina de guerra neozelandesa y con una magnífica exhibición de sus fondos.

La pieza más extravagante es un par de espuelas doradas.  Piensa que estamos en un museo naval de un país donde no se ve ni a un caballista, y menos a bordo de un buque de guerra.

La explicación está en un letrero donde dice que el intercambio de regalos tiene una larga tradición en la armada y que es una expresión de cooperación y buenos deseos.  De todas maneras, ¡mira que regalar unas espuelas a unos marinos!

Me sorprenden una serie de mensajes dejados, imagino, por alguna visita escolar.

O una mezcla de escolar e IMSERSO.

Hay un letrero donde explica que en la segunda guerra mundial los barcos de americanos eran territorio “dry” y que no estaban permitidas las bebidas  alcohólicas, pero parece que no sucedía  lo mismo en los “kiwis”  y que estos intercambiaban botellas de whisky por “20mm guns”.  Yo pensaba que “guns” eran escopetas o incluso cañones y me parece una exageración: ¿cuántas botellas de whisky por un cañón? Así que quizás sea solo munición. Pero de todas maneras no deja en muy buen lugar a los aliados.

Otro letrero, más interesante para mí, explica el origen del “grog”  y de cómo se administraba a la marinería. Esta sana costumbre que empezó en 1731 acabó en la marina británica en 1970 y en la neozelandesa el 28 de febrero de 1990. Que hasta dicen el día exacto, ¡tanto se perdió!

Hay una pequeña tienda y compramos uno de los últimos regalos. La empleada (quizás sea también marino de la armada) nos pregunta  de donde somos. Había estado hacia muchos años en Barcelona y se interesa por el problema catalán: “Imagínate que el 20% de la población de Christchurch quiere independizarse de Nueva Zelanda, ¿qué pensarías tú?”.  Lo ha entendido a la primera. Luego me ha preguntado que si no estábamos preocupados por el terrorismo en España. Cuando le he dicho que ellos no tiene ese problema aquí, me ha respondido con la peor respuesta posible: “Not yet”.

Como estoy en el apogeo  del resfriado decidimos no subir al “North Head”. Vaya, que no me atrevo.

Comemos en el centro y volvemos a Auckland.

Encontramos un cajero que hace referencia a la pasada fiesta de Diwali. ¡Los bancos no se pierden una!

Pequeño paseo por el puerto y  regresamos al hotel.

Mañana último día en Auckland

PS

Una nueva prohibición para mí en el parque del centro de Devonport: jugar al golf.

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