56. Nueva Zelanda 2017. 16 de octubre, lunes. Vigésimo octavo día de viaje. Auckland. Día 3. Primera parte.

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Hoy ha sido el día más tonto de todo el viaje pues Marisa ya ha pasado su resfriado, pero me lo ha transmitido enterito a mí. Así que era un día para pocas alegrías y además lo hemos dedicado para el rito más horrible de nuestro viaje: las compras. Porque tú eres un abuelo y padre (y antes hijo) que haces tu reglamentario viaje del año y encuentras algo para tus hijos y tus nietos (y antes para tus padres). Pero resulta que eres otro abuelo que hace varios viajes al año y es muy complicado. Y más en países “sin tradiciones ancestrales” como este.  Que en el devenir diario no tienes que aguantar las tabarras regionalistas de que aquí se hacen las mejores navajas del mundo, o de que allí los ajos son los más gordos del hemisferio norte. Pero tienes la desventaja de que sin las tradiciones y las leyendas patrias no tienes las tontadas turísticas de rigor. Además nosotros intentamos comprar objetos hechos en el país  y eso a veces es imposible: cualquier objeto de todo el mundo está hecho en China. Aunque no lo parezca, sobre todo porque el precio no es chino sino neozelandés.

NB

La foto de arriba no corresponde a una tienda de Auckland (que ya me gustaría) que es de un mercado de la recatada Estambul.

Así que hoy de compras con una visita previa a la catedral católica.

Cuando estuvimos ayer en la oficina de turismo le pregunté al merluzo informador sobre unos grandes almacenes y me dijo donde estaban. Aquí el concepto de “gran almacén” no se corresponde con nuestro modelo, o sea “El Corte Inglés”. Este era como un Sepu de los años 50 con precios del 2030.

Gran parte del centro de la ciudad está en obras. Unas son de nuevos y enormes rascacielos y otras de una línea de metro.

También se nota que es una gran ciudad en que hay menesterosos y mendigos.

Y me asalta la duda de nuevo: ¿cuándo el Sr. Iglesias, el Sr. Sánchez o el Sr. Garzón (IU)  hablan con sus amigos (y sus amigas) y familia también dirán “menesterosos y menesterosas y mendigos y mendigas”?

Es que debe ser agotador.

El otro día lo pensé a propósito de la locución “hijo de puta”.

Hasta ahora no creo que lo hayan dicho en público los anteriores próceres, pero si lo hiciesen tendrían que utilizar las siguientes variantes:

  1. Hijo de puta.
  2. Hija de puta.
  3. Hijo de puto.
  4. Hija de puto.

Y no te digo nada si al que se refirieran tuviese a ambos progenitores del mismo oficio.  Que habría que estudiar estadística para ver las posibles combinaciones.

Que es un sindiós.

Camino de la catedral vemos un gran anuncio que parece de una bomba que cae pero al estar  más cerca vemos que dice  “Mirtle  rust could explode this spring”. Y debajo  “Míralo, informa de ello y no lo toques”.

Resulta que el “Myrtle rust” es una enfermedad producida por hongos que afecta a las plantas de la familia de los mirtos.

¡Son la leche! Esta gente tiene una conciencia que nosotros no tenemos

Como te veo muy interesado en el tema te dejo el enlace de su web.

Llegamos a la catedral de San Patricio, “St Patrick’s Cathedral”, que como su nombre indica fue construida en 1842 para la comunidad católica irlandesa. La actual data de 1907 y aunque  la guía califica su exterior como uno de los “loveliest” edificios de la ciudad a mí no me ha parecido nada notable, además de que su entorno está todo en obras, pero el interior es de esos lugares donde te dan ganas de rezar. Vaya, dicho así parece a la frase de Woody Allen refiriéndose a Wagner de “…te dan ganas de invadir Polonia”.

Y eso mismo han debido pensar varios fieles católicos, pues cuando hemos llegado había dos rezando  y una durmiendo (esta debía ser que estaba cansada  y  que no era parroquiana) pero cuando nos hemos ido había 15 rezando. Quizás te parezcan pocos, pero si piensas que es un lunes por la mañana y que Auckland tiene un millón y medio de habitantes, lo puedes comparar con los cero de Dunedin. O los cero de las 95,7% iglesias de la católica España. Insisto, un lunes a mitad de la mañana. Y ya sabes que cuando divides algo por cero el resultado es infinito. Esto no sé cómo podré explicarlo a mis nietos. Los padres escolapios lo tenían más fácil: te lo decían y era como lo de la Santísima Trinidad.

Encontramos  una hornacina que contiene dos botellas; una dice “Oil of Catechumens”  y la otra “Oil of Chrism”.  Luego otra con “Oil of the sick”  y encima “O infirm”. Parece como algo del siglo XIX que se hubiese quedado allí como en un museo.  Pero no, que es un rito de la iglesia católica que yo desconocía a pesar de mis años con las monjitas y los padres escolapios. Quizás sea debida mi ignorancia al hecho de que es algo que realiza el obispo y en mi pueblo nos quedamos en parroquia, aunque los próceres siempre la nombran como excolegiata.  Que a mí aún me parece peor: rememorar tiempos pasados que ya no volverán.

Vuelvo: el rito lo realiza el obispo en la misa del miércoles santo (me gustaría verlo pero el obispo más cercano me cae a más de 100 km) cuando bendice los tres aceites: el de los catecúmenos, “Oleum Catechumenorum” u “Oleum Sanctorum”, el de los enfermos, “Oleum Infirmorum”, y el Santo Crisma, “Sacrum Chrisma”. No sigo más porque hay todo un mundo detrás de estos óleos y una de mis más fieles lectoras se me queja de que le dedico demasiada atención a la religión. Y tiene razón.

Solo una cosa más sobre el de los “enfermos”. Es el que se utiliza para el sacramento de la extremaunción. ¡Extraño sacramento! No sé si se sigue utilizando excepto en algunos hospitales y quizás en gente que se pone enferma y se lo pide al cura que se lo administre en su casa, pero yo tengo sobre él un extraño recuerdo: una noche fría y ventosa (eso quizás sea algo poético lejos de la realidad, pero era de noche) y un cura envuelto en una especie de capa, que llamaban el manteo, y un monaguillo, un niño,  a su lado con una campana que iba indicando que iban a visitar a algún moribundo. Y este sacerdote llevaba ese aceite para la extremaunción. Y en mi imaginación le pongo un farol al monaguillo.

Que daba algo de miedo.

 

Esta iglesia tiene una estructura de madera que es una maravilla, así como un conjunto de vidrieras fabricadas en Bélgica, y ambos elementos son muy fotogénicos, pero hemos tenido un contratiempo que ha frustrado los planes fotográficos de Marisa, sobre todo después de la soledad de las catedrales de Dunedin.


Aquí ha aparecido una monjita delgadita y poquita cosa y ha colocado dos candelabros con tres velas cada uno en el altar mayor, luego ha sacado una custodia dorada que ha colocado en medio del altar y un reclinatorio. Se va y aparece al poco como el conde Drácula de Coppola, o sea andando, pero como si lo hiciese sin tocar el suelo y con una gran capa azul gris.  Y es que hay que ver lo que hacen los uniformes: una monja insignificante se ha transformado en una sacerdotisa de una religión mesopotámica.

Se ha arrodillado en el reclinatorio y yo esperaba que empezase a leer con voz susurrante melopeas hipnóticas del libro que tenía delante. Pues no. Que ha estado callada todo el rato que hemos estado esperando a que acabase, pues con aquel recogimiento nos daba corte andar por allí fotografiando a San José y a Santa Filomena, que por cierto estaban a ambos lados de una ventana. ¿Qué relación  hagiográfica hay entre ellos? Porque de otros santos sí sé cosas de su vida y de su muerte, pero este nombre, Filomena, solo me recuerda a Sofía Loren en “Matrimonio a la italiana”.

Total, que a mitad de sesión fotográfica nos hemos ido.

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